La película dirigida por Roger Corman en 1961 es una adaptación libre de la obra de Edgar Allan Poe “El péndulo y el pozo”, de la que toma únicamente los dos elementos que dan título a la obra. No obstante, a Corman se le deben las mejores adaptaciones cinematográficas que se han hecho de las novelas de Poe.
El filme maneja magistralmente el terror psicológico, dando giros argumentales inesperados, ya que juega a la ambigüedad, haciendo dudar al espectador si los hechos se deben a fantasmas o a una conspiración, lo cual hace que el conde descienda a la locura.
Si por algo se caracteriza esta joya del terror gótico es por jugar con las falsas apariencias, ya que los personajes no son lo que parecen, con una escenografía extraordinaria, cuya acción se desarrolla en la España de 1546 en un castillo junto al mar. Dentro de esta iconografía, el mar representa el ambiente que se respira en el lugar como el propio estado de ánimo del protagonista, ya que en un principio está en calma, pero conforme el conde va enloqueciendo, el mar se embravece, y cuando ya está completamente enloquecido, se desata una tempestad con una tormenta.
El protagonista, que representa al citado conde, es interpretado por Vincent Price, que en la anterior filmación de Corman, “La caída de la Casa Usher”, interpreta el papel de villano, por lo que el director juega precisamente con esa idea, haciendo que en esta entrega parezca inicialmente el villano.
Otro de los grandes aciertos de la película es mostrar nublados y en tono azulado los recuerdos del conde para escenificar, de ese modo, que los mismos están llenos de tinieblas y mostrar su estado de ánimo.
La acción comienza cuando llega al castillo, desde Inglaterra, el cuñado del conde, ya que su hermana falleció tres meses atrás y quiere conocer las circunstancias de su muerte, que en su momento no le explicaron.
La primera aparición del conde ya evidencia una actitud sospechosa, como si en todo momento tratase de ocultar algo, saliendo de una sala de torturas con una tétrica decoración, cerrando sin permitir entrar a nadie porque debe poner a punto el material de tortura. Con ello, se traslada el mensaje de que sólo puede entrar él en tan perturbadora sala, que el castillo conserva porque su padre fue inquisidor.
Al protagonista le atormentan los recuerdos de su infancia, cuando su padre, un hombre sádico, asesinó a su madre y a su tío, ya que ambos mantenían una relación extramarital, asesinando su progenitor a su tío de un hachazo y encerrando a su esposa en una dama de hierro hasta su muerte. No lo hizo tanto por el hecho de que le fuese infiel sino movido por el fanatismo religioso, al cometer un pecado de adulterio.
Cabe precisar que existían dos versiones de la llamada dama de hierro: una de ellas era con púas, y en la otra, simplemente se encerraba a la víctima hasta que muriese de hambre.
Precisamente por tan traumático recuerdo, el conde ordenó que nadie más entrase a excepción de él, hasta que un día su esposa accedió y se obsesionó con el material de tortura que vio allí. Ante los elementos tan perturbadores que vio en la cámara, el conde decidió que abandonarían el castillo para que pudiese empezar una nueva vida dejando atrás tan siniestros recuerdos, pero fue demasiado tarde, ya que un día, su esposa murió del shock por lo que vio. El conde, que estaba fuertemente enamorado de su cónyuge, se culpó de su muerte.
Se producen hechos anómalos como la aparición de un anillo de la difunta sobre el piano, que suena sin que nadie de los presentes lo toque, del mismo modo que una de las criadas oye la voz de la señora en la habitación que le pertenecía, que al día siguiente, pese a estar cerrada con llave, aparece completamente destrozada.
El hermano de la fallecida duda de su muerte y ordena exhumar el cadáver, ante lo que el conde se muestra reticente, confesando que su madre fue enterrada viva, algo que le aterra. Al abrir el sepulcro, descubren el cadáver con una desgarradora mueca de dolor y el ataúd arañado, como si hubiese sufrido una catalepsia.
Cuando todo parece quedar zanjado, el conde entra en un pasadizo secreto que comunica la habitación de su esposa con la cámara de torturas, lo que evidencia que es alguien quien ha estado actuando con un propósito oculto. Al llegar, aparece la difunta, que había fingido su muerte y pretende jugar con la psicosis de su marido, que pierde por completo la cordura.
El motivo del engaño fue la relación extramatrimonial que ésta mantenía con el doctor de la familia, que había certificado falsamente su muerte, para provocar la del conde y huir quedándose con su fortuna. No obstante, dicha jugada les sale mal, ya que, en el culmen de su locura, el protagonista asume la personalidad de su padre, jugando el director con la duda de si está atormentado por un trauma no superado o, por el contrario, está poseído por el espíritu de su malévolo progenitor.
Confunde a su cuñado con su tío, al que su padre asesinó, como si recrease de nuevo dicha escena, para lo que se sirve del péndulo, dotado de una cuchilla semicircular que, en cada giro, desciende un poco más hasta que llega a cortar a la víctima, desgarrándola poco a poco, comenzando primero a cortar ligeramente la camisa.
Para ejecutar el ritual de tortura, es ataviado con un manto negro que le cubre todo el cuerpo, excepto el rostro, igual que su padre. Afortunadamente, su potencial víctima es salvada, y cuando dicen antes de cerrar que nunca más se volverá a abrir dicha cámara, se puede apreciar que la esposa del conde ha sido encerrada en una dama de hierro, con los ojos fuera de su órbita y sin poder mediar palabra, ya que ha entrado en shock y sabe que va a morir encerrada allí. Este final es paradójico, ya que actúa a modo de profecía autocumplida, pues va a morir del mismo modo que se dijo que falleció cuando fingió su muerte.
En la película, un elemento a destacar es la evolución psicológica de los personajes, siendo la más destacada la del protagonista, aunque no es menor la de su cuñado, que pasa de ser en un principio frío y distante a mostrarse empático con el dolor de su cuñada, apreciándose cierta tensión sexual cuando éste le dice que deberían haberse conocido en otras circunstancias.
Lo único objetable de tan magistral película es un elemento que cuestiona su rigor histórico, como es el material de tortura empleado por la Inquisición, de hecho, en no pocos museos sobre la misma, se pueden apreciar damas de hierro con púas, algo que desmiente Fermín Mayorga, uno de los mayores expertos en la Inquisición en España, ya que, a diferencia de la justicia civil de la época, los inquisidores no podían hacer sangrar a los reos, y si esto se producía, se paraba la tortura para curarle y se le seguía torturando con menor intensidad, para que no derramase sangre, lo cual no era óbice para que las torturas fuesen brutales.





