El estilo cada vez más uniforme del mundo es un hecho, y día a día se hace más difícil el advertir diferencias de costumbres entre los países. Y no obstante, la observación directa nos reporta algunos detalles curiosos, “contraintuitivos” que hoy se dice, recurriendo a una de estas traducciones automáticas…
El detalle: que pese al resurgir del hispanismo y del aprecio por “nuestras tradiciones”, etc, pues no terminamos de desprendernos de un cierto complejo, siempre dando un poco por hecho que los países nórdicos y germánicos estarán “más avanzados” que en estas latitudes meridionales. Sin entrar en si tal cosa es cierta o no, que sería además un debate interminable, baste de momento considerar que tal idea existe. Unos están “más avanzados”, por aquí vamos “muy atrasados”… Nos guste o no, continuamente oímos frases que implican esa idea de fondo.
Y por esto, a veces algunos se sorprenden al advertir en países “más avanzados” ciertos detalles que no les cuadran. Por ejemplo, el uso habitual de dinero en efectivo en Alemania (“¿Cómo es posible, no están tan avanzados?”, alguien podría pensar. En fin, ¿qué significa avanzado? ¿Avanzando hacia qué…?). Y otro ejemplo, menos observado: en otros países, si bien las pantallas y los móviles están, inevitablemente, omnipresentes, pues subsisten, y con la cabeza muy alta, ciertos objetos amables y utilísimos que aquí parecen haberse extinguido tan tajantemente como los dinosaurios; a saber: planos y mapas de papel… y ¡periódicos y revistas!
¡La alegre sorpresa de hallar un montón de revistas de diverso tipo en el salón de un hotel! Olvidado lo teníamos, y eso que no desaparecieron, en estas latitudes, hace tanto. Simplemente antes del fatídico 2020 era habitual el encontrárselas en salas de espera, en trenes, hoteles, peluquerías, en cualquier establecimiento público civilizado. Ciertamente su edad de oro había pasado, los ciudadanos particulares, por así decir, habíamos dejado de comprarlas, y en las casas había desaparecido aquel pequeño mueble que casi nunca faltaba, el revistero; pero en lugares abiertos al público se agradecían más de lo que se quería reconocer.
Sí: cuando abundaban, no es que resultara cosa común el alabarlas. Hojear revistas resultaba una ocupación frívola, intrascendente. Aun cuando se tratara de revistas especializadas en temas “serios”, ya fuera economía, Historia, política, pues obviamente no requerían la concentración de enfrascarse en un libro con toda su coherencia; aunque se autodenominaran “revista de Historia, de Ciencia, de Arqueología, de tal y cual”, finalmente eran un objeto de entretenimiento, de hojear, leer pequeños trozos de curiosidades varias, todo entre imágenes y colorines, saltarse páginas, darles acaso una segunda vuelta antes de soltarlas en manos de otro… Así pues, en una encuesta sobre sus aficiones predilectas, seguramente nadie respondería “Hojear revistas”; esto es algo que se hacía casi sin querer en los tiempos de espera, como hoy, también casi sin querer y mecánicamente, en circunstancias similares se mira el móvil.
El hojear revistas era una pura actividad vacua de relleno. No se valoraba. Pues, ¿quién iba a pensar que esa posibilidad desaparecería? Nunca se valora lo obvio, gratuito y que se da por sentado.
Pero al experimentar de nuevo, increíblemente, esa posibilidad, y saborearla con fruición, se aprecian valores insospechados.
Por ejemplo: entre el montón de revistas, a veces en diversos idiomas, de diversos temas, pues se elige una. En muchos casos, tal vez alguna de un tema que nos es bastante ajeno -entresijos de la economía, o de la medicina…- pero al verlo ahí, en el más asequible formato de revista, y sobre todo si no hay otra opción (boletines de odontología, o de jurisprudencia, según las salas de espera), pues estimula la curiosidad. Hasta supone un mayor descanso mental el leer sobre temas ajenos, de los que no solemos ocuparnos… esa es la verdadera “desconexión”, tan buscada en ratos de espera; y de paso, pueden aprenderse cosas nuevas.
A lo que iba: se elige personalmente la revista, el artículo correspondiente. Hoy día, no elegimos. En nuestros dispositivos de obligada posesión, alguien decide por nosotros, e impone en nuestras pantallas los titulares que ellos piensan que deben interesarnos.
