Pues mira tú que lo mismo empiezan a tocar fondo y se ha iniciado una especie de revuelta silenciosa entre los votantes de la izquierda por mor de la deferencia y la asimetría concedida a ciertos extremismos del Islam. No sé si será esta vez, pero señalé hace tiempo que acontecería en algún momento y podría producirse una revuelta o una reacción por alguna minucia insospechada, como cuando el pueblo, acogotado por la carestía del pan y unas condiciones lamentables a finales del siglo XVIII, se alzó de modo imprevisto en el motín de Esquilache no por una excusa grave ni profunda, sino por la anecdótica razón de quererles convertir los chapeus en sombreros de tres picos y acortarles las capas por decreto, medida que, además, tenía una explicación bastante bienintencionada del sr. Marqués, pues pretendía desproteger a los delincuentes que asolaban la capital escondidos tras sus embozos, lo cual, a su vez, alentó a muchos alguaciles y guindillas a extralimitarse en su celo de sastrería.
Y hete aquí que ahora apunta algo parecido, que los votantes de la zurda no reaccionaban contra la subida esplendorosa del recibo de la electricidad ni tampoco por robarnos caprichosamente la presunción de inocencia, que es uno de los pilares imprescindibles de un Estado de Derecho, pero en cambio la desafección se manifiesta de manera flagrante por unos símbolos, anecdóticos y algo extemporáneos, como la decisión de indultar un ninot con una representación de pegote de una mezquita y una media luna, cuando arden cada año muñegotes que representan cruces, iglesias, obispos o seminaristas sin que nadie jamás se haya alarmado por semejante chuchería burlona, tan propia de las fiestas del Mediterráneo… occidental.
Por supuesto que no se trata sólo del ‘ninot indultat’, sino más bien de la humillante claudicación y cobardía que se esconde detrás del cartelito que han colgado, también en caracteres árabes, adelantándose a la amenaza que adivinan sus responsables detrás del hecho en un ejercicio ignominioso de autocensura radical.
Detrás, digo, también se esconde la indigna tolerancia justificativa acreditada en las últimas semanas por el progresismo semoviente sobre la llegada de los talibán al poder y su afán desprejuiciado por concederles a los salvajes lo que aquí se condena y se persigue con virulencia apenas por una dudosa interpretación o por una mera insinuación que levante una sospecha de machismo, ya sea por un piropo o por ceder el paso o el asiento a una mujer en una puerta o en un autobús, mientras allí no se delibera ni lo más mínimo sobre la oportunidad o no de lapidar a las mujeres si les asoma un tobillo debajo de la burka, de arrojar al vacío a quien señalan como homosexual o de cortar las manos a un niño que roba una manzana.
Las virguerías retóricas de la dirigencia progre o sus silencios ominosos para no condenar el evidente salvajismo practicado en las sociedades de la sharia o la comprensiva actitud hacia quienes imponen cárceles de lana a las mujeres y pretenden justificarlo de manera algo hilarante bajo una falsa libertad de elección, constituyen un insulto incluso para sus propios votantes, que no pueden entender ni aceptar en muchos casos tamaño desfase moral, ni siquiera asumiendo el anticlericalismo extremo y de pandereta que les acompaña de manera habitual cuando lo que se aborda es la religión católica.
No confío plenamente en esto que pronostico y puede que no se convierta en el elemento decisivo de ruptura entre el votante medio y las doctrinas que improvisan sus caudillos, pero sí subrayo que en esta ocasión muchos de sus votantes le han empezado a ver el cartón de la tramoya y de la componenda y no están dispuestos a tragar con otra nueva pirueta repugnante que pretende que los votantes se pongan de nuevo de perfil ante tan obvia manipulación del sentido común, más aún cuando empieza a hacer mella la aplastante realidad de que miles de inmigrantes irregulares atropellan la bolsa de las ayudas que no reciben los ciudadanos a los que han arruinado la vida y han dejado sin trabajo en apenas un año.
Que a un votante doctrinal del «manquepierdismo», entrenado para seguir votando a los suyos incluso cuando sus políticas les mandan al saco del desempleo o les esquilman la bolsa y la vida continuamente, algo les haga dudar de su fe ciega, capaz de absorber toneladas de contradicciones insoportables, sobrepasa con mucho los límites de la racionalidad y la cordura. El talibanismo tiene un límite, incluso si eres alguien dispuesto a no cambiar tu voto bajo ninguna circunstancia, pero recuerden que este Sánchez logró ser investido presidente con apenas 85 diputados, lo cual indica que aún tiene margen para seguir cayendo y que muchos de los recalcitrantes se quedaron en sus casas.
He dicho.





