La burbuja de hipercorrección política y de buenismo progre lo envuelve todo y obliga a deplorar, en el fondo o en la forma, las múltiples intervenciones de Santiago Abascal ayer en el Congreso de los Diputados. Si yo fuera Abascal haría la prueba un día: subiría a la tribuna y me declararía partidario de la república y de la independencia vasca y catalana. Creo que no se inmutaría nadie, porque el tapón de prejuicios es de tal calibre que nadie escucha y todos le atribuyen cosas que nadie dijo. Un puro ejercicio de imaginación.
Lo cierto es que de repente algunos parecían escandalizarse (Arrimadas) de que la moción de censura servía para colocar el mensaje de Vox en el centro del debate político. No sé cómo esta chica, con lo lista que es, tardó tanto en darse cuenta de que eso es lo que sucede siempre que presentas una moción de censura. Como no escuchaba, insistió en que había que hablar de soluciones para los españoles en esta crisis. Y se quedó tan ancha.
Otros, como Teodoro García Egea, llegaron a la conclusión de que la moción iba a fracasar porque Vox no tenía suficientes votos, que es también una brillante y sesuda conclusión, no me digan, sobre todo para un ingeniero de Telecomunicaciones. Los tapones de cera también debieron jugarle una mala pasada, porque, según subrayó, la somanta de palos que ponía en evidencia a Sánchez reforzaba a Pedro Sánchez. Supongo que son cosas de la física cuántica que a mí se me escapan.
A Sánchez, cuyo cajón de mentiras se le desparrama en cuanto se acerca a la mesa del despacho y le traiciona no sólo el subconsciente sino hasta los tics, sólo se le ocurrió reprocharle a Abascal que las mociones de censura han de ser constructivas, es decir, que hay que presentar un programa de gobierno alternativo, que es justo de lo que se le acusa a él y que jamás hizo en la suya.
Y de todos modos da igual que lo hubiera hecho porque, como ya sabemos, no habría cumplido nada de lo que hubiese dicho. Ni siquiera nada de lo que anunció en el debate de unas elecciones que tardó año y medio en convocar, pese a haber anunciado que su moción de censura a Rajoy era para convocarlas de inmediato.
Es cierto que como todo lo que dijo Sánchez lo llevaba por escrito, toda su réplica se basó en imaginar lo que diría y lo que no diría el candidato. Casi que no acertó ni una, porque frente a todos los debates de fondo que plantea Abascal sobre la llamada «guerra cultural» que se está desarrollando en nuestros días y que condiciona toda la política actual, a Sánchez sólo le sale una pancarta del estilo Greta Thunberg y un «¡How dare you!» así como cabreado. Y ya luego se encomendó al Papa y a la Cristiandad, que se diría, como señaló Abascal, que se iba a vestir de monaguillo y que se disponía a rezar el «Jesusito de mi vida tú eres niño como yo» para preparar su cercana visita al Vaticano. ¡Ah, por cierto!, a Sánchez le molesta mucho que Abascal lo llame «el virus chino», como hace Trump.
Al felpudo de Revilla y al diletante Quevedo, de Coalición Canaria, sólo se les ocurrió hablar de «camisas azules», las que lucieron ellos, con correajes, en su mocedad. Ana Oramas, que no sabía cómo salvar la papeleta, recurrió a la canción del Cola-Cao y se puso a cantar lo de «Yo soy aquel negrito…», con los hoteles de Tenerife y Gran Canaria sin un turista y con la ruta mauritana abarrotada de pateras. «Al renegado no tengo nada que decirle…», susurró Abascal refiriéndose a un esperpento de la CUP antes de cederle la tribuna a la hija de Drácula, Merche Aizpurúa, de EH Bildu, quien se llevó de regalo un Diario de sesiones del Congreso en el que por fin figura la lista completa de los casi mil asesinados por sus socios de la ETA, por cortesía de Abascal. Por un momento sentí que el PP se hundía en una sima electoral porque no tuvieron los reflejos de ponerse en pie en señal de respeto para escuchar los nombres de los mártires de la democracia.
Arrimadas, a esa hora, seguía sin escuchar, pero lo siguiente será arrullarle los nombres de los 60.000 muertos causados por la pandemia de Sánchez, hasta que se duerma.
El ridículo mayúsculo, en cambio, correspondió a ese tarugo de Aitor Esteban, que empleó un sólo minuto, de los 30 que tenía, para replicar. El legatario del lunático Sabino Arana se comió un plato entero de cocochas podridas, también por gentileza de Abascal, que los conoce como si los hubiera parido y cuanto más brutotes se ponen más cocochas putrefactas tragan. Un día esos tíos se atorarán y ya no les entrará el traje de engañar que llevan luciendo en el Palace desde hace 40 años bajo el disfraz autoconcedido en exclusiva de «Grupo Vasco», como si los de Bildu o Nicolás Redondo no hubiesen sido grupo vasco alguna vez. Pero es que yo escucho lo de Grupo Vasco y me acuerdo siempre de la peli de Sam Peckinpah, «Grupo Salvaje». ¿Por qué será?
En definitiva, que si la moción de censura de Vox, a quien todos, tirando por lo bajo, acusaron de radical, estaba llena de sentido, el principal de todos, para mí, fue que logró sacar de sus madrigueras, como un tejón, a todos los verdaderos radicales que han polarizado hasta el extremo la política española actual. Y eso, precisamente eso, es lo que añadía una justificación mayor a la moción de censura defendida por Abascal.
He dicho.





