Hace apenas un mes, nadie en su sano juicio habría imaginado que si una ola de ataúdes anegara de repente los garajes de los tanatorios, los cadáveres desbordaran las morgues de los hospitales hasta los pasillos y una pista de hielo se hubiese convertido en un gigantesco frigorífico de almas, este país habría salido cada tarde a bailar en los balcones.
Me dirán que no salen para celebrarlo, sino para infundirse ánimos, estimularnos mutuamente y resistir ante el miedo y el confinamiento. Pero no sirve la excusa y lo sabemos.
Esa misma justificación se parece demasiado a la que sin duda se ofreció a sí mismo el pueblo alemán durante la guerra emprendida por sus dirigentes contra el mundo.
Idéntica o parecida necesidad de bailar y de asistir a los cabarets mientras delante de sus narices desfilaban masas de judíos, católicos o gitanos y barrios enteros eran confinados y cerrados a la espera de ser transportados a «la solución final».
Lo sabían, lo supieron todo. Tal vez sin detalles sobre los métodos empleados, pero prefirieron hacer la vista gorda, silbar al techo, fundirse en la masa conjunta de la irresponsabilidad común que les delataba uno a uno. Repito cuál es el objetivo de la propaganda: «Si todos somos culpables, nadie es culpable».
Pero les recuerdo cómo comenzó esto de los balcones…
El 12 de marzo, dos dias antes de que en España el Gobierno decretara el estado de alarma, llegaba la noticia de que los italianos,, de manera espontánea, todos los días a las 20:00 horas, hacían sonar en los balcones el himno italiano.
Entonces se dijo que cada día añadirían a ese momento emotivo una canción del acervo musical y sentimental italiano para hacerles sentir unidos frente a la desgracia… y aquel primer día sonó el “Azzurro”, de Adriano Celentano.
Una vez decretado también en España el confinamiento 48 horas más tarde, aquel espíritu de respeto y unión ha quedado degradado a este miserable festolín de la inconsciencia, casi como símbolo de la degeneración estúpida del espíritu de un pueblo, que ya no aplaude a su vanguardia, sino que parece celebrar su degeneración misma y su desmemoria.
Hace falta algo que compense tanta aparente indignidad ignominiosa de nuestra ‘performance’, la deshonrosa ceguera que resulta de contemplar tanta pasividad y tanto silencio ante la desgracia propia y ajena. Esta manera loca de tratar de huir del mal que nos acecha a todos, este regodeo egoísta en nuestros propios miedos, este querer olvidar a las víctimas que no lograron escapar a tiempo de las garras de la muerte…
Esta danza ‘no culpable’ que deja de atribuir la responsabilidad a nadie, una flecha que une a los muertos con un virus inasible, sin intermediarios, como un destino inexorable, como una predestinación sin culpa…, mientras el Gobierno y sus conocidos acólitos del incensario baten con un martillo machaconamente la perniciosa idea de un adanismo tramposo («nadie lo vio»), del negacionismo («somos los que mejor lo hacemos»), del terraplanismo («todos los países están igual»)…
Y no, no es cierto. Pero en un gobierno de fulleros, de falsos ‘jokers’ con biografías profesionales inventadas y de perfiles políticos enmascarados, era previsible que continuarían su tétrica partida con la muerte, sin importarles otra cosa que salir ellos mismos del atolladero en el que nos han metido a todos.
Lo que no tiene explicación de ninguna clase es que un pueblo de acreditado historial valiente, capaz de construir un Imperio, de levantarse contra el mayor ejército de Europa o de incendiarse hasta la revuelta por una orden ministerial que mandaba acortar las capas y mudar el chapeu, permanezca mudo (o bailando), mientras se le derriten los parientes y los amigos en un festival macabro de muertos innominados y de celebraciones sin crespones negros.
No bailéis sobre sus tumbas desconocidas, porque no hay lugar para el perdón mientras se elevan hacia el cielo cada día los fantasmas de los nuestros en el ingrávido humo de la chimenea letal de un virus al que no quisieron ver, al que negaron setenta veces siete, por causa de un 8… de Marzo. Ese humo que véis son nuestros muertos.
No hay lugar para el perdón en una sociedad adulta para un Estado y un gobierno que renunció a proteger los intereses generales en pos de su interés particular, el que había pactado con los más atolondrados y sectarios de su agreste, montaraz y asilvestrada compañía.
Tanta ineficacia, tanta inoperancia, tanta impostura, tanta estafa (en las cifras, en los suministros que no llegan, en los planes que no existen…), tanta mentira, tanta irresponsabilidad dolosa… y tantos muertos, no merecen un baile, sino abominar y condenar a los que permitieron esto. Y llorar por los nuestros. O seremos también culpables.
Ni olvido ni perdono.
He dicho.





