Hay hombres que no se marchan del todo. Se quedan prendidos en una esquina, en el tañido de una campana, en el rumor del río o en el compás de una sevillana. Así vivirá siempre Paco Palacios, «El Pali», el cantaor sevillano que supo convertir la memoria de Sevilla en música y emoción.
Nació y se crió entre la Casa de la Moneda, la calle Aduana y el Arco del Postigo, donde el Guadalquivir besaba la ciudad y los barcos permanecían amarrados esperando la siguiente marea. Allí aprendió a mirar a través de los dos culos de vaso, «que eran sus gafas». Allí descubrió que Sevilla no era solo una ciudad, sino una manera de sentir la vida, de saborear el instante y de guardar para siempre los pequeños detalles que otros dejaban escapar.
Su padre, capataz de los trabajadores del puerto, le enseñó el valor del esfuerzo y la gracia, cada cosa en su medida y su momento. La dignidad del hombre de manos curtidas y el respeto por quienes levantaban la ciudad con su trabajo silencioso debía ser su bandera. Aquella Sevilla portuaria, alegre y bulliciosa, quedó grabada para siempre en sus ojos.
Por sus sevillanas desfilan las cigarreras luciendo mantones que parecían jardines bordados, los Miércoles Santos de la calle Adriano, el golpe seco del martillo llamando a las antiguas cuadrillas de costaleros y aquellos capataces recios cuya sola voz bastaba para mover un paso entero.
También cabía en su universo el perfil de un emperador romano estampado en una moneda de oro hallada en el Cerro del Carambolo, como si la historia quisiera recordarle que Sevilla lleva siglos escribiendo su grandeza. Y, sobre todo, la Giralda, eterna centinela, dejando caer sus campanas sobre Triana y sus trianerías, mezclando el bronce con el cante y la nostalgia.
Paco Palacios fue cronista de una Sevilla que el tiempo fue borrando despacio, pero que él rescató para siempre en cada verso, en cada copla y en cada sevillana. Cantó lo que muchos vivieron y lo que las nuevas generaciones solo podrán imaginar.
Hoy el silencio duele porque su voz ya no acompaña las tardes de primavera. Pero basta pasar por la antigua Aduana y detenerse ante su monumento de bronce para comprender que nunca se fue del todo. Allí permanece, con la misma serenidad con la que cantó a su ciudad, contemplando el ir y venir de una Sevilla distinta, mientras las campanas de la Giralda siguen marcando el tiempo.
Y quizás, cuando cae la tarde y el Guadalquivir vuelve a vestirse de oro, sea posible escuchar, muy despacio, una sevillana que llega desde la memoria. Porque mientras Sevilla siga recordándolo, Paco Palacios «El Pali» seguirá cantándole a la ciudad que fue el gran amor de su vida.






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Excelente narrativa. Texto exquisito lleno de sensibilidad y sevillanía.