Hace unas semanas, los telediarios indicaban que durante el “puente” de la Asunción despegaron en España más de 32.000 vuelos (decían la cifra exacta, como con orgullo). Cosa contra la que los amantes de la libertad no objetamos nada; pero es curioso que el más humilde de los sevillanos, el que no va en avión sino que su único veraneo es ir en autobús a alguna playa, pues justo ese es el objeto de todo el “ahorro” en energía que se considera “necesario para el planeta” (concepto espúreo, propio de religiones primitivas que sacrificaban los humanos a los espíritus de la naturaleza). A ese lo ponen a esperar en la estación de autobuses de Plaza de Armas, ¡sin aire acondicionado! A ese lo llevan en un autobús hermético, ¡casi sin aire acondicionado! (Y que no nos hablen de otras épocas. Un autobús hermético, pensado para el aire acondicionado, pero sin ponerlo a funcionar, es un instrumento de tortura. Nadie viajó así antes, ni en la Edad Media ni nunca).
Y ese viajero llega a la playa, y se baña, en aguas ya cálidas, y antes de emprender el regreso a casa, ¡no funcionan las duchas de la playa! Pero, ¿cómo es posible? Ah, es que “hay que ahorrar agua”. Pero, ¿quién la ahorra? Sólo los más humildes. Los que van y vuelven a la playa en el día. No ahorran los dueños de los chalet ni los innumerables hoteles y apartamentos de lujo, con sus infinitas duchas y piscinas.
Se ahorra en higiene básica, en decoro, en algo que era patrimonio milenario de los andaluces más humildes. Nos llamaban, a lo largo de los siglos, los bien lavados, aun dentro de circunstancias modestísimas. Nadie nos ganaba en decoro.
Ahora se nos quiere sudorosos, sucios. Autobuses, estaciones de autobuses, playas. Fuimos pioneros en invertir en esas cosas, en acondicionar para el verano esas instalaciones públicas.
De la falsedad de ese argumento (el “ahorro”) podríamos hablar hasta el infinito. En todos los municipios vemos las obras, las rotondas nuevas, un mobiliario urbano en continuo cambio. En una sociedad sofisticada, acaso muchas personas carezcan de la menor noción de albañilería. Seguramente ignoran que lo que más agua gasta en este mundo es una obra de construcción, con eso del cemento, mezclas, riegos continuos… En plena sequía dramática, es curioso que continúe ese ingente derroche de obras inútiles, cambiando arbitrariamente elementos urbanos, tirando agua y dinero a la par… ¿Por qué nadie protesta? Porque el resultado es feo. Cuando el resultado de algo es feo, muchos creen como que no ha costado dinero. Se protesta contra la belleza nada más. De hecho, el único amago de tímida protesta ante el derroche se dirige hacia los campos de golf- cuando frente a éstos se puede alegar que al menos, cuestiones económicas aparte, son hermosos a la vista incluso para el que se limite a verlos desde lejos…
Pero volvamos al ahorro en condiciones básicas de bienestar en los servicios públicos. Y la tiránica, inaudita prohibición de limitar la temperatura del aire acondicionado en empresas privadas (un límite casi equivalente a su inexistencia). Pero no es esto lo más llamativo. Lo llamativo es la sumisión del pueblo.
Los afectados por estas medidas de auténtica crueldad primitiva no protestan. Se les ha convencido de que es “por el bien del planeta”. Al ser humano no le importa tanto el bienestar físico como se nos quiere hacer creer. Le importa tener un sistema de ideales por el que sufrir.
Muchos se ríen de los que en siglos pasados voluntariamente padecieron privaciones por acudir a las Cruzadas. Los cruzados seguramente se admirarían si les dijeran el motivo por el que el pueblo llamo del siglo XXI soporta tan dócilmente semejante tiranía.
¿El planeta se beneficia cuando los humildes pasan calor? Porque las medidas de ahorro se dirigen todas únicamente a los humildes. Hacia los demás, no.
La inmensa mayoría de los esclavos que en el mundo han sido no deseaban la libertad. Vivían a gusto intentando agradar al amo, y denunciando aviesamente al esclavo incumplidor, gozándose en su castigo.
Al ciudadano modesto del siglo XXI no le indigna enterarse de a qué temperatura está el Congreso de los Diputados mientras decretan maltrato físico para el pueblo. Pero se preocupa de denunciar al vecino que riega demasiadas plantas.
Vivamos esperando que el frescor del otoño proporcione algún soplo de alegría y de amor a la libertad.





