Según una primaria forma de entender la historia, mucha gente está convencida de que la Revolución social se produce por causa de la miseria material. Cuando los ricos son muy ricos y los pobres son muy pobres, inevitablemente surgen sentimientos de envidia y de odio –considerados justos– que, a la larga, acabarían por desatar la Revolución. De esta manera, todo aquello que suponga la oportunidad de crear empresas, negocios y riqueza, es vista como una tentación peligrosa que inevitablemente solo beneficia a unos pocos y, en consecuencia, puede provocar la ruina de la convivencia. Puede parecer una exageración nuestra, pero ese es, en resumen, el planteamiento de la ultraizquierda. Solo basta con imaginar los comentarios que haría un líder de Podemos a la vista de las propiedades de –pongamos por caso– Amancio Ortega.
Lo que pasa es que la Historia no confirma el dato de que la desigualdad económica sea la principal causa de la subversión política. Cuando se produjo la Revolución Francesa, el país galo era el más culto, rico y estable de Europa. La Revolución Rusa se produjo, eso sí, en una nación atrasada económica y culturalmente con respecto al resto de Europa, pero aquella insurrección no habría sido posible si la I Guerra Mundial no hubiera arrasado previamente las defensas de la sociedad rusa. Y la Cuba de 1959 no era, ni mucho menos, el país más pobre de Hispanoamérica. Al contrario, era un lugar que recibía inmigrantes, muchos de ellos españoles, porque allí se ofrecían muchísimas posibilidades de prosperar. La gente se subleva, por tanto, no cuando crece la pobreza, sino cuando algunos “enterados” llenan de odio el corazón de los pobres y les enseñan un “atajo” hacia el éxito. Así, podríamos decir que la Revolución nace de la miseria moral antes que de la física.
Por otro lado, es evidente que los revolucionarios rara vez son pobres de solemnidad. Más bien se da en casi todos los ámbitos el protagonismo del “intelectual” resentido, tal y como fue estudiado por Paul Johnson. El líder revolucionario suele ser un tipo de alto nivel académico, pero que no es cotizado por el sistema de valores oficial, es decir, no es ni guapo, ni brillante, ni rico, ni triunfador. Sin embargo, dicho personaje normalmente tiene una auto-estima altísima, fruto de sus lecturas indigestas y tal vez de sus escritos, que nadie lee ni valora, pero que él considera sublimes. Ello le sirve para crear un fuerte mundo interior maniqueo de auto-exaltación, como un genio incomprendido y de condena de este asqueroso mundo existente que no sabe apreciar dónde está la verdadera sabiduría. De ahí la obsesión de querer “cambiar el mundo”, generalmente proyectando violencia sobre los que conforman el objeto de su envidia.
Efectivamente, hay que convencerse de que cuando alguien dice que “quiere cambiar el mundo” normalmente no alude a su deseo de expandir los ideales evangélicos, ni siquiera los puramente humanitarios, sino a hacer ajustes de cuentas a determinados “chivos expiatorios” sobre la base de sus propias frustraciones. Gran parte de nuestra perplejidad se debe al hecho de que los peores sentimientos se disfrazan a menudo de buenas intenciones.
A menudo, ese genio incomprendido, carcomido por su insatisfacción, no encuentra en su vida privada un cauce de realización plena, como hace la mayoría de los mortales. En cambio, intenta salir de su torre de marfil a través del activismo político y social, y a veces encuentra en esa sociedad que tanto odia su parcela de mercado. De este modo se va creando a su alrededor su propio coro de secuaces sectarios, que lo veneran y lo idolatran y lo ponen en un pedestal de mesías insustituible. Y así, a menudo recibe, gracias a ellos, generosas compensaciones no solo emocionales, sino también materialmente carnales, como son las económicas y las sexuales, que sin embargo nunca calman su sed de venganza. Él sigue con su cruzada de odio contra este y aquel. Sus ácidas denuncias contra los que están en la cima les proporcionan un hálito de valentía, de insobornable honradez, de lucidez profética con los que seduce a más y más incautos (e incautas).
De este modo se genera un circuito de mutua satisfacción, ya que también sus secuaces son igualmente compensados moralmente cuando oyen su discurso: “Si no habéis triunfado no es porque seáis mediocres, vagos, torpes o, sencillamente, porque hayáis tenido mala suerte en la vida. Si no habéis triunfado es porque este mundo es injusto y otros tienen que pagar por ello. La culpa no es vuestra nunca: el mal está siempre en el corazón de los demás. Habéis fracasado porque vuestros padres eran pobres, porque fuisteis a colegios peores, porque vuestro jefe os explota, porque sois de tal o cual género, porque tenéis tal o cual orientación sexual, o por el color de vuestra piel. Vuestra frustración se debe a que otros se aprovecharon de vosotros; o porque tenéis un rey que no habéis votado. Si vosotros estáis mal, es sencillamente porque otros están bien”.
Esta es la parte más comprensible de todo este espinoso asunto, porque también hay un aspecto que sigue siendo misterioso: por qué todos aquellos que resultan seducidos por estos líderes populistas no se “desengañan” cuando ven cómo su amado timonel se muda a una mansión de lujo, se lucra con espléndidos sueldos y sinecuras, y cambia de compañera como quien se muda de ropa. El acceso a la nomenklatura proporciona derechos de pernada que son invisibles para quien solo tiene ojos para criticar al enemigo. Tal vez, en este tipo de personas, la seducción tenga algo de sado-masoquismo.
Las biografías de estos siniestros predicadores del rencor social presentan a veces paralelismos chocantes. No hace mucho, la violencia que pregonaban estos sabihondos era física y directa: Robespierre, Lenin, Mao, el Ché…, porque la sangre tenía algo de sacrificio ritual, irrevocable y definitivo, como una inversión patológica de la religión. Últimamente la violencia es meramente virtual, simbólica, post-moderna, en la que ni siquiera es necesario dar la cara y sin que la sangre llegue nunca al río, como un juego macabro, al menos hasta la fecha. Pero tanto se amaga que a veces solo falta una chispa para que se inicie el incendio.
Pues bien, en España hemos visto hace pocos días que el líder de un partido político ha sido involuntariamente trending topic (horrible expresión), porque una masa anónima de descerebrados se han puesto a retuitear (otra espantosa palabreja) la terrible frase: “Mata a Abascal”. Por otro lado, la apertura de la Iglesia de los Desamparados en Valencia a una veintena de personas ha provocado otra ola de furor anticlerical en las redes que recuerda episodios que creímos superados de vandalismo homicida. Por supuesto, ninguno de estos anónimos odiadores ha conocido a Franco, ni el sistema de valores derechista, ni el nacional-catolicismo, ni se han visto oprimidos por una política ni siquiera remotamente semejante a la que se les atribuye a los odiados personajes mencionados. Pero todos están convencidos de que combaten el mal a base de jugar con su móvil.
Tal vez dentro de pocos meses se generalice en España una pobreza material que dé origen a nuevas formas de violencia contra los de siempre. Pero la miseria moral hace tiempo que está instalada entre nosotros, en esferas muy altas.





