A principios de los años 70 el cineasta e intelectual italiano Pier Paolo Pasolini denunciaba la existencia de un falso antifascismo, cuyo pretexto era un fascismo arqueológico que ya no existe ni nunca volverá a existir. Una pose antifascista, que fue cómplice de la manipulación de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder. En España también hubo un falso antifranquismo, que aún hoy sirve de coartada a la izquierda neocapitalista para enmascarar sus nuevas formas totalitarias de dominación política. El último episodio de esta farsa ha sido la exhumación del cuerpo de Franco, casi medio siglo después de su muerte, y borrar el Valle de los Caídos, que desde octubre de 2022 se llama oficialmente Valle de Cuelgamuros.
Efectivamente, el gran triunfo estratégico de la izquierda española, desde la transición democrática, fue arrogarse el inmenso y definitivo poder de nombrar todas las cosas. Y así ellos, los “socialdemócratas”, eran -por definición- los únicos representantes legítimos de la democracia y del proletariado; y la derecha eran los “fachas” herederos del franquismo, retrógrados enemigos del “pueblo”. Pasolini, nada sospechoso de fascismo -su hermano menor Guido fue asesinado por los fascistas a los 20 años de edad- definió aquella impostura italiana como “El fascismo de los antifascistas”. En España, el “antifranquismo” de salón también consolidó su superioridad moral con la perversión semántica. Que les permitía ganar de antemano cualquier debate político con la descalificación del adversario: “facha”.
Con los 80 y la desintegración de la Unión Soviética, la izquierda se redefinió como “progresista”, a secas, condenando al resto de los mortales a ser enemigos del progreso. Y obviando de paso su compromiso semántico con el proletariado y con la democracia. Dejaron de ponerse cazadoras cutres en los mítines, la lucha de clases pasó a ser guerra de sexos, y la democracia el medio perfecto para perpetuarse en el poder. Durante veinte años esta izquierda neocapitalista y “progre” gobernó España, y en 1985 acabó definitivamente -por ley- con la separación de poderes. Porque solo ellos, los “progresistas”, tenían la venia para actuar como antidemócratas. Desde entonces la “izquierda” son aquellos que se arrogan la supremacía moral frente al resto de los ciudadanos. Mientras tanto, la derecha entonaba un cobarde mea culpa, se tragaba todas las aberraciones ideológicas de la izquierda, y se subía al carro “progre” de la corrección política, no fuera a ser que los llamaran “fachas”. Y así nació un oligopolio del poder llamado bipartidismo, una casta lampante y alternante, que comparte la única finalidad política de permanecer en el poder.
El siglo XXI no hizo sino agravar las cosas. Zapatero y su “género” elevaron las cotas de indigencia política de la casta a cotas inimaginables. Por suerte, ya despuntaba la llamada “batalla cultural”, el inicio de una espontánea guerra de guerrillas contra los abusos totalitarios de la casta política. Hoy, en pleno el sanchismo, estamos ya inmersos en una guerra abierta no por las ideas, sino por nuestros principios éticos más elementales. Esos mismos principios que la casta destruye mientras los proclama. Por eso tiene que recurrir, otra vez, a la descalificación semántica. Hoy, en España, quién se oponga a la casta política es “ultraderecha”, “facha”, autoritario, fascista…. descalificativos de segundo grado que remiten a los de primer grado -xenófobo, homófobo, machista, negacionista- con los que pretenden blindar su supremacía electoral. La “bala de plata” que la casta reserva para su opositor es: antidemócrata. Es el fascismo de los antifascistas, de nuevo. Ya nos avisó Pasolini hace medio siglo. Pero ya no hay Cuelgamuros ni fachas que valgan. Ahora los fachas son ellos, los de los ministerios. Y todos lo sabemos.





