Cada día que pasa hay que convencerse más de que ese concepto que nos inculcaron de pequeños (“El Estado es laico, una sociedad debe ser laica, y luego que cada uno de manera privada le rece a quien quiera”), eso que nos enseñaron de modo tan obvio como que dos más dos son cuatro, y que por lo mismo absorbimos tan inocente e indiscutiblemente… pues eso no es posible.
No es que sea o no deseable, es que es imposible.
“Que no haya religión oficial, que no haya cultos oficiales”, eso era el ideal. Y, ¿se cumple?
Pues no. En vez de culto a una religión, lo hay a otra. Y en vez de un rito, se sigue otro.
Ayer, día de Santiago, Patrón de España (día ordinario en Sevilla, laborable, un día normal porque este es un estado mú laico y este día no tiene nada de particular, y además “no se puede imponer nada a nadie”, ¡anda que no!), pues ese día los Reyes de España estaban en París, en una ceremonia oficial, pública, de Estado, rindiéndole culto público a la confesión religiosa contemporánea (los Juegos Olímpicos). ¡Ah!, ¡es que no la llaman “religión”! Tanto más oficial y obligatoria es cuanto que no se le da ese nombre.
Los nacidos en el siglo XX hemos crecido con las Olimpiadas como cosa que estaba ahí, un puro evento deportivo, interesante para los aficionados, indiferente para el resto, y obviamente desprovisto de calificación moral, ni buena ni mala. Pero, acaso por vivir en un mundo que nos presentan como tan oscuro y criminal, pues un evento no malo en sí mismo parece haberse convertido en algo moralmente bueno. Y poco a poco… a medida que se hundía el cristianismo, pues este evento deportivo ha ido adquiriendo las características religiosas que tenía en el mundo antiguo. Ha adquirido un hálito sagrado.
(Toda esa preocupación por “no molestar a los ateos”… y la preocupación por no ofender a los “no olímpicos” brilla por su ausencia).
Que no denostamos los Juegos Olímpicos como no desnostamos tocar el piano ni ninguna otra actividad no delictiva. Pero el hálito sagrado que ha adquirido, no lo compartimos. Y vemos cómo se nos obliga a hacerlo, con la insidia de la religión del Nuevo Orden Mundial, tanto más opresiva cuando que no se denomina religión.
Y si vivimos en un país tan laico, ¿por qué el Jefe del Estado tiene que tomar parte en los ritos de la religión olímpica?
A la vista de la actitud del rey y de su familia la última vez que asistieron a la Misa solemne en la catedral de Santiago un 25 de julio, muchos podrán pensar que no importa demasiado el que unas personas se aburran en un lugar o en otro. Si fuera por las personas en sí mismas… Pero es que hablamos de representación.
Se nos dice que renunciemos a los ritos más característicos de España, que eso de los ritos es cosa obsoleta, y obedecemos (adiós Santiago, adiós San Fernando, adiós 19 de marzo San José… que para algunos fue como arrancarnos parte del alma). Luego adoptamos alegremente la fiesta de San Patricio, patrón de Irlanda, y el Día de Acción de Gracias americano (¿quién no “celebra” el Black Friday?), y todo el mundo conoce la fecha de Santa Liberté-Santa Guillotina el 14 de julio.
Señores: los ritos van a existir siempre. El ser humano no sabe vivir sin ellos. Si nos dicen que “son cosa atrasada y obsoleta”, están queriendo decir “el tuyo, el rito al que le tienes apego y cariño, ese es el obsoleto; quédate sin ninguno, y entonces tendrás que adoptar el nuestro”.
Vaya toda la simpatía a quien saborea el entretenimiento inofensivo de seguir en la pantalla una competición u otra (y disfruta con sus mil variedades y connotaciones- lo pintoresco del salto de pértiga por ejemplo… en tantas ocasiones podemos evocar a los atletas pintados en los jarrones etruscos y aun a los cretenses de hace miles de años. Todo lo humano y civilizado es curioso, es interesante). Es inofensivo si no se le da un carácter sagrado.
Que es lo que ha hecho el Papa –lo decimos con enorme dolor- pidiendo “una tregua en la guerra mientras duren los Juegos Olímpicos”. (No en Navidad, no en Pascua: en los Juegos Olímpicos). ¿Hay forma más contundente de sacralizarlos?
Bienvenida sea cualquier tregua, y mejor aún, la paz. Pero, ¿pedirla en nombre de Zeus?
Volvemos al principio. Que no existe una sociedad laica. Una religión se va a imponer, ya se le dé ese nombre (el de religión) o no.
En fin. Pues ya transcurrió el 25 de julio de 2024. Allá cada uno con su visión de la vida y con su conciencia.





