El Papa Francisco publicó a principios de octubre la Exhortación «Laudate Deum», abordando la científicamente controvertida y politizada cuestión de la influencia humana en el denominado cambio o crisis climática.
Su texto, manifiestamente mejorable en su redacción, expresiones, argumentación y referencias, ha sido ya contestado incluso por católicos, advirtiendo sobre las graves carencias que afectan a este documento pontificio, que no admite parangón con la altura que caracterizaba a otros que se emitían no hace mucho desde el propio Vaticano.
Uno de los problemas que generan este tipo de incursiones en asuntos discutibles y que no están cerrados a una única opinión, es el daño colateral que producen contra la credibilidad del Papa en otras materias en las que sí habría que respetar su autoridad.
Dicen que los emperadores romanos, para evitar que olvidasen su condición mortal, iban acompañados de un esclavo que les repetía al oído que toda gloria es efímera… Quizás no estaría mal que alguien ejerciese una función parecida por los pasillos de la residencia de Santa Marta, recordándole a quien corresponda que no es obligatorio pontificar sobre asuntos importantes, pero opinables. Sería una discreta forma de evitar un clericalismo más perjudicial que el de roquetes con encajes, del que tanto se abomina en la actual curia vaticana.





