Si alguien me preguntara qué es lo que he sacado más en claro de todo este mal sueño del COVID19, yo le respondería sin dudarlo: la vulnerabilidad. Como ha pasado en otras etapas de la Historia (les recomiendo que repasen los textos donde se describe el estado de euforia que recorría Europa meses antes de la Primera Guerra Mundial, por los incesantes descubrimientos y avances técnicos) vivíamos embelesados con los avances del 5G, las criptomonedas, los sucesivos récords de turistas que nos visitaban, los viajes de placer a los sitios más recónditos del planeta, y todo eso y mucho más pasó a ser secundario de un día para otro.
Hay países que le han visto las orejas al lobo y quieren tomar medidas en previsión de que otro “cisne negro” (suceso que ocurre por sorpresa, que ningún analista había previsto ni tenido en cuenta porque, a priori, era improbable y que, generalmente para mal, acaba teniendo un gran impacto y repercusión) aparezca, y no tengan poder reacción.
Es el caso de Austria, a cuyo actual gobierno no le cabe duda de que pronto habrá un gran apagón, pues entiende que hay un «riesgo real y muy serio» para todo el territorio europeo, que comportaría que no hubiese electricidad, ni internet, ni calefacción, lo que afectaría a las comunicaciones, al tráfico, al suministro de alimentos y a la seguridad pública.
Para hacer frente a esta eventualidad ha elaborado un plan que le permitiría en 2025 abastecer a sus ciudadanos sin electricidad y conseguir que algunas instalaciones militares y policiales pudieran seguir operativas. Las posibles causas de esto serían de naturaleza variada: tormentas u otros fenómenos meteorológicos que podrían dañar las líneas de alto voltaje, ataques terroristas o informáticos, o fallos técnicos.
En lo que a nosotros respecta, el sistema eléctrico en España ha demostrado su fortaleza en numerosas ocasiones, como durante la tormenta Filomena, pero lo cierto es que en caso de apagón energético, tendríamos cuarenta días de infarto para solucionarlo, pues es la cantidad de gas natural que tenemos “ahorrado” como reserva estratégica, casi todo él en el almacenamiento subterráneo de Yela (Guadalajara) junto con los de Serrablo (Huesca) y Gaviota (mar Cantábrico). Ese plazo debería dar un margen a España para conseguir energía y combustible en los mercados internacionales en caso de desabastecimiento.
Sobre esta cuestión, como en tantas otras amenazas, las conclusiones de los analistas se mueven entre lo improbable y lo imposible. Lo cierto es que el 73 por ciento de los recursos energéticos que consumimos procede del exterior, y en el caso concreto del petróleo y el gas, es casi el cien por cien.
Se cierne sobre Europa una tormenta perfecta al conjugarse un incremento mundial de la demanda de energía, unos compromisos para reducir emisiones y una fuerte dependencia del gas ruso y argelino.
El gas natural (casi la mitad de nuestro consumo se lo compramos a Argelia) cuyo precio se ha multiplicado por cinco en el último año, nunca ha tenido tantos novios, pues se ha convertido en el combustible de preferencia para la transición hacia las energías renovables, sobre todo desde que China decidió “jubilar” al carbón, ya que emite la mitad de dióxido de carbono (CO2) que éste o el petróleo, y se ha visto afectado por las malas relaciones entre Argelia y Marruecos, país este último que ha cerrado una de las dos tuberías que llegaban a nuestro suelo. Esto deja a España a expensas de que una avería, un ciberataque o un atentado corten el suministro. No quiero dar ideas.
Nuestro país, además, cuenta con pocas (y vetustas) centrales nucleares y ha desmantelado las térmicas de carbón, a raíz de la moratoria nuclear aprobada por el último gobierno de Felipe González en 1994, que paralizó los proyectos de construcción de cinco nuevas centrales; Aznar cerró Zorita, Zapatero hizo lo mismo con Garoña y Rajoy actuó de don Tancredo, como solía, mientras Francia plantea hoy construir nuevos reactores nucleares (ya cuenta con 56, de los cuales nos abastecemos nosotros) y Alemania se encomienda sin pudor al carbón. Los quijotes españoles seguimos prefiriendo pagar una millonada por la luz antes que oír hablar de nucleares.
Los que ya peinamos canas recordamos las consecuencias de la guerra del Yom Kippur en octubre de 1973 entre Israel y los países árabes, cuando los países productores de petróleo suspendieron las exportaciones de crudo. Hubo un desabastecimiento en Occidente que paralizó la actividad económica y disparó la inflación, que rozó el 30 por ciento en España. Aún recuerdo a mis padres como se dedicaban a apagar las luces que nos dejábamos encendidas. Nada nuevo bajo el sol.
Mientras tanto, aquí seguimos con nuestra rutina, llamando malaje a quien le habla del tema de la dependencia energética o de la vulnerabilidad a un nuevo cisne negro que cortaría en seco, de nuevo, nuestro modus vivendi. Como dijo el economista alemán Rudiger Dornbusch, “no es la velocidad lo que te mata, sino el frenazo”.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Además de la vulnerabilidad, yo tengo la sensación de indefensión. Al menos me he “creado” la conciencia de lo pequeñitos que somos, no ya respecto al Universo, la Creación, sino en la contexto de la sociedad en general, sea mundial europea o nacional.
Creo que somos vulnerables e indefensos porque vemos que ocurren cosas a nuestro alrededor en las que no podemos influir, que no dependen de nosotros y ante las que no podemos hacer nada.
Hemos pasado unos meses muy esperanzadores respecto al virus, pero ahora se desata en el mundo el terror omycron y cuando ya pensábamos que era cuestión de paciencia y esperar un poco más para quitarnos la mascarilla y abrazarnos sin miramientos, ahora resulta que tampoco. Usted, probo ciudadano de a pie, se ha esmerado en tomar precauciones, se ha vacunado disciplinadamente, tiene provisión de mascarillas de variados tipos y colores para que no le falte en ningún momento, ha evitado aglomeraciones y contactos en lo posible, pero ahora resulta que no será suficiente, que hay que seguir en la batalla contra el virus, que hay que vacunarse con una tercera dosis pero en realidad no sabemos cuántas dosis nos esperan, que hay que sacarse un pasaporte para ir a cenar…….
Mañana será otra consigna, otro peligro que salga de no se sabe dónde y volveremos a sentirnos, impotentes, vulnerables e indefensos por la nueva plaga bíblica que nos trae el político, científico o periodista ( subvencionados ) de turno.
Peor aún es la crisis energética, ya que al menos contra el virus se supone que te puedes defender con mascarillas, higiene y distancia, pero, ¿ cómo puedes luchar contra los designios y componendas que provocan las crisis energéticas?. Quizá usted ciudadano concienciado y eficiente, contribuyente sin tacha ( no queda otra ) mira por el planeta apagando los interruptores y usando los aparatos a extrañas horas, pero eso da igual. El apagón el frenazo o el apocalipsis le van a pillar a contrapié de un modo u otro haga lo que haga, porque usted amigo mío, está indefenso, es pequeño…. Y vulnerable.
Pero claro, lo españoles salvaremos el mundo porque renunciamos a la energía nuclear…… ah no, renunciamos a fabricarla, pero no a comprarla, dejo los calificativos a gusto del lector.
No queda sino intentar que cuando venga el frenazo, que tengamos bien puesto el cinturón, pero el sofocón no nos lo quita nadie, al fin y al cabo somos vulnerables