Este es el título de una de las historias del “Padre Brown” imaginado por Chesterton; que por cierto pertenece a un volumen, “El candor del Padre Brown” que se publicó por primera vez, ¡en 1910! Resulta curioso. Su autor se considera, en tantos aspectos, de actualidad; por eso mismo resulta conmovedor que esta obra, como otras muchas suyas, se escribiera antes de la Primera Guerra Mundial, ¡la primera!, cuando el mundo era tan enormemente distinto…
El interés de estas historias no reside tanto en el suspense “criminológico” sino en las singulares observaciones que van saliendo sobre el comportamiento humano. Por ejemplo, en esta, “El martillo de Dios”, se narra la muerte de un hombre después de que alguien le arrojara un martillo desde la torre de la iglesia del pequeño pueblo. El fallecido en cuestión era persona muy indeseable; el dilema era quién se había arrogado el papel de justiciero, y de tan terrible y brutal modo. Y lo más sobresaliente del relato es la reflexión que hace el personaje, el Padre Brown, sobre el motivo último del crimen, nacido de un impulso súbito, de la tentación repentina que le entró al que hasta entonces había sido un hombre impecable. Su argumento es el siguiente: esa tentación le sobrevino por pasar demasiado tiempo en la torre, por estar mirando el mundo desde las alturas; el que actúa así, contemplando a los hombres desde lo alto, acaba arrogándose el papel de Juzgador…
Se estará de acuerdo o no con esta reflexión, sin duda un tanto extrema. Pero sin duda es interesante. Y proporciona una especie de apoyo, al menos una explicación dada por alguien que goza de autoridad, a la inquietud que a algunos nos invade ante esta moda cada vez más extendida de presentar las cosas desde lo alto, desde lo alto… Una vista aérea puede ser curiosa; cuando todo es vista aérea, todas las ceremonias y los monumentos y todo lo hermoso y curioso se presenta siempre desde una cámara colocada arriba, subrayando la prepotencia del ojo de la cámara, que a su capricho se detiene aquí o allá, presentando una visión de las cosas totalmente distinta a la de la humilde persona de a pie… pues eso será muy espectacular y cinematográfico, pero tiene algo de molesto. Y “molesto” es decir poco: tiene algo de reduccionista y destructor.
Entendámonos: para el cine, estos efectos están muy bien. Es lo suyo. Pero la retransmisión de ceremonias de la vida real es otra cosa. Pensemos por ejemplo en las sonadas que han tenido lugar en la Plaza de San Pedro en el Vaticano. Se supone que los interesados tendrían que dar las gracias a la tecnología por permitirle ver esas cosas sin moverse de su casa. Esa es la teoría: pero la realidad no es así. Pues no son tanto “retransmisiones” (es decir, grabación de imágenes y sonido para hacerse la ilusión de que se está en otro lugar siguiendo un acto), sino jugueteos caprichosos de la cámara, efectos espectaculares, vistas aéreas inauditas, de repente el molestísimo detalle de una persona elegida al azar de la que enseñan hasta sus caries… En modo alguno se parece a la experiencia de alguien que esté realmente allí. Son más fieles, muchísimo más fieles, las retransmisiones del siglo pasado, mientras más antiguas mejor. Y no es sólo cuestión de gustos. Las antiguas eran verdaderas retransmisiones (que aburrirían, claro, a los no interesados en la ceremonia en cuestión, ¡pues muy bien! Pero a los interesados sí se les hacía partícipes del pathos del momento). Lo que hoy se hace son alardes de poder, de omnisciencia, de control; alardes del poderío de quien maneja un punto muy alto. La ceremonia en cuestión no importa demasiado: queda relegada a telón de fondo para acrobacias, a excusa de lucimiento para el que mira desde lo alto. Desde lo alto de la torre. Espectacular y vistoso sí es el resultado. Pero no resulta humano.
Aunque escasean, sí puede hallarse algún otro referente literario que sirva de compañía a estas impresiones, tan difíciles de explicar. En sus simpáticas y amenas Memorias, Agatha Christie, describiendo sus propios gustos, se atreve a decir: “En realidad, eso de las “grandes vistas”… puede ser bastante aburrido” (“Views can be incredibly dull”). Sí, la panorámica es espectacular (evidentemente ella no se refería a las cámaras, sino a “las vistas” tan celebradas por ejemplo desde lo alto de una montaña), espectacular… pero ahí acaba todo. Eso de dominarlo todo desde arriba de un golpe de vista acaba con la fruición de formar parte del paisaje, de que se intuya también una parte oculta. Ella disfrutaba muchísimo más simplemente viajando en tren. ¡Qué alivio encontrar semejante compañía, para quien nunca disfrutó demasiado de las “vistas” desde las altas torres, y más bien prefiere el observar la realidad a pie de calle, o desde el tren, o desde una altura moderada, más humana!
Desde una altura moderada (los primeros balcones de la Giralda, por ejemplo) se participa del entramado urbano; es un modo curioso de seguir formando parte del paisaje. Cuando la altura es excesiva, ya nos distanciamos; lo dominamos; podemos sentirnos demasiado superiores y despreciar a la Humanidad.
A los que retransmiten ciertas cosas se les nota esa superioridad y ese control. No están al servicio de lo retransmitido. Al contrario, son ellos los que deciden crear un relato propio.
Lo mismo cabe decir de la infinidad de imágenes que nos llegan de tomas espectaculares de catedrales góticas, siempre desde arriba y con alardes de efectos especiales… La ironía del caso es que nos llegan como queriendo agradar a los amantes de las catedrales; cuando en realidad somos los que menos podemos disfrutarlas. Rompen el verdadero espíritu de lo que es una catedral para reducirla a jugueteo, a material de banal alarde fotográfico. ¡Ah, si volviéramos a apreciar el mirar de abajo arriba, con nuestros propios ojos…! Para eso se hicieron las catedrales y tantos otros espacios, para mirar hacia arriba.
“El martillo de Dios”.





