BOCA PRESTADA
Erase una vez un grupo de tipos con tanta indigencia como escasa vergüenza. Aquellos tíos, quienes apenas cubrían las necesidades básicas del ser humano con desigual suerte -desafortunados como eran también en el aspecto físico-, tramaron a base de discurrir en sus cortas luces, una historia que les redimiera de sus tristes destinos. Conscientes de su habilidad para el engaño, enarbolaron una bandera, tal que una síndone, que representara la santa y durísima faz de su líder. Para ello se sirvieron de una plebe inculta, desheredada y a la vez necesitada de algo cierto en lo que creer. No se complicaron mucho la existencia y recurrieron al radicalismo extremo y arcaico de unas creencias que ya estaban más que superadas y modernizadas por reformas y concilios posteriores. Aquello caló. Eran nuevos y frescos (muy frescos). Y ofrecían a sus siervos el retorno a los orígenes de unas ideas que la modernidad y la democracia habían desvirtuado. Rápidamente la secta creció y los medios de comunicación les fueron dando pábulo, primero como algo llamativo y entrañable por su extravagancia y luego por su innegable seguimiento popular. El dinero no tardó en llegarles, siempre como donaciones extrañas desde el extranjero que las autoridades no se molestaron en investigar. Los cargos se repartían desde la más alta jerarquía entre aquel grupeto atrabiliario y desgarbado que ideó el trampantojo. Iglesias querrían para sí aquel monedero incesante que regaba sus arcas. Se sentían poderosos y eran ricos, muy ricos; hasta tal punto que veneraban con todo el ornato del que eran capaces a dictadores y genocidas a los que subían a los altares mientras predicaban sus teorías caducas y populistas. Cubiertas las necesidades pecuniarias, aquellos instintos mas primarios de sus cabecillas tampoco quedaban sin satisfacer. Sus líderes cambiaban de concubinas una y otra vez dejándolas eso sí en puestos de respeto dentro de la organización. No faltaron las suspicacias entre los incautos seguidores que observaban aquella promiscuidad con creciente malestar y desapego. Pero no fue hasta el mismo día en que se conoció el boato y esplendor del templo que eligió el líder supremo para su vivienda, cuando algunos de los fundadores del clan montaron en cólera. De las palabras pasaron a las manos y de éstas a las navajas. Al final la mayoría de sus acólitos les fueron dando la espalda, conscientes de la monumental farsa en que se había convertido aquel movimiento. Pero para entonces, los creadores de aquella estafa, aquel estrafalario clero con su visionario líder al frente ya formaban parte de la mas alta casta eclesial que tanto habían jurado combatir. Y colorín, colorado (nunca mejor dicho) este cuento, aún, no se ha acabado.





