El inquilino de Moncloda ha hecho un pedido gigantesco de papel higiénico perfumado, está convencido de que seguirá viviendo allí mucho tiempo. Él no lo paga, lo hacen los demás vecinos del barrio, los cuales esperaban que, dada la carestía de la vida, lo pidiera sin perfumar que es más barato, pero el inquilino de Moncloda es caprichoso y cabezón, alegando también que es delicado de esfínter. Después de tener -dice- el mérito de haberse colado en esta casona a través de la chimenea, que es por donde nadie se esperaba que lo hiciera, qué menos que regalarse el placer de sellar su alianza diaria con la mierda con un papel higiénico perfumado que, dicho sea de paso, es sostenible porque sostiene en esa misma alianza a buena parte de la camarilla de colegas con los que corretea y juega en esa amplia casona de incontables habitaciones, pasillos, salones y, como no, cuartos de baño, algunos con jacuzzi, para poder sentir en las partes pudendas el impacto gratificante e inocente de los chorritos de agua del invento, con los que juega, decía, a hacer cambios en el barrio.
El entretenimiento lo encuentran, además, muy divertido, unos cambian los pasos de cebra por estelas de otros colores, y donde antes se podía cruzar la calle en ambos sentidos ahora solo puede hacerse en uno, otros prohíben a la gente que se asome a las ventanas, otros cambian las luces de los semáforos y solo dejan el rojo cuando les interesa o el rojo y el amarillo cuando no, algunos han cambiado el sentido de las calles y lo que era dirección prohibida ahora no lo es, han cambiado las limitaciones de velocidad, las zonas excluidas al tráfico las han convertido en aparcamientos permanentes, entre otras cosas. ¡Vaya lío que han montado con sus jueguecitos! Eso sí, han dejado vigente la obligatoriedad de pagar en las zonas azules, aunque al inquilino de Moncloda -es que es un genio- se le ocurrió regalar a diestro y siniestro vales de aparcamiento gratuito. Los jueguecitos del inquilino y sus colegas han dejado el barrio patas arriba, no hay manera de vivir en él, pero ellos se lo pasan en grande. Muchos vecinos han protestado airadamente y el genial inquilino, que, por supuesto, no paga ni luz ni agua ni los anti parásitos de las mascotas de Moncloda, la de las suyas y la de sus colegas, ha tenido que emplearse a fondo en explicar lo del papel higiénico perfumado que es lo que más ha enfadado al vecindario ¡tan desagradecido siempre! y ha venido a decir que el papel higiénico perfumado no es solo y todo para él sino que hay gente importante del extrarradio que quiere probar también el gustillo de sentir cómo desaparece el mal olor de la mierda inmediatamente después de haber depuesto, aunque ellos, los importantes, no tengan el esfínter tan delicado como el suyo. Les ha explicado, a ellos, cosa que exige bastante habilidad, cómo cagarse en lo que les dé la gana y cuando quieran sin que parezca que lo han hecho, ni siquiera por el mal olor que deja la deyección.
Entrando en detalle, se lo ha explicado a un gafitas que lleva viviendo fuera del barrio varios años porque se fugó después de robar cuarto y mitad de soberanía o de soberbia, no quedó claro; se lo ha explicado a un niñato macarrilla que habla a empujones e insulta y escupe en cada empujón; se lo ha tenido que enseñar a uno con el culo bien gordo, con lo que ello ha supuesto de dificultad añadida, además de que le ha gustado tanto que se hacía el torpe -o es que de verdad lo es- para que se lo explicara otra vez; se lo ha explicado a la rubia de bote o del cohete, ya estoy hecho un lío, con la singularidad de que la chica está siempre suelta, y, como no, se lo ha explicado a matagatos porque mató una vez un gato.
En fin, el inquilino de Moncloda se ha justificado demostrando con su relato que no es el único al que le gusta y gasta papel higiénico perfumado y que, por otro lado, los del barrio tienen que saber que su insignificante debilidad protege la naturaleza. ¿Qué naturaleza? Pues la naturaleza del jardín que rodea la Moncloda. Claro, claro, cómo no se me había ocurrido. El inquilino, un tipo genial, prometió el otro día a sus colegas que se lo van a seguir pasando pipa en el barrio -otra vez se han colado por la chimenea-, les dijo que se ha inventado otros jueguecitos que son para cagarse. Como adelanto ha empezado a soltar rollos por la puerta de servicio. ¿Más rollos? Esta vez son rollos de papel higiénico perfumado para que el barrio parezca ordenado y limpio. Esto es un inquilino en condiciones y no las porquerías de okupas que hay por ahí.
¡Límpiate y calla -les dice a los suyos- para qué creéis que he comprado tantas alfombras tan anchas y tan largas, y de color rojo! La mayoría de los presidentes de las comunidades de vecinos han decidido juntarse todos los días en la plaza del pueblo y protestar por los jueguecitos del inquilino y el despilfarro por la compra de tanto papel higiénico perfumado. ¡A ver cuánto duran!
Si la hoguera de Moncloda hubiera estado encendida cuando debía, el inquilino pestoso nunca hubiera entrado por esa chimenea.





