Desde que cambié mi profesión anterior por la de guardaespaldas, no gano para disgustos.
Os cuento en mi diario.
Ayer la señora llamó a su nuevo asesor de estilismo: Pierre Canallén.
Apenas pisó la entrada a los jardines del casoplón y se oyó un enorme grito…
«Aiiiieeee, que quiten de ahí de en medio del jardín esa estatua de enano tan demodé y horrorosssssa…»
La señora se asomó por el balcón de su dormitorio y gritó:
«Niiiiikeeee, entra y no asustes más en el jardín y deja de decir tacos a monsieur Canallén»
Tío Nike, sin dejar de proferir tacos al estilista, se fue alejando hasta la puerta de entrada. El estilista no paraba de darle bolsazos mientras tío Nike le escupía y le gritaba:
«Annnnna ‘ta, loca er oño…»
Una vez que el gran estilista recuperó el aliento, el mayordomo le condujo a la salita recibidor y en esto que se oyó otro enorme grito:
«AAAAAHHH, HORROR DE LOS GRANDES HORRORES…
QUE QUITEN A ESE SAMURAI DE LA ESQUINAAAAA…»
Fue entonces cuando intervino el mayordomo diciendo: “Disculpe, Maestro, pero no se trata de ninguna estatua de samurai; es la señora con una coleta recogida y vestida con un kimono, que está haciendo sus ejercicios de relajación.”
El estilista entonces, asaltado por un ataque de histeria que parecía llevarle al borde del patatús exclamó:
“¿ESA MAMARRACHA ES LA QUE PRETENDE MI ASESORAMIENTOOO?…
¡IIIIIHHHH…AY QUÉ ME DA…!”
La señora al oír esto, paró en seco de hacer sus ejercicios, se quitó la babucha, se enfiló hacia el estilista y le metió en la boca un par de babuchazos que le saltó dos empastes, le partió el labio por dos sitios y todavía no han aparecido las lentillas…
Así quedó ayer mi trabajo de guardaespaldas, que por lo pronto no es a la señora a la que tengo que defender de otros, sino a los otros de la señora… ¡menuda fiera!
¡Ay señor!… Otra vez sin estilista.
En fin, os dejo que ahora tengo que ir a «consolarla»…
Hasta otra, amigos.





