Hé aquí uno de los más falsos y dañinos: “Esto trae dinero a la ciudad”. Se lleva oyendo desde hace muchos años, como respuesta tajante cada vez que se cuestionan montones de cosas – la acumulación de macroeventos, de maratones, eventos de magnitud enorme que colapsan la ciudad… “Esto nos trae dinero”.
Pues no es cierto.
Que los eventos muevan dinero, sin duda. Que lo traigan A LA CIUDAD… pues no, no es así. Principalmente va a un puñado de multinacionales, las que controlan las principales compañías aéreas, VTCs y cadenas de supermercados. No vamos a demostrarlo en unos pocos párrafos. Pero no nos creamos a la primera este mantra facilón sin analizarlo un poco.
Pensemos por ejemplo en la feria de Sevilla. Hé aquí algo distintivo nuestro, característico, valioso; sin entrar en su posible deterioro en años recientes, tomémoslo como indiscutiblemente lo que es: se sea feriante o no, pues su existencia es un sello de nuestra identidad, algo que no parece lógico cuestionar ni jamás en la vida querer suprimir.
A cambio de eso, debemos pagar algunos inconvenientes, que tenemos asumidos. El sevillano no feriante ya sabe que durante esa semana no podrá tampoco dedicarse, aun teniendo vacaciones, a múltiples tareas que pudiera tener pendientes. No se puede hacer absolutamente nada que implique un desplazamiento urbano (no se puede hacer una visita a la anciana tía que vive en otro barrio, no se puede renovar una lavadora que convenía cambiar… Quien sufra un pequeño desafuero doméstico durante esa semana, ya sabe que deberá esperar a la siguiente). Durante esa semana, de facto no hay autobuses ni taxis ni VTC ni posible tránsito del vehículo propio. La feria lo absorbe todo.
Pero es algo que sabemos, con lo que contamos. Como también sucede en cierto modo en Semana Santa, y en otros momentos puntualísimos (la Nochevieja…). La hipersaturación de servicios como taxis etc, es tan brutal que a efectos prácticos viene a ser como si no existieran.
Pero precisamente porque lo sabemos, porque contamos con ello (y no es tan deplorable ni horrible, demuestra que tenemos una identidad y unas costumbres, que somos una sociedad, que tenemos un calendario, unos ritos… todo eso es valioso), pues ya contrarrestamos sus efectos. Para lo más necesario – ambulancias, médicos, emergencias – se refuerzan los servicios, las guardias hospitalarias. Y para la urgencia de menor calibre (por ejemplo, una lavadora rota), bueno, no será tan dramático el esperar una semana y arreglárselas como sea. Es un pequeño peaje a nuestro singular modo de vida.
¿Pero qué sucede hoy, en 2024?
Que cualquier día “es feria” en cuanto a la incomodidad. La multiplicidad obsesiva de eventos sin ton ni son, sin calendario fijo, sin anclaje en nuestras costumbres, nos ha vuelto indefensos. De repente queremos volver a casa y ¡no hay autobuses! ¡no hay taxis! ¡los VTCs piden sesenta euros por una carrera de cinco kilómetros y tampoco vendrían además! Hay que recurrir al familiar que nos recoja en su vehículo, al cual tampoco lo dejan pasar.
“Es que hoy hay un concierto en la Cartuja- es que son los Grammy- es que es la maratón- hoy hay dos conciertos. Hoy hay algo gordo en el Palacio de Congresos”.
Años ha, aparte del ejemplo citado de la feria, también podían darse muchas multitudes con ocasiones varias, como el fútbol. Pero siempre era algo que sabíamos que existía, algo en cierto modo integrado en la ciudad.
Ahora se trata de un calendario arbitrario, dirigido no se sabe por quién, ciertamente repleto, como si fuera el programa de actividades de un campamento de verano que hay que tener muy lleno, muy lleno. O como si hubiéramos vuelto a la Expo 92, ciertamente con menos fortuna, sólo que en vez de limitar los eventos a un recinto, pues se implantan, a viva fuerza, en la ciudad, cortando su ritmo, invadiendo a todas horas la vida cotidiana de las personas.
Ya es raro el día en que un ciudadano puede usar un medio de transporte de modo normal.
Es un atentado profundo a la libertad y a la vida cotidiana.
Esta es una ciudad, con un tejido urbano. Los taxis y similares debían servir primariamente para ciudadanos que vienen cargados de compras, para la persona anciana que acude a cualquier trámite o recreación, para múltiples ocasiones derivadas de nuestra libertad, ocupaciones, intereses y aficiones; y cuidado de nuestra familia y amistades. En vez de eso, ahora se diría que la principal razón de ser de dichos servicios la constituyen el aeropuerto y los infinitos eventos exógenos a la vida ciudadana. Se les ha robado a los sevillanos un servicio indispensable para todo el que habita una ciudad.
Hoy leemos en un periódico gratuito local que se va a hacer algo para limitar los pisos turísticos “para empoderar a los vecinos”. ¡Menudo lenguaje! No busco empoderamiento que no sé lo que es. Sólo que nos dejen hacer nuestra vida normal.
“Es que hay un concierto hay un congreso hay un evento…” ¿Y cuándo no? Por lo pronto la tía nonagenaria de Nervión se queda ya sin nuestra visita.
Por favor, no nos creamos a ciegas esos mantras (“Esto es bueno para la ciudad”). No son ciertos. Dejémonos de frases hechas, y pensemos en lo que queremos que sea nuestra vida.





