Para ganar una guerra, aunque sea contra un enemigo invisible como la COVID-19, lo primero que hay que saber es dónde estamos, lo segundo, cuál es nuestro objetivo y lo tercero, con qué medios contamos. Y por supuesto, antes de nada, saber que estamos en una guerra y actuar en consecuencia. Nuestra guerra contra la COVID-19 se parece más a las idílicas guerras de Gila que a la dramática de Vietnam, por poner el ejemplo de un país asiático. Sánchez, más bien Sánchez-Gila, parece que en marzo de 2020 dijo, cogiendo el teléfono de la Moncloa, “¿es la guerra?, que se ponga”, y como la guerra no se puso dedujo que eso de luchar contra el coronavirus era cosa que estaba en China, afirmación que corroboró Simón, no el del desierto sino el que parece que duerme en un coche, cuando afirmó que en España habría cuatro contagios de chichinabo. Pero la realidad contradijo a ambos.
Primero. ¿Sabía Sánchez-Gila dónde estábamos? ¿Lo sabe ahora? Sin planos es difícil, en una guerra, localizar nuestras tropas y localizar, más importante si cabe, las del enemigo. No se han hecho tests suficientes. No sabemos -no saben-, por tanto, la ponderación de fuerzas: cuánta población hay contagiada, qué territorios son los flancos más vulnerables, qué poder destructor, en definitiva, tiene el enemigo. Ni lo supo entonces, ni lo sabe ahora. Cuando mis hijos eran pequeños, al primer síntoma extraño, le poníamos el termómetro porque necesitábamos saber dónde estábamos, para decidir si le dábamos algo o lo llevábamos al médico o le cantábamos un cuento.
Segundo. ¿Cuál es el objetivo concreto? Desde luego, genéricamente, es vencer, faltaría más. Las pandemias históricas se vencieron todas, es decir, de esta también saldremos. Pero la cuestión es vencer con el menor número de bajas posibles; metamos aquí también las bajas económicas y las de derechos fundamentales. El “general” Sánchez-Gila no ha establecido nunca objetivos claros; si hubiese sido así lo habría demostrado movilizándose, con honestidad y realismo, para pactar con todos los posibles aliados, y planear, desde el minuto uno, una hoja de ruta categórica, bien estudiada y preparada, y con unidad en la acción. Estaba en su mano, solo él podía hacerlo. Sánchez-Gila se ha dedicado a decir y contradecirse continuamente, a dar jarabe de la tos y al rato, propinar golpes en la espalda o a contar cuentos, todo menos a poner el termómetro. A insultar a unos y a predicar en televisión doctrinas de guerra que ni él ni su vicepresidente segundo (Gila bis) cumplen a rajatabla. Por la mañana blanco, por la tarde, negro. A unos, agua; a otros, pan con chocolate y algunos, castigados sin nada. Aplicando criterios técnicos de un comité científico secreto. Sin objetivos claros y unidad de acción es imposible ganar, ni siquiera, una escaramuza.
Tercero. Sánchez-Gila ha contado con los mejores hombres y mujeres posibles, adiestrados de manera sobresaliente en los mejores campos de entrenamiento, pero en un exceso de negligencia en el mando los mandó a la guerra sin casco y con balas de fogueo, cuando no, sin fusiles y sin balas.
Gila sabía dónde estaba: en un escenario con público. Tenía un objetivo: hacer reír para que la gente fuera más feliz. Sabía cuáles eran sus medios: el humor. Perdóname Gila por esta obscena comparación.
Señor Sánchez-Gila, perdón, Sánchez, ¿tan difícil es ponerle el termómetro al niño, entenderse, hablando, con todos para cerrar un PLAN efectivo y coherente, tan difícil es darle cascos y balas de verdad a nuestro ejército de sanitarios que están cayendo como moscas? Es usted, señor Sánchez, un presidente de risa. Que dios le perdone porque las urnas no lo harán.





