Si bien es cierto que de manera reciente hice alusión a uno de los grandes olvidados de nuestra Historia política como fue el presidente Calvo-Sotelo, hoy pretendo hacer lo propio con Antonio Hernández-Mancha, un efímero líder al que sólo los mayores conocerán (y muchos de ellos no en profundidad), sólo que en esta ocasión con el fin de vincularlo al presente, ya que la Historia es cíclica y los comportamientos humanos se repiten, por lo que se debe aprender de ellos en aras de evitar caer en los mismos errores.
En 1986, Fraga se encuentra en una difícil situación tras una derrota electoral en la que no sólo no pudo capitalizar los votos de los náufragos de UCD sino que perdió electores por la errática abstención en el referéndum sobre la OTAN que sus socios de coalición le forzaron a adoptar, la traición del PDP la misma noche electoral que en un claro gesto de oportunismo rompe la Coalición Popular y se lleva los diputados obtenidos junto a AP para acercarse al CDS (el único partido nacional que ascendió en dichos comicios), el fallecimiento de su amigo personal José María Ruiz Gallardón y los pobres resultados en las elecciones vascas ese mismo año con sólo dos escaños, hicieron que presentase su dimisión, desmoralizado tras haberse presentado a cuatro elecciones cuando muchos hablaban del “techo de Fraga”.
En 1987, se convocaron las primeras y últimas primarias del centro-derecha en treinta años, con dos contendientes: el intelectual Herrero de Miñón y el joven Hernández-Mancha. El primero obtuvo 729 votos frente a los 1930 del segundo, que se hacía con una arrolladora victoria dentro del partido, de modo que un elemento que influyó sustancialmente fue el hecho de que el entonces secretario general de la formación, Alberto Ruiz-Gallardón (sucesor de Verstrynge), lejos de mantener la neutralidad que se exige a los órganos directivos del partido, tomó partido por Hernández-Mancha, lo que llevó a muchos a interpretar erróneamente que era el candidato de Fraga, a lo que se suma que como líder de AP en Andalucía había tenido un buen resultado con 24 escaños, evitando que irrumpiera el CDS en la región.
A pesar de los buenos resultados electorales que Mancha había logrado en su tierra, tenía un fuerte hándicap que no podía superar: era senador y no diputado, de modo que no podía debatir directamente con Felipe González, lo cual diluía su imagen como líder de la oposición, por lo que a Alberto Ruiz-Gallardón se le ocurrió la idea de presentar una moción de censura que le permitiría personarse en el Congreso y erigirse como alternativa para de ese modo frenar al CDS, pues al igual que había sucedido al principio de la democracia, Suárez volvía a capitalizar el voto de centro-derecha.
A muchos les pareció una apuesta decisiva, pues el PSOE (con 184 escaños en ese momento) tenía mayoría absoluta, pero Hernández-Mancha cavó su propia tumba política no ya por la aritmética parlamentaria sino por la imagen que trasmitió. No debe olvidarse que el propio Felipe González salió fortalecido tras presentar una moción de censura contra Suárez en 1980, que por mucho que no prosperase, le sirvió para desgastar al gobierno y consolidarse ante la opinión pública como única alternativa. En este sentido, las prisas, la pésima organización y la mala oratoria de Hernández-Mancha convirtieron la moción de censura en un fracaso sin paliativos, ya que primero intervino el portavoz parlamentario de AP, Juan Ramón Calero, que cubrió de críticas al gobierno y dejó sin argumentario a Mancha, que se aferró a un guión preestablecido y se hizo un lío con los papeles, tardando incluso un minuto en encontrar uno de ellos, a lo que se suma que ni siquiera comunicó la moción a sus antiguos socios del PDP y el Partido Liberal, que meses antes habían roto la Coalición Popular, de modo que al igual que el reducido grupo de diputados liderado por Verstrynge que se habían pasado al Grupo Mixto, se abstuvieron y sólo contó con el apoyo de los 67 diputados de AP, por lo que Felipe González salió fortalecido y Hernández-Mancha, empequeñecido.
Las cifras de la votación de dicha moción evidenciaron el descontrol que el sucesor de Fraga mantenía sobre su casa, a la que no era capaz de mantener unida, por lo que difícilmente podía ser visto como un líder capaz de llevar las riendas del gobierno de la Nación.
