
No sé a ustedes, pero la llegada de agosto y su invitación al Dolce far niente, siempre es un guiño a esa lectura reposada, sin interrupciones, que tan difícil resulta encontrar en otros meses del año. Suelo disfrutar con algún ensayo, una narrativa y, en cualquier caso, novelas, entre las cuales me dejo llevar por la nostalgia y, de forma recurrente, acudo cada verano a un ejemplar de la colección de clásicos de aventuras que en su día le regalé a mis hijos, pero que, son otros tiempos, duerme el sueño de los justos sin que nadie en casa la considere digna de dedicarle su tiempo.
Este verano me decidí a leer “El mundo perdido”, un clásico del escocés Sir Arthur Conan Doyle publicado en 1912, sobre la expedición a una meseta sudamericana (basada en el monte Roraima de la selva amazónica venezolana) en donde aún sobreviven animales prehistóricos
Hubo un párrafo que me hizo pensar sobre el momento que vivimos en la actualidad. Llegados a una encrucijada de caminos y sin saber cuál tomar, el grupo de aventureros decide “confiar en los falaces instintos de salvajes incivilizados más que en el elevado producto de la cultura europea”.
He de decirles que al mismo tiempo que leía el citado libro, me dedicaba a acompañar a grupos de peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) a su paso por Sevilla capital (Catedral, Reales Alcázares, plaza de España, …) camino de Lisboa, y en todos ellos aprecié unas tremendas ansias de satisfacer las inquietudes propias de su edad con algo que les llenara de verdad.
¿Qué, si no, podía mover a ese millón y medio de almas que se concentraron el pasado fin de semana en el campo de Graça de la capital portuguesa a escuchar a un anciano de 86 años, sino la insatisfacción que les produce la oferta que les hace el mundo actual?
Jóvenes arropados en las banderas de Perú, Polonia, Honduras, España, Francia. EE.UU., entre otros países, pasaron por nuestra ciudad dejando una estela de alegría impregnada de buena educación (¡qué bonito escuchar “gracias”, “por favor” o “disculpe” en tan variados acentos!) por nuestras calles. No ha habido contenedores quemados, ni restos de orines, ni botellas de alcohol por el suelo, ni vomiteras, … su jovialidad era producto de una inquietud sana y compartida, dispuesta a pasar calor y sed por un bien que merecía la pena: la escucha de una Palabra que les orientara en este mundo que vivimos y que arrojara luz en sus encrucijadas: qué hacer con sus vidas, qué sendero elegir, …
No llevaban ropas de marca, aunque estuvieran en disposición de hacerlo, sino sencillas camisetas serigrafiadas con el distintivo de la JMJ. No chillaban ni coreaban consignas insultantes, sino cantos que hablaban de amor y esperanza.
Y es que en la escala de la formación personal, dando por hecho la educación recibida en casa (que hoy en día es mucho suponer), los conocimientos no lo son todo, máxime cuando observamos cómo se olvidan con el paso de los años y nos sentimos desengañados al ver a ciertos profesores imbuidos de títulos y publicaciones, henchidos de jactancia y prepotencia (“El conocimiento hincha, el amor edifica”, 1ª Cor 8, 1) como recientemente un ex decano de la Universidad de Sevilla, negándose a mirar a una adversaria política en un debate televisado.
Tampoco las habilidades nos acaban de llenar como personas, porque siempre carecemos de alguna (poner en práctica lo aprendido, relacionarnos con los demás, dominio de sí, fluidez verbal, …).
En la cúspide de esa montaña que es la edificación personal siempre encontramos la sabiduría, que según las Escrituras es un don del Espíritu Santo, la que pidió Salomón y le fue concedida, que consiste en actuar con discernimiento, mirarlo todo con la perspectiva que dan los años y la experiencia, el buen juicio al que se refiere la segunda acepción de la Real Academia: facultad de las personas para actuar con sensatez, prudencia o acierto.
Me quedo con la etimología hebrea: Sabiduría = Sabor de Dios, porque entiendo que sólo con esa luz que viene de lo alto, podemos actuar con la serenidad necesaria para no perdernos en esta maraña de noticias, mensajes, gritos y fakes que nos envuelven y nos tienen confundidos. Estoy convencido de que, sin saberlo, es lo mismo que buscaban muchos jóvenes perdidos camino de Lisboa.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Que pena que quede ya tan poca juventud como esa narrada. Pero siempre queda la esperanza que ellos continuaran en este camino emprendido.