Por las páginas de las sagradas escrituras pululan todo tipo de personajes secundarios alrededor de Jesucristo: grandes, pequeños, importantes, menos importancia, buenos, malos, regulares —como los de Tetuán—, legendarios, olvidados… Personajes que vivieron en el tiempo de Nuestro Señor Jesucristo y que tuvieron su importancia en su vida o en su obra. Testigos, en definitiva, de la fe universal.
Eso son las páginas de El pan de Emaús, de Álvaro Romero Bernal, que se presentó ayer en la casa hermandad de San Bernardo: testimonios de los que estuvieron al lado de Jesús —Cristo de la Salud en esta casa— y de su Madre María —Refugio y honor de que la ciudad de Sevilla sea Mariana, que para ello Filpo Rojas (q.S.G.h), sacó toda la artillería necesaria de la fábrica de artillería para que esto fuera posible, y a las cosas se le llamaran por su nombre—.
Las páginas que les traemos hoy son confesiones a media voz. Confesiones de Judas —el del beso traidor y eterno en la calle Santiago—; de Isabel, “que iba a tener un hijo con su marido, tan reviejos ya” —como aquel Coronel y su esposa a los que no les escribía nadie—; de Marta —que por la plaza de San Andrés se derraman dos lentas filas de cirios al cuadril—; de José —que por su calle pasa una cofradía torera cada Miércoles Santo—; de la suegra de Simón, “que creía en Él desde que entró en su casa”; de aquella mujer, “que comía tierra y por eso creía que estaba ya muerta”; de uno de los centuriones —plumas al viento por la Resolana—; de Malco, que Pedro le dio lo suyo con la afilada espada; de Simón de Cirene —que por la Ronda ayuda al de las Penas a cargar con la pesada cruz de nuestros pecados—; de Dimas —que desde lo alto de la canastilla dorada de la Exaltación saluda a los coroneles del Rinconcillo—; de Nicodemus —que nos reconoce que “fue duro velar a Dios”—; de Cleofás… y de remate torero, de kirikí de Pepe Luis Vázquez, el epílogo de Tomás.
El pan de Emaús es un quinto evangelio, que dice Antonio García Barbeito en el prólogo de lujo que precede a la obra. Y yo, como me entenderán, no soy nadie para contradecir al maestro. Este es un evangelio profano que mira a Jesús a la cara, de hombre a hombre, sin que haya diferencia entre unos y otros. Jesús baja del cielo para encontrarse con la palabra de los que lo siguieron a pies juntillas. Como cuando las mujeres llaman “hijo” al “que en San Lorenzo está de moraíto vestío”, que sentenció Antonio Murciano. Una conversación del día a día, del momento, del instante…. Conversaciones en las que salen a relucir las miserias humanas y las divinidades de Dios. Y todo, escrito con una maestría de un palaciego que se mira en Romero Murube sin mirarse, con una verdad de Puerta de la Carne, de “esto es así y esto es lo que hay”, de la máxima del Pasmo de “se torea como se es…” “…y se está”, que le ha sumado Morante. Un escrito escrito desde la pureza del corazón y del sentir. Sin alaracas, sin cosas raras, sin más birlibirloques que los que la cosa necesita. Una obra justa y medida, de cinco tantas rotundas y una estocada en el hoyo de las agujas. Porque el libro viene a dar ruido, que va a dar que hablar, que va a formar run run… Que ya lo está formando.
La publicación viene cargada de imágenes, para que veamos lo que leemos, como aquello del “estoy escuchando lo que estoy viendo”. Así, disfrutamos de las fotografías de Jesús Martín Cartaya (que Dios lo tenga en su Gloria), de Álvaro Pastor Torres, de Manuel Bascón o del marchenero Pablo Gallego.
En las calles de la ciudad está el libro, el nuevo hijo de Álvaro Romero Bernal, que ha sido bautizado en la pila de bautismo de mármol donde le dieron las aguas benditas a lo mejor de la gracia de Sevilla.
Imágenes de Manuel Bascón.
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