Es llamativo cómo el segundo presidente de la democracia es ninguneado sucesivamente cuando se plantean encuestas de opinión sobre los expresidentes que ha tenido España a lo largo de más de cuatro décadas de democracia, y debido a su efímera estancia en el cargo con poco más de año y medio es una empresa difícil hacer un balance definitivo de la etapa presidencial de Leopoldo Calvo-Sotelo, algo que pretendo hacer desde estas páginas aportando mi humilde opinión.
Calvo-Sotelo tuvo que lidiar a lo largo de su presidencia con el constante riesgo de involución y las sombras de un golpe de estado que acabasen con la joven democracia que con tanto esfuerzo había contribuido a traer la clase política de la Transición. Tanto es así que su investidura estuvo marcada por el 23-F, y como consecuencia de tan excepcionales circunstancias, Alianza Popular (que tenía pensado abstenerse) le apoyó en un claro gesto de sentido de estado en favor de la gobernabilidad del país que no tuvo un PSOE que cuando está en el gobierno pide “arrimar el hombro” a la oposición, pero cuando sus adversarios están en el gobierno son implacables.
En línea con lo anterior, la presidencia de Calvo-Sotelo fue decisiva a la hora de reafirmar la autoridad del poder civil sobre el militar, recurriendo la sentencia contra los golpistas del 23-F al considerarla insuficiente, hecho que en su libro “Pláticas de familia” señala como el momento en el que debería situarse el fin de la Transición porque la democracia ya tenía fuerza para defenderse por sí misma frente a sus enemigos, y en esta línea evitó un golpe de estado que estaba mejor organizado, y que planificado para el 27 de Diciembre de 1982, pretendía tomar La Moncloa.
Posiblemente la decisión más relevante adoptada durante su mandato fue el ingreso de España en la OTAN, algo en lo que es menester detenerse, pues en no pocos casos se tiende a señalar que Ceuta y Melilla quedaron fuera del manto protector de la Alianza Atlántica mientras que las colonias francesas sí estaban protegidas, pero que tiene su explicación en las dificultades del momento por las prisas para adherirse a la organización, ya que el presidente era consciente de manera inteligente de que los socialistas llegarían al gobierno y que si España no entraba en la OTAN, se mantendría fuera pero una vez dentro, tendría muy complicado sacarla como posteriormente se comprobó, siendo él quien puso en marcha esta cuestión que Suárez había dejado de lado en su etapa porque lo veía como un elemento de fricción entre la izquierda y la derecha que podría hacer naufragar el proyecto constitucional en un momento en el que el consenso se hacía imprescindible y que una vez llevado a cabo, tampoco se preocupó porque era partidario del neutralismo español en línea con la tradición histórica del Franquismo.
Un movimiento que desconcertó al mundo occidental pero que demostró una gran clarividencia política, fue el apoyo del Ejecutivo de Calvo-Sotelo a Argentina en las Guerra de las Malvinas cuando todos los países occidentales se alineaban con el Reino Unido, de modo que España sostenía la misma postura que los Países No Alineados al ponerse en el mismo bando que China y la Unión Soviética, pero, de haber respaldado la soberanía británica sobre la colonia, habría implicado reconocerla sobre Gibraltar, algo que Inocencio Arias recoge en su libro “Los presidentes y la diplomacia”.
Una reforma significativa (con independencia de la opinión que se pueda tener al respecto) fue la Ley del Divorcio, que se acabó convirtiendo en un elemento que hizo implosionar la unidad de la UCD, que se hizo especialmente visible durante la votación de la misma, cuando 40 diputados centristas (pertenecientes al sector democratacristiano del partido) votaron en contra, ya que Calvo-Sotelo no era especialmente religioso y no le importaba mucho este asunto, lo que explica que diese luz verde a un proyecto drásticamente distinto al presentado inicialmente. En efecto, la primera propuesta la presentó el democratacristiano Íñigo Cavero y se basaba en el “piccolo divorzio” (la misma fórmula que Italia), es decir, que en caso de discrepancia entre los cónyuges era el juez quien decidía atendiendo al interés de los menores, una fórmula que era del gusto de la Conferencia Episcopal liderada por Tarancón, que desde una perspectiva fatalista consideraba que el divorcio acabaría llegando a España, por lo que era preferible que llegase de la mano de la Democracia Cristiana antes que de la izquierda radical. No obstante, los problemas llegaron cuando el ministro de Justicia fue sustituido por el socialdemócrata Fernández Ordóñez (que poco después acabó en el PSOE), que optó por un proyecto más radical desde planteamientos anticlericales, pues según sus palabras, pretendía “acabar con la influencia de la Iglesia Católica en España”.
