A lo peor es mala suerte, o tal vez algo más, pero parece triste guasa que a estos tiempos de globalismo y gilipolleces les haya caído encima (o sea, además) este Papa.
Tengo la clara impresión de que Bergoglio no es un Papa, sino un orate, alguien con las facultades mentales trastornadas o perturbadas y, en todo caso, cabe deslindar que una cosa es la consideración que deba merecer el Papa y otra muy distinta la que corresponda al ciudadano cura de nombre secular Jorge Mario Bergoglio.
Aunque mis conocimientos de Derecho Canónico terminaron en cuanto aprobé el examen de 2º de Carrera, no creo faltar en lo que digo a la inefabilidad ni a la infalibilidad papal.
En lo que se refiere a las cualidades excelsas sutiles o difusas que definen lo inefable, permítanme ponerlas en duda desde que apenas contemplé, muy al comienzo de su mandato, que la semana que fueron asesinadas varias misioneras en Nigeria por las bestias pardas de Boko Haram, el susodicho se asomó al balcón del Vaticano y ante una multitud solicitó para ellas… ¡un aplauso! No, no una oración, sino un puñetero aplauso, igual que se aplaude en los platós de televisión a una cantante que acaba de interpretar «¡Mi jaca galopa y corta el viento, camini… chimpón… de Jeréeee!»
Aquel día, les confieso, si apostatar temporalmente hubiese podido hacerse a través de Internet como se compra una regadera de jardín en Amazon, les aseguro que me había dado de baja hasta la extinción de contrato de este individuo.
Desde entonces hasta ahora he vuelto a reconfirmar esa misma intención cada vez que me tocaba leer sus declaraciones a los periodistas en el avión oficial en cada uno de sus naranjeros viajes por el mundo.
Recuerdo, por ejemplo, cuando a su regreso de un viaje a Brasil se preguntaba retóricamente: «Si una persona es gay, ¿quién soy yo para juzgar a los gays?». La pregunta, que en realidad era una respuesta, se cae de puro idiota, porque posiblemente no sea nadie para elaborar un juicio sobre las personas, pero parece también obvio que sí lo es para trazar alguna clase de reflexión moral sobre la homosexualidad y sobre otros muchos temas de profunda complejidad ética, moral y humana, sean el aborto, la familia, las guerras o, por ejemplo, la pederastia, claro está.
O sea, le respondo yo, cura Bergoglio: «Por si no se ha dado cuenta, señor cura, es Ud. el Papa, ¿le parece poco para pronunciarse a ese respecto de algún modo o prefiere que quien se pronuncie sobre ciertos temas morales urbi et orbi sea mi abuela? ¿O quizás Irene Montero, Joe Biden y Cristina Fallarás?…»
En fin, que por ese palo, Su Santidad se complica a sí mismo la cosa, pues, de todos modos, quién es Ud, ya puestos, para pronunciarse sobre el racismo, la compasión, la piedad, la oración, sobre la Naturaleza (motivo de su peligrosa encíclica) y, más aún, carnes mías y querido CEO de la Banca Vaticana, sobre la propiedad privada…, ¿eh?
Díganos, cura Bergoglio (o mejor no diga nada, que se le entiende todo), ¿por qué propina juicios y elabora pronunciamientos tan ágrafos y distraídos como las picaítas que su paisano San Diego Armando Maradona daba a una bola de papel de aluminio de un bocadillo en los calentamientos previos a un partido…?
En cuanto a la infalibilidad papal, es decir, que no puede fallar ni equivocarse, déjeme decirle, ciudadano cura, sin adentrarme en profundidades, que usted se equivoca y falla más que una escopeta de feria, como aquella vez que en un viaje de Sri Lanka a Filipinas, y a propósito de la masacre registrada en el semanario Charlie Hebdo a manos de islamistas tras la publicación de una viñeta de Mahoma, el susodicho divagó hasta rayar la estupidez con solideo: «Es verdad que no se puede reaccionar violentamente, pero si Gasbarri (aludía a uno de sus colaboradores), gran amigo, dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!». Acojonante su nivel, Pater…
Quiero pensar que manifestaciones tan pedestres suceden porque el tal Bergoglio, con demasiada asiduidad, no actúa ni habla como Papa, sino como cura lenguaraz o ni siquiera eso, más bien como simple demagogo inoportuno o como un engreído taxista argentino que pontifica conectado al wi-fi de palacio antes que al Espíritu Santo.
A mí me alarma este tipo desde que, revistiéndose de la impostura habitual de las izquierdas, escogió como nombre para su reinado el De Francisco I.
Dijo que pretendía con ello homenajear al Santo de Asís, pero no puedo apartar de mi cabeza que Francisco I, benefactor y heredero de la obra de Da Vinci, incluida la Monna Lisa, es también el nombre de aquel rey de Francia, enfrentado a nuestro Carlos V, que tantos dolores de cabeza aportó a la Cristiandad, aliado de Suleimán el Magnífico y de los Príncipes protestantes alemanes, que permitió al Imperio Otomano apoderarse de la casi totalidad de Hungría y que los jenízaros llegasen hasta las mismas puertas de Viena. Fue, tal vez, la ocasión que estuvo más cerca de desaparecer la Iglesia de Roma.
Y ahí lo tienen, en tiempos de Soros y de cochambre comunista, como un notario con manguitos, pontificando sobre la propiedad privada. Lo mismo tiene en mente nombrar cardenal en una próxima ocasión a Iñigo Errejón o a Juan Carlos Monedero. Oremos.
He dicho.






2 Comments
El octavo párrafo me encanta
solos nos queda confiar en Dios