Otra vez escribo desde el invernadero.
Agosto se va marchando y yo me estoy planteando que tal vez también.
Me ha salido una buena oferta de trabajo cultivando rosales en una mansión londinense y comprenderéis que el estilo y la tranquilidad no tienen comparación.
Además de que el salario de Londres es muy bueno y estas ratas son más agarrás que una mona a un columpio… ¡En fin!, os cuento.
Hace unos días le llegó una invitación a la señora para acudir con unas amigas a una exhibición de ropa en una prestigiosa firma de alta costura.
La invitación era para una minoría de invitadas y sus selectas amistades (a puerta cerrada, claro está) y estaba prevista para la tarde de ayer a las 18.00.
La señora, supongo que por animarse un poco tras el disgusto por la insultante carta recibida y debido a que ya había quedado con tres amigas de antemano, decidió acudir a tal evento.
A las 17:30 las amigas de la señora llegaron puntuales al casoplón, ya que serían todas trasladadas junto a la señora por todo un séquito de escoltas y coches oficiales.
Algunas tienen su residencia habitual en Madrid, pero la otra está de visita en la capital de España a punto de finalizar sus vacaciones.
Ellas son: Susi, Chiqui y Mamen.
Llegaron puntualmente y fueron atendidas por una elegante azafata que les ofreció una copa de champán, pero debido a que el comienzo del desfile se retrasaba, Marisú la Chiqui, le dijo:
-“¿Nos puedes traer una botella de champán para cada una y algo para picar, mi arma?.”
La joven así lo hizo (aunque no pudo evitar un gesto de estupor) y las cuatro amigotas comenzaron a conversar alegremente, a darse palmadas en los muslos y a reír a carcajadas…
El desfile comenzó y el resto de la distinguida concurrencia fueron haciendo pedidos de los bellos modelos exclusivos de la colección. Mientras tanto ellas bebían y cuchicheaban entre alguna que otra risotada. (Ellas, tan finas)
Tras dos horas de desfile, de copas de champán y tapitas, animada charla y carcajadas…
… por fin decidieron que iba siendo hora de hacer algún pedido y habló la señora dirigiéndose a un señor que pasaba por allí:
–«Ains… nos pone el bambo rosa fucsia de la última modelo, el pañuelo morado a la cabeza y las cangrejeras negras… uno para cada una… ¡hics!…»
A lo cual el buen hombre respondió:
-“Señoras, yo soy el portero. El desfile ha terminado hace media hora y además, lo que piden no se les puede servir porque es el uniforme de la limpiadora.»
El grupo de amigas volvió tarde al casoplón (no solas pero sí bastante borrachas) y entonces fue cuando narraron al señor todo lo acontecido, con su acostumbrada ‘elegancia’ y la lengua más que suelta por el efecto del champán.
Mientras tanto un servidor, contrito de vergüenza ajena, lo fue anotando en la libreta para poder escribirlo ahora con más detalle en este diario.
Hasta otro momento, amigos.





