Es sabido, dice el chiste, que en España, «dimitir» no es un verbo, sino un nombre ruso.
Pero en términos políticos, dimitir de un cargo, empleado como intransitivo, que es su uso actual más común, presupone o exige en su última ratio, sean cuales fueren las razones que lo aconsejen, una cierta grandeza de ánimo. Incluso, en ocasiones, pundonor, generosidad y hasta modestia a partes casi iguales.
Digo todo esto y pienso en Adolfo Suárez, cuando renunció a la Presidencia del Gobierno y de su partido, la UCD, en enero de 1981.
Es tan de este modo que en algunas culturas -por ejemplo, en la japonesa-, la dimisión se acompaña a menudo del seppuku o harakiri, para morir con honor en lugar de ser rehén del enemigo o si el titular estima que su fracaso en un propósito ha comportado alguna severa ofensa o se ha deshonrado.
Y ahora pienso en Felipe González, cuando dimitió como secretario general en el XXVIII congreso del partido, en mayo de 1979, al ser rechazada por los compromisarios la propuesta presentada de abandono del marxismo.
Queda aún una acepción de uso más vaga, tal vez más imprecisa, de ese verbo, que es aquella que el Diccionario Panhispánico de Dudas delimita como «hacer dejación de algo»; por ejemplo, una tarea y no de un cargo, en cuyo caso resplandece como un sol de primavera el nombre de un flagrante dimisionario, el de Pedro Sánchez, quien dimitió de manera irresponsable a lo largo de dos meses y en todos sus extremos de la misión de salvar a España del coronavirus.
Aún quedan restos en nuestro idioma del uso originario del verbo como transitivo, de forma que un superior pudiera dimitir a un oficial de su tarea o de su posición, pero ahora no es el caso, porque no existe en nuestro país una superioridad nominal a la que acudir y que pudiera ‘dimitir» u ordenar el cese del presidente de un Consejo de Ministros.
Desbrozado así el camino de ese como nombre ruso, los muchos españoles que se resisten a aceptar la diatriba política como una mera provocación al contrario o como una batalla de personajes goyescos enterrados hasta la rodilla, no alcanzan ni siquiera a vislumbrar la mera posibilidad de que un narcisista patológico, tramposo como un trilero, inescrupuloso hasta la náusea y cuya relación con la mentira alcanza el nivel de amigable compadreo sin trascendencia, se plantee otra forma de dimisión que no consista en una continuada dejación de las tareas que pudiera tener encomendadas y que sólo las ejerce o desarrolla si estima que le pueden proporcionar el rédito personal de quedarse a dirigir a perpetuidad el periódico más influyente de España, el BOE.
No dice ni siquiera la verdad cuando afirma que su Gobierno fue el primero en ordenar el confinamiento de la población entera, pues de todos es conocido que el primer país en confinar a su pueblo fue Cuba: en concreto, el 1 de enero de 1959. Y sigue así. Todavía.
La sola mención del régimen castrista provoca sueños lúbricos suficientes en el subcomandante de la coleta como para engrasar los bujes de la silla de Echenique los próximos cien años.
Con el perfil psicológico de Sánchez cuadra no sólo la aspiración cesarista de poner fin al período republicano haciéndose nombrar dictador por el Senado de Roma, sino que en la abultada perversión que parece tener de la realidad entraría incluso la visión napoleónica de coronarse a sí mismo emperador en la Basílica del Valle de los Caídos, aunque a cambio tuviera que instalarle un harén a su vicepresidente bolivariano en los palacios propiedad de Patrimonio del Estado… Disponibles los de La Granja, Aranjuez y, si se empeña, también el de El Escorial, aún más cerca de la mansión de Galapagar, para repartir biberones y cursar visitas ocasionales con pase per nocta durante sus permisos de paternidad responsable.
¿Dimitir? No, gracias, Iván. Terrible.
He dicho.