Hernández-Mancha únicamente trató de proyectar una imagen juvenil por medio de sus expresiones chelis y sus frases orientadas a encandilar sin éxito al electorado joven que tanto se le resistía a AP, del tipo: “No abdico de traer el voto de los rockeros y los marginales a este partido”, motivo por el que intentó dar un fuerte giro ideológico convirtiendo a AP en un partido netamente liberal e incluso libertario con un discurso de corte anglosajón en defensa del Estado mínimo y contra el Estado del Bienestar, algo que en aquel momento no tenía recorrido, ya que suponía ahuyentar a los partidarios del Estado social franquista y a los democratacristianos, cerrándose las puertas del Partido Popular Europeo en el que pretendían entrar. Por otro lado, dejó de lado la defensa de posiciones conservadoras en cuestiones morales, poniéndose de perfil en materias como el aborto y la pornografía, manteniendo únicamente el discurso de lucha contra las drogas. En definitiva, rompía el equilibrio entre las diferentes familias ideológicas, a diferencia de Aznar, que, conciliando la reducción del Estado del liberalismo y la sensibilidad social de la Democracia Cristiana, hizo del PP la casa común de todos los que estaban a la derecha del PSOE bajo un liberalismo moderado.
Las diferencias que Mancha y Herrero habían esgrimido en las primarias fueron estratégicas: el primero era partidario del modelo de coaliciones que Fraga había llevado desde la fundación de la propia AP, articulando una versión actualizada de la CEDA, pero ese planteamiento era inconsistente, ya que suponía entenderse a cualquier precio con los nacionalistas de CIU y PNV, algo insostenible desde todo punto de vista. Por otro lado, Herrero era partidario de potenciar las siglas de AP y dejar de lado las coaliciones a menos que las otras formaciones demostraran fuerza electoral por separado. En este sentido, se puede concluir que Mancha representaba una corriente continuista frente a la renovadora de Herrero de Miñón.
En el propósito de tender puentes con los antiguos socios democratacristianos, Mancha fracasó, a lo que se suma su incapacidad de arrancar un solo voto al CDS a la sazón de su más directa competencia electoral, y el PDP solicitaba como condición previa la conversión de AP en PP siguiendo el modelo del democratacristiano Partido Popular Europeo, que tomó esa denominación del PPI de Luigi Sturzo, de análoga ideología, algo a lo que el líder aliancista se negaba pero que además contaba con un fuerte rechazo entre los veteranos de AP, resistencias que sólo Fraga podía vencer por el ascendente político que representaba como fundador del partido, tal y como se demostró posteriormente.
Según los sondeos publicados por la CEOE, con el liderazgo de Mancha, AP descendía del 26 al 11 %, perdiendo el 60 % de los votos obtenidos por Fraga, con una militancia desmovilizada que pasaba a la abstención y en proceso acelerado de ucedización, por lo que Aznar, que tras la retirada de Herrero de Miñón de la política se había convertido en el líder del sector crítico de AP (de hecho, fue secretario general en la candidatura del ponente constitucional), demostrando una gran inteligencia política fue consciente de que si se presentaba en un congreso contra el líder del partido, agravaría la división entre manchistas y herreristas, de modo que el único capaz de coser las costuras del partido sería Fraga, que por su gran autoridad moral y política sobre el conjunto de la militancia podría unir al partido, que aceptaría al candidato que nombrase, lo que permitiría a los críticos hacerse con el liderazgo de la formación sin divisiones, por lo que Mancha, consciente de que no podría competir en un congreso contra el fundador del partido, se retiró definitivamente de la política.
Hernández-Mancha no llegó al gobierno, cayendo en el olvido al ser un líder de transición entre Fraga y Fraga, dejando un partido desorganizado, desmoralizado, sin expectativas de gobernar y conformista, ya que sólo aspiraba a resistir y a no caer más electoralmente, de modo que más allá de su imagen juvenil, no representó ningún cambio ni renovación alguna, aferrándose al inmovilismo y encerrándose en su núcleo de acólitos en aras de preservar el liderazgo. ¿No nos recuerda la AP de Mancha al PP de Casado? Cada paso que el líder aliancista daba le alejaba de la presidencia del gobierno y perpetuaba todavía más al socialismo, de igual modo que sucede actualmente con Casado: el cese de Cayetana Álvarez de Toledo, los insultos contra VOX y su negativa a pactar con ellos, dinamitando los puentes con el único aliado que le puede llevar a la Moncloa y más recientemente, su intento de fulminar a Isabel Díaz Ayuso, el gran activo que hoy tiene el PP no sólo en Madrid sino en toda España.
Las semejanzas entre Casado y el olvidado líder de la derecha son abundantes, pero hay dos diferencias sustanciales: Hernández-Mancha es un abogado del Estado con un brillante currículum profesional fuera de la política mientras que Casado es un político profesional en el peor sentido del término que ha ascendido en el aparato del partido a base de arrimarse a los gerifaltes de turno y, en segundo lugar, al menos Mancha tuvo la dignidad de retirarse a tiempo.





