Hubo un tiempo en el que los juegos de mesa ocupaban gran parte de nuestros ratos libres, sobre todo en las tórridas horas de la siesta veraniega o en aquellos domingos lluviosos de invierno, en los que el único plan era quedarse en casa. Tanto fue el éxito alcanzado por el ajedrez, las damas, el parchís y otros cuyo nombre no recuerdo, que uno de los regalos de Reyes más populares era la caja de Juegos Reunidos Geyper, donde encontrabas hasta cincuenta y cinco alternativas para llenar tu tiempo de una manera lúdica.
No obstante, había un juego muy peculiar que llegó a España en los años cincuenta, aunque no se extendió por nuestro país hasta los setenta, y que distribuido por la empresa Borrás, tuvo que competir con El Palé, líder en juego de compra de propiedades. Me estoy refiriendo al Monopoly, un juego ya nonagenario, que es toda una metáfora del capitalismo desenfrenado. ¿Sabían que es el juego de mesa más vendido de la Historia? En efecto, disponible en 114 países y casi 50 idiomas, con más de 3000 versiones, ha superado los 300 millones de unidades vendidas.
Al profundizar sobre sus orígenes, me he llevado la sorpresa de que fue concebido como algo educativo para que los jugadores reflexionaran sobre el modo en que la sociedad capitalista empobrece a la mayoría y enriquece a unos pocos. Situémonos en los comienzos del siglo XX, en 1904, cuando una escritora estadounidense, Elizabeth Magie, tras leer el libro “Progreso y pobreza” (1879) del economista Henry George, quien defendía que la tierra pertenece a toda la Humanidad y postulaba la regulación o la propiedad estatal de los monopolios, diseñó “El juego del propietario” (The Landlord’s Game).
Para Lizzie, como le llamaban sus amigos, los problemas del nuevo siglo eran tan vastos y las desigualdades tan enormes, que se propuso crear un juego ameno que contara el nuevo sistema económico surgido tras la Revolución Industrial. El juego constaba de dos versiones: con reglas de ‘prosperidad’ o de ‘monopolistas’. En el primero, ganaban todos de forma comunitaria; en el segundo vencía el que arruinaba a los demás. Esta última modalidad le generaba mayores dosis de dopamina al ganador, quien disfrutaba del placer de una recompensa y una motivación satisfecha.
Esto fue lo que astutamente aprovechó un vendedor en paro, un tal Charles Darrow, quien no tuvo reparos en presentar la versión monopolista como diseñada por él, e hizo el negocio de su vida cuando en 1935 lo vendió a la juguetera Parker Brothers, convirtiéndose de hecho en el primer millonario gracias a un juego de mesa. La verdad no muere, solo duerme, y salió a la luz en los años setenta, cuatro décadas después, pero la empresa le pagó solo 500 dólares a la autora verdadera, que hasta el día de su muerte insistió, avalada por numerosos testigos que habían visto con sus propios ojos el juego original. Para ella el honor, para él la recompensa.
Aquellas casitas y hoteles verdes, aquellos billetes de colores en función de su valor nominal, aquel tablero plegable, en la versión que conocí con calles de Madrid, nos estaba entrenando sin darnos cuenta en el mundo de la especulación inmobiliaria, en la importancia de contar con la liquidez justa (ni poca ni mucha), en cómo el azar de una tirada de dados podía dar al traste con una estrategia aparentemente correcta para conseguir los objetivos, en fin en muchas lecciones de economía que ahora recuerdo como aquellas primeras brazadas que dimos todos alguna vez en una piscina para aprender a nadar, en las que, indefectiblemente, tragamos agua.
En la mesa y en el juego se conoce al caballero, dice un sabio refrán castellano, y he de reconocer que no siempre supe perder, y que en más de una ocasión, enfadado por unos dados cuyas tiradas echaban por tierra todo el patrimonio conseguido, me sentía contrariado y no felicité al ganador, pero, con el tiempo, aprendí que no todo depende de la toma de decisiones personales. Es más, con el paso de los años me di cuenta de que son mucho más numerosos los factores exógenos (aquellos que no dependen de uno mismo) que los endógenos (aquellos que sí dependen de nosotros).
Otra lección que he aprendido al conocer la historia que les he relatado es la importancia de registrar las creaciones personales de todo tipo, para evitar que algún desaprensivo venga y se adjudique su autoría. Pero lo que me ha llamado más poderosamente la atención, es cómo, una vez más, algo concebido para un fin determinado, puede acabar propiciando aquello que resulta ser todo lo contrario para lo que fue creado: ¿verdad que les suena?
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Cierto amigo Tobaja; pareciera que muchas cosas finalmente resultan según el color del cristal con que se miran. Felicito su evocación.
Un saludo cordial.