Se puede defender que el hojear páginas de papel resulta más grato y entrañable, y hasta mejor para la salud de los ojos; eso por supuesto. Pero me referiré a cosas muchísimo más importantes aún.
En una sala de espera, en un vagón de tren, en cualquier lugar donde tengan que pasar un rato varias personas desconocidas entre sí, pues el estar cada una encerrada en el misterio insondable de su mini pantallita secreta es antropológicamente distinto a estar leyendo un libro una revista, dejando ver lo que se lee. Si encima alguien hojea una revista que luego deposita de nuevo en la mesa y a continuación es leída por otro, pues esa acción sencillísima y antaño habitual (y hoy impensable), eso introducía una nota de humanidad y de comunicación aun cuando no se conversara.
No es lo mismo ver al vigilante de un museo leyendo un libro o una revista ahí en su silla que el verlo absorto en su teléfono móvil. En el primer caso, bueno, pues la sala está tranquila, ha decidido distraerse un poco, deja ver lo que está leyendo; en el segundo caso, se ha ido a su mundo secreto privado, despreciando olímpicamente a las demás personas.
Hasta en las iglesias aumenta el número de personas mirando fijamente al móvil; ¡ah!, es que están “siguiendo las lecturas”! Nadie parece caer en la cuenta de algo crucial en la esencia de una ceremonia: que el perderse alguna palabra mal pronunciada no es tan grave, que lo que cuenta son otras cosas difíciles de explicar, pero que desde luego se anulan si cada uno está absorto en su pantallita privada.
Pero volvamos a la sala de espera o al vagón de tren. Seguramente muchos dirán que el dejar ver lo que se lee, que eso no es ninguna ventaja, más bien es algo a evitar, es más, ¿cómo se puede consentir que alguien sepa lo que estoy leyendo?, ¡oh!, ¿dónde queda la privacidad, y la protección de datos?, ¡eso es denunciable! (Como decía el conductor de un VTC: “Los cristales son tintados porque a nadie tiene que saber adónde va usted”. Pero, ¿y qué tiene de malo? ¡Si no me escondo de nadie!).
En todas las épocas de la Historia se dan contradicciones. Pero la nuestra es verdaderamente monstruosa. Es decir: exigimos un nivel de “privacidad” inaudito, nos escondemos de nuestros semejantes, las personas sentadas al lado se consideran criminales peligrosos contra las que hay que levantar murallas graníticas, todo es “protección de datos”, nadie debe comentar nada de nadie…
Y al mismo tiempo dejamos que las extrañas fuerzas (oso decir que demoníacas) que manejan nuestros dispositivos, entes que no son ni personas a las que podamos ver, dejamos que esas fuerzas sepan todo de nosotros, todo todo absolutamente, hasta lo que leemos para entretenernos cinco minutos, hasta el refresco que consumimos… dejamos que lo sepan todo y aun les entregamos lo que ni nos piden.
Imaginemos un grupo de seis personas en una sala de espera. Cuando había periódicos y revistas (más algún libro que alguna llevara, y que se podía ver), este rato tenía un nivel de humanidad. Pues sí, el de enfrente sabe que estoy leyendo esta revista, ¿y qué? ¿dónde está el daño?
Hoy ese mismo grupo es de lobos, “el hombre es un lobo para el hombre”. Inimaginable permitir que la persona de carne y hueso que se sienta al lado pueda ver lo que estoy leyendo (¡mi privacidad!). Pero cada una de las seis personas está personalmente conectada a la fuerza diabólica que lo controla cada segundo, y le está confiando todos los recovecos de su mente.
¿Por qué en los establecimientos hoy día en España ya no hay periódicos ni revistas? No será por el gasto. Cuatro o cinco euros a la semana para una peluquería de lujo suponía antaño el gasto más amortizado del universo, una sola revistilla la podían hojear cientos de personas. Pero hoy no se hace, no por reducir gastos, sino por miedo a parecer “paletos”. Tener revistas les parece “atrasado”, les parece incluso una ordinariez. Es mejor que cada persona se conecte privadamente con las fuerzas ocultas que nos dominan.
“Atrasado, avanzado”, ¡oh, palabras sabihondas y erradas, que nos arrebatan la humanidad!
(Y por ende sucede que en países que etiquetamos de “avanzados”, como Suiza… pues se ven multitud de folletos y de revistas. Ahí queda).





