Oímos decir que la Economía va como un cohete, que estamos creciendo por encima de la media europea, que la inflación está controlada… pero lo cierto y verdad es que cada vez que pasamos la tarjeta en el supermercado vemos como la subida de precios no cesa y el poder adquisitivo cada vez es menor. El problema no es que gestionemos mal nuestros gastos domésticos, sino que las autoridades no nos dicen toda la verdad cuando nos cuentan las estadísticas referidas a los precios, y más concretamente cuando nos hablan del indicador más popular: el Índice de Precios al Consumo (IPC).
Esta percepción arranca del modo en que se calcula esta cifra. Primero: parte de una cesta imaginaria donde hay 950 artículos diferentes, de los que el Instituto Nacional de Estadística (INE) selecciona 462 que son representativos del consumo de los hogares españoles, muchos de los cuales ni usted ni yo adquirimos, y si lo hacemos, no será en la misma proporción (sesgo de la cesta de la compra).
En segundo lugar, la importancia que se le da a cada componente de esa cesta, viene dada por el peso o ponderación que le otorga el INE con base en la Encuesta de Presupuestos Familiares, lo que facilita el resultado de una media ponderada, que no coincide con la de ninguna familia en concreto, pero que se entiende que recoge los hábitos de la mayoría. Estos pesos se cambian cada año desde 2022, lo que hace difícil comparar la inflación de un año con la de otro.
El tercer factor a tener en cuenta es el punto más polémico: el IPC no incluye el precio de la compra de vivienda, ya que se considera una inversión (riqueza), no un consumo (gasto). Dicho con otras palabras: los gastos que conlleva una vivienda (intereses del préstamo hipotecario, seguro del hogar, cuota de la comunidad, el IBI, los gastos de reforma o mantenimiento…) no se consideran en el cálculo del IPC, pues solo incluye el alquiler, que cuando se dispara, apenas le afecta. En un país de propietarios como España, si el precio del suelo se dispara, este indicador apenas lo refleja de forma indirecta. Esto genera una desconexión brutal entre la sensación de pérdida de poder adquisitivo de los jóvenes que intentan comprar casa, y la cifra «oficial» de inflación.
El origen de esta “filosofía” está en 1983 en los Estados Unidos cuando se vio que la inflación era tan alta a finales de los setenta y principios de los ochenta, que cambió la forma de calcular el IPC (evitaba así fuertes subidas de pensiones y se moderaban las alzas salariales en los convenios colectivos): sacaron los precios de las viviendas y sus gastos inherentes, y los sustituyeron por un concepto ambiguo llamado “alquiler equivalente” (lo que pagarías por alquilar tu propia casa si no fuera tuya ¿?)
El cuarto punto a considerar es el efecto de la «Reducción de Calidad» (Ajustes Hedónicos): a veces, el precio de un producto no sube, pero su calidad mejora (o viceversa). El INE aplica entonces ajustes para compensar esto. Por ejemplo, si un ordenador cuesta lo mismo que el año pasado pero es el doble de rápido, el IPC podría registrarlo como una «bajada de precio» técnica, aunque se siga pagando el mismo precio. Esto puede «maquillar» la inflación a la baja, al no reflejar que el coste de vida nominal sigue siendo alto.
En quinto lugar, algo parecido ocurre con la «Reduinflación» (pagar lo mismo por menos cantidad de producto) y los cambios de hábitos, no recogidos por el IPC (sesgo de sustitución: si el solomillo sube mucho, la gente compra pollo, y el IPC asume que el consumidor es flexible, pero la realidad es que el nivel de vida está bajando porque ha habido que cambiar las preferencias por necesidad, no por gusto).
Por último, las noticias no suelen profundizar en la inflación subyacente, que es aquella que refleja la subida de los precios pero no incluye los alimentos no elaborados ni los productos energéticos (luz, gas, gasolina). Es el dato que nos dice si la subida de precios es estructural (permanente) o coyuntural (transitoria), cuestión muy importante en España, donde el mercado eléctrico tienen un alto componente de tarifa regulada (PVPC) a diferencia de otros países donde se da más el precio fijo.
A modo de conclusión, cada familia tendría su IPC en función de su consumo particular, y a la hora de las comparaciones entre países deberíamos conocer el IPCA (armonizado), pues existen matices importantes cuando enfrentamos el IPC español con los de nuestros vecinos (como el CPI británico o el L’Indice des prix à la consommation francés) o con el americano, donde el coste del uso de la vivienda propia pesa mucho más que en España: no nos dejemos engañar con un dato tan cuestionado como éste.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Totalmente de acuerdo, Alberto.
Siempre me pareció un baremo de utilidad exclusiva para los políticos y totalmente despegado de la realidad.
En Enero 2026 cerro el IPC en 2.30, estamos a 13/03/2026 y el IPC sigue igual con una guerra de por medio . Esto del IPC no se lo cree nadie. por favor no nos engañen , gracias por leerlo