Hay crónicas que no se escriben en los legajos solemnes del Archivo de Indias, sino en el zaguán encalado de una casa de la calle Larga. Una casa con sabor a patio y a fuente de agua clara, que fue levantada por Juan López de la Rosa y Núñez desde sus cimientos, al igual que la capilla en la que actualmente veneramos a la Virgen del Carmen. El historiador de Paradas, en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, nos desveló la memoria de aquel barbero de virrey que regresó a su pueblo desde el Nuevo Mundo con los bolsillos llenos de doblones y los ojos preñados de nostalgia. Las viejas escrituras notariales dan fe de su inmensa humanidad y generosidad. Desde el número 37 de la calle Larga arranca la historia de este hilo que teje y cose la fisonomía y la identidad de este pueblo de la campiña sevillana.
Porque Paradas es un milagro de lealtades feudales y promesas de ultramar. Todo empezó cuando un Ponce de León, el VI Señor de Marchena, se encontró ante las dificultades en tierras brumosas de Francia, allá por el siglo XV. En mitad de la pólvora y el frío, se encomendó a San Eutropio, aquel obispo mártir de Saintes que parecía tan lejano a los soles de Andalucía. El noble salió con vida, y la gratitud de la Casa de Arcos fue de tal calibre que, al fundar la villa en 1460, le otorgó al pueblo el nombre del santo galo en el frontispicio de su primera y modesta iglesia mudéjar.
Durante dos siglos y medio, los paradeños rezaron bajo aquellos artesonados de madera. Allí se bautizaron generaciones enteras a la sombra de San Eutropio. Pero la tierra tembló en 1755 con el azote de Lisboa. La vieja iglesia mudéjar se dolió en sus cimientos, herida de muerte por la ruina. Hubo entonces que mudar el sagrario a la Ermita de San Juan de Letrán, mientras los alarifes levantaban el portentoso templo barroco que hoy desafía al cielo desde 1791. La Emita de San Albino, que tanto cobijó a los arrieros, quedó luego para el recuerdo, integrada hoy en el compás del Instituto, mudando las oraciones por las lecciones de juventud.
El tiempo en Paradas no se detiene, sino que se transforma manteniendo intacta su esencia. Los muros de aquella vieja molienda y cuna indiana guardan también la intrahistoria del Paradas laborioso y jornalero del siglo XX. Esas paredes vieron el nacimiento y la simiente de un gran negocio familiar, el de los Hermanos Carrión. Una empresa nacida del esfuerzo diario que ha estirado sus costuras hasta formar un gran equipo con treinta familias del pueblo y de la campiña. Hoy, ese rincón se ha transformado en el hogar de una familia de arraigada fe cristiana. Una casa que abre sus portones de par en par, dispuesta a arrimar el hombro y a aportar su granito de arena para sufragar las necesarias obras de restauración que tanto urgen en el sagrado edificio de nuestra Parroquia de San Eutropio.
Y es que las devociones en Paradas saben mucho de calor de hogar y caridad silenciosa. Bien lo sabe la fisonomía de la propia Virgen del Carmen, esa bellísima talla que evoca la dulzura de la gubia de Sebastián Santos y que nació en el seno íntimo de una familia del pueblo. En las habitaciones de una casa particular recibía sus primeros rezos y sus tiernos desvelos familiares, hasta que el amor generoso de sus dueños decidió entregarla a la Parroquia para que su bendición se hiciera patrimonio de todos los paradeños.
Una devoción marrón y blanca que encuentra su espejo diario y su más tierno refugio entre los muros de la Residencia de Ancianos San Inocencio, donde las Hermanas Carmelitas custodian con amor evangélico la vejez del pueblo, tejiendo con sus manos limpias el verdadero escapulario de la compasión. De una casa humilde y del regazo de una orden que es puro bálsamo para nuestros mayores salió la Reina del Carmelo para reinar en la Iglesia, y a la casa vecina vuelve hoy.
Por eso, en la salida de este año, los dueños de la casa han querido que el compás de la fe lo marquen los ojos más sabios de Paradas. Se reservará un sitio de absoluto privilegio y honor para todos los residentes. Serán nuestros abuelos, sentados en primera fila junto al umbral de la casa, los primeros en sentir el aire de los costaleros y el aroma del incienso, uniendo en un solo abrazo el agradecimiento de la Iglesia y el cariño eterno de su pueblo.
Y así, puntada a puntada, la historia nos trae al presente. A las ocho y media de la tarde de hoy, 15 de julio de 2026, Paradas se colmará de ese aroma inconfundible a verano antiguo, a víspera grande. Las manos vecinas ya estarán tiñendo los sacos de sal para alfombrar las calles, preparando el tapiz donde el pueblo derrama su alma en colores.
Los nuevos portones se abrirán al cielo limpio de julio. Saldrá San Eutropio, el santo francés que se hizo andaluz por el voto de los Señores de Marchena, portando el compás de su martirio. Y a su vera, la Virgen del Carmen, tejiendo con su manto carmelita la devoción más pura de julio, mientras los mayores de San Inocencio, desde su sitio de honor en la misma puerta, aguardarán el paso de su Madre. El cortejo enfilará la revirá de la Calle Turina hacia Velázquez, buscando con paso firme el corazón del pueblo en la Calle Larga. El rumor de los pasos se adentrará por la estrechez íntima de Las Callejuelas para desembocar en el estallido de color de la Calle Nueva, donde la sal crujirá bajo las trabajaderas mientras una lluvia de pétalos devotos pinte el cielo de Paradas. Tras el rezo hecho petalada, se avanzará buscando Huertas y Padre Barea, saludando de paso el testigo mudo de su templo en obras al cruzar el Porche, para emprender finalmente el camino de regreso, desandando sus pasos por Velázquez hasta recogerse con la noche en los portones de la Calle Turina. Una estampa eterna que une el milagro íntimo de una Virgen familiar, el rezar callado de las monjas de la residencia, el sitio privilegiado de la vejez paradeña; la generosidad y la fe inquebrantable de un pueblo que sabe guardar, como oro en paño, el tesoro de sus tradiciones.





