El bipartidismo PP-PSOE ha sido una constante en España tras la derrota del centrismo de Adolfo Suárez en 1982 por los socialistas de Felipe González. Desde entonces ambos partidos han funcionado como alternancia en el poder, y no como alternativas, pues es mucho más lo que tiene en común que lo que los diferencia. El PPSOE ha pactado siempre con los nacionalismos del norte cuando les han faltado votos para sus mayorías, a cambio de acrecentar, o mantener, unos privilegios territoriales de dudosa legitimidad. También la “perspectiva de género” como estrategia de manipulación del voto femenino ha sido una constante de este PPSOE, de manera especialmente grave a partir de 2004, cuando acató la inconstitucional radicalización feminista promovida por Zapatero. Ambos partidos se reparten el control del no-poder judicial, es decir, los nombramientos de jueces en los altos tribunales y de vocales del Consejo General del Poder Judicial, sin que hayan mostrado la más mínima intención de rescatar la separación de poderes, imprescindible para una democracia real. En resumidas cuentas, se ha tratado de dos versiones de la misma moralidad –o amoralidad- política, marcada por el primordial objetivo de mantenerse en el poder a cualquier precio. Hemos asistido a la alternancia de dos modos de gestión similares, el despilfarrador de la izquierda frente al sostenible de la derecha, pero privilegiando ambos a los grupos económicos de poder, esos que funcionan con las puertas giratorias y que “no entienden de política” sino de dinero. Así como manteniendo una crónica descohesión territorial.
La primera amenaza real a este tandem bipartidista llegó con Rosa Díez y su UPyD, que ponía sobre el tapete algunos debates prohibidos por el consenso del PPSOE, como la reforma de la ley electoral, o el rescate de la separación de poderes, por citar dos de ellos. Por primera vez un nuevo partido nacional tenía Grupo Parlamentario en el Congreso, y no sabemos hasta dónde habría llegado de no ser aplastado por el partido de Rivera, que literalmente le vampirizó el discurso, y con él el espacio político. Ciudadanos pareció tomar el relevo contra el estatus quo del PPSOE, pero Rivera sucumbió en muy poco tiempo a la corrección política, queriendo ser alternancia y no alternativa, lo que a la postre habría de destruirlo. Podemos, por su parte, también fue una amenaza, hasta que se hizo patente que estos “indignados” solo aspiraban a formar parte de la casta que tanto criticaron, y ahí empezó un declive que aún continua imparable. De modo que, a la fecha de este artículo, creo que solo le queda al bipartidismo un hueso duro que roer para volver a dominar el panorama: Vox. Si el PSOE parece ir solventando su problema con Podemos, Casado no sabe para dónde tirar frente a la acusación de “derechista cobarde”.
Pero el pacto PPSOE ya ha comenzado de facto a fraguarse, por ejemplo, con el reparto de los nuevos vocales del CGPJ -diez para cada uno- o el acuerdo en la negociación de los fondos europeos del covid, esos que han privilegiado a Madrid y a Cataluña frente a Murcia o Andalucía. Es probable a medio plazo una ruptura de Sánchez con Iglesias y su reconciliación -en un gran “Pacto de Estado por la Recuperación”- con su alter ego, hoy representado por el niño Casado, que no tendrá más remedio librarse de Cayetana, que habla como si fuera de Vox y le descompone las filas. Vox, el último obstáculo para que el PPSOE pueda volver a las andadas, no es producto de ninguna casualidad, sino que ha nacido del profundo hartazgo social que el bipartidismo lleva acumulado. No quiere ver este bipartidismo que representa un modelo fracasado, porque la ausencia de un verdadero debate moral hace desaparecer de raíz todo progreso político, y por lo tanto todo progreso social. Porque el precio colectivo de sustituir el debate moral por sus moralismos electoralistas es demasiado alto. Y ahí estamos.
En manos de Vox está seguir la suerte de las otras alternativas al PPSOE –la irrelevancia- o de consolidarse -con un aperturismo ideológico- como la tercera vía, imprescindible para compensar el oligopolio político que hace mucho tiempo dejó de funcionar. Y está en manos de los grandes partidos el darse cuenta, o no, de que del PPSOE ya ni sirve, ni lo quieren los españoles, que a la primera oportunidad votarán a cualquier otro partido que colme un mínimo de vergüenza torera política, o bien se irán a la abstención. Está más vacante que nunca esa cosa tan rara de decirnos la verdad, lo único que en estos momentos cruciales podría rescatarnos como nación. Todo lo demás son mentiras, y no piadosas, sino destinadas a mantener la indigencia política a que hemos llegado. Y de la que, sin la regeneración de la propia política, nos será imposible escapar. La responsabilidad que hoy tenemos los españolitos a la hora de introducir la papeleta en la urna se ha multiplicado por diez. O por mil.