Dicho proyecto, a juicio de muchos entre los que me encuentro, suponía socavar las bases de la propia separación Iglesia-Estado, pues en lugar de optar por un sistema de matrimonio civil facultativo, alternativo u optativo, se implantaba una fórmula de matrimonio civil obligatorio y matrimonio religioso subsidiario, y la alternativa adoptada no es liberal al basarse el liberalismo en el cumplimiento de contratos y al haber decidido los cónyuges voluntariamente atenerse a las normas de la Iglesia, que prevé un procedimiento mediante el cual disolver el vínculo como es la nulidad matrimonial, que lejos de los tópicos, no es un proceso económicamente costoso sino que asciende a unos 600 euros pero los abogados encarecen el proceso precisamente por los casos de personalidades famosas que deciden contar con la mejor asistencia jurídica, cuando además, dicha asistencia es gratuita en los casos en los que se acredita una precaria situación económica o tener que hacer frente a un gasto extraordinario como una hipoteca, de modo que en 2001, los tribunales eclesiásticos de la Archidiócesis de Madrid eran deficitarios al 50 %.
A todo lo anterior se debe sumar que lejos de la creencia tan extendida en nuestro tiempo, el matrimonio no se basa en los sentimientos (que no se pueden calibrar jurídicamente) por mucho que éstos estén aparejados al matrimonio sino en la asunción de una serie de obligaciones como el deber de convivencia, de ayuda mutua y fidelidad, y cuando dichos deberes conyugales no se cumplen, se incurre en una causa de disolución del mismo por no haber llevado a la práctica los fines para los que está previsto. Por consiguiente, dicha postura fue defendida en el Congreso únicamente por Fraga, que, a lo largo de su vida, como católico coherente, siempre defendió dicha posición, lo que facilitó el trasvase de votos del ala derecha de UCD a Alianza Popular, convirtiéndose en la principal alternativa para los votantes no socialistas.
Otra de las decisiones no menos relevantes adoptadas durante el breve mandato de Calvo-Sotelo fue el cambio del escudo de España al actual, lo que deja en evidencia a muchos (especialmente en la izquierda) que desde una ignorancia histórica supina nos dicen que el escudo del Águila de San Juan es inconstitucional cuando es el escudo bajo el que gobernó Adolfo Suárez y que está presente en el primer ejemplar de la Constitución. En línea con lo anterior, se debe sumar el regreso del Guernica a España, la Ley de Autonomía Universitaria, la consecución de un pacto en materia de empleo con patronales y sindicatos, el cierre del mapa autonómico y la LOAPA, fruto de un pacto entre la UCD y el PSOE, que pretendía encauzar el proceso autonómico para que no se desbordara, una idea acertada que, sin embargo, fue declarada inconstitucional por un recurso de CIU.
En lo que a su perfil personal se refiere, Calvo-Sotelo era un hombre austero y nada afecto al lujo, sin ambiciones políticas y el único inquilino de la Moncloa sin ningún interés personal en el cargo, sumamente serio, algo que Mari Ángeles Gómez de Celis ilustra en su obra “Los presidentes en zapatillas” cuando recoge una anécdota en la que poco después del 23-F, el presidente tenía que dar una rueda de prensa y un general le dijo en tono bromista “Leopoldo, sonríe, que viene la tele”, a lo que éste le respondió: “General, que yo sonría, como que usted sepa comportarse, son ambos imposibles metafísicos”, lo que retrata a un hombre circunspecto que responde a la imagen que debe mantener en todo momento un jefe de gobierno, algo que se aleja del populismo y el ridículo que en no pocos casos hacen muchos de nuestros representantes políticos ante las cámaras de programas satíricos, ganándose el desprecio de los periodistas ante los que se exhiben como denuncia muy acertadamente mi admirada Cayetana Álvarez de Toledo. En este sentido, el segundo presidente de la democracia, tal y como señalan los que trataron directamente con él, ni siquiera decía palabras malsonantes, algo que no debe extrañar en el gobernante más culto de nuestra democracia: un políglota que hablaba cinco idiomas (inglés, francés, alemán, italiano y portugués) y un pianista prodigioso que tenía más de 10.000 libros.
Una vez que dejó el cargo, se quedó sin trabajo y sin dinero, ya que no había cotizado los siete años anteriores, pues entonces los presidentes y los ministros no cotizaban, una situación análoga a la de la viuda de Torcuato Fernández Miranda (arquitecto legal de la Transición, tristemente también caído en el olvido), que una vez que falleció su marido, tuvo que abrir un estanco para subsistir. Atendiendo a la situación de Calvo-Sotelo se creó la pensión de los expresidentes, pero tuvo que pasar unos años de penurias hasta que Felipe González reguló el estatuto de los mismos en 1989, ya que esperó a que falleciese Arias Navarro (último presidente del Franquismo) para que éste no se beneficiase.
En definitiva, un buen presidente portador de valores que merecen ser traídos al presente y que su recuerdo debe ser recuperado porque no merece caer en el ostracismo sino ser un faro de inspiración para sus sucesores.





