Desde el pasado domingo no hago más que leer artículos, columnas de opinión e incluso editoriales sobre la oscura nube que se cierne sobre la moderación y la centralidad. Un diario titulaba anteayer “La sombra de Vox sobre Andalucía” a un panegírico sobre el buenismo de Juanma Moreno y el acongoje pepero —no pasa nada si confunde la palabra— que reina en todos los despachos de las taifas azulonas.
La verdad es que no es para menos. La muy dulce y encantadora señora Guardiola —que, a la par, es un avezado lince/linza político— intuyó las debilidades de sus socios en Europa y se dijo para sí: “¡Esta es la mía!”. Se tiró de cabeza a por la mayoría absoluta, con la mala suerte de que la piscina solo estaba a medio llenar de desencanto socialista. Es cierto que el descalabro de su partener bipartidista ha sido memorable, pero los 30.000 votos adicionales que esperaba sumar para alcanzar la mayoría se han convertido en casi 10.000 votos menos para sus listas. Papá Noel, que es tan progresista y moderado como ella, le ha traído un regalo de solsticio de invierno en forma de abstención, que le ha salvado los muebles por muy poco. Ha perdido alrededor del 5% de sus votantes reales y eso en mi pueblo no es ninguna hazaña, sobre todo con un PSOE sumergido en la ciénaga más profunda.
Aquí es donde aparece el lobo feroz, la oscura nube que se cierne sobre las taifas hegemónicas del bipartidismo, como Sauron sobre la Tierra Media. Resulta que los chicos de Abascal, que no los conocían ni en su pueblo, han más que doblado sus resultados electorales. Pecado de excomunión, que para eso son los únicos católicos del reino, que el resto ya no se sabe a quién reza —aunque sí se sabe que contrata profesores moritos para extender la sharía entre los escolares de sus taifas—. ¿Cómo puede atreverse nadie a doblar el brazo a un emir, ya sea azul o rojo, y poner en riesgo el mandato prometido de absoluta moderación, centralidad y sonrisas arcoíris? El gran pecado de Vox ha sido conseguir sumar a su electorado los 50.000 votos que no ha conseguido Guardiola.
Y como todo pecado tiene su penitencia, y los emires multicolores no van a permitir que nadie les arruine su misión divina emanada directamente del creador, o creadora. No se sabe bien a quién rezan, pero podría ser perfectamente a Santa Úrsula. Así que, desde este mismo momento, queda decretado en todas las cabeceras editoriales en las taifas del extinto califato de Blas el Infanzón: que el muy pecador, hijo de Satanás, tenga que poner sus votos al servicio del bipartidismo sin excusa ni reparo alguno. Y como así se ha dictado, tal lo podrán comprobar en medios de prensa, escrita, hablada o televisada, para que brille sin límites la centralidad centrada —en no hacer nada que pueda molestar a nadie—. Que un arcoíris de sonrisas multicolores lo inunde todo por siempre jamás, mientras mantenemos una inflación desbocada, unos sueldos miserables y unos parados que cotizan 1.700 € a la SS por renunciar a cualquier oferta del SEPE.
Y con estos mimbres, me pregunto si no hay un solo periodista entre las cabeceras patrias que se plantee si esto tiene sentido. Quizás, entre los muy eruditos voceros del régimen arcoíris, alguno se podría cuestionar en qué consiste la democracia. Hasta donde mis pocas luces me iluminan, pensaba que los ciudadanos votan las propuestas que les parecen más acertadas para guiar el futuro del país y que los votados reciben el encargo de liderar y dirigir ese camino concreto, no otro. Por lo tanto, no tiene ningún sentido exigir a una formación política, que ha duplicado la confianza recibida de sus electores, que haga justo lo que ha estado criticando durante toda la campaña.
Si la centralidad centrada y el buenismo de sonrisas arcoíris ha muerto, no lo ha matado Santiago Abascal; lo han matado los españoles que deciden con su voto qué valores y qué propuestas de gestión los representarán los próximos cuatro años. Son los extremeños en este caso, los que han decidido que no quieren más “peperismo” sin límites. Por eso no le han dado la mayoría absoluta, que los absolutistas de cabecera reclaman para Guardiola a costa de los votantes de Vox. Seamos serios, respetemos las normas del juego. El cambio ha empezado y no es el de Felipe precisamente. No siempre llueve a gusto de todos, pero los que levantan la pluma con saña contra lo decidido en las urnas y exigen que los votados renuncien a su derecho de aplicar lo encomendado por el pueblo soberano, esos no son ni periodistas ni demócratas. No son más que aprendices de golpistas de puño blanco, que ya ni siquiera se manchan los dedos de tinta.





