Hay días en los que el calendario sevillano parece escrito por la propia memoria de la ciudad. Llega el Corpus y Sevilla amanece cubierta de juncia, romero y altares efímeros. Las campanas de la Catedral marcan el ritmo de una jornada que sigue oliendo a cera, a incienso y a fiesta mayor. Y cuando la Custodia entra en la Catedral por la Puerta de Palos, la tarde tiene otro destino señalado desde antiguo: los toros en la Maestranza.
«…Y el día del Corpus, toros en Sevilla». La frase se repite como una sentencia feliz, como una costumbre recuperada que vuelve a endulzar generaciones. Este año, ha seguido siendo la prolongación natural de una de las fiestas más antiguas de la ciudad. Del recogimiento de la mañana se ha pasado a la expectación de la plaza. El Corpus y los toros formaban parte de una misma fotografía sentimental de Sevilla y hoy, ese negativo en sepia se ha vuelto a revelar.
Por el ruedo del Baratillo desfilaron durante años las grandes figuras de cada época en el día en el que Dios paseó por las calles. Desde los legendarios maestros de los siglos XVIII y XIX hasta los nombres que construyeron la tauromaquia contemporánea en el XX. La corrida del Corpus tenía aroma de acontecimiento y categoría de cita obligada. Era una fecha marcada en rojo para aficionados y toreros. Este año ha vuelto a reverdecer romeros y juncias.
Pero hoy, sin embargo, la sensación ha sido distinta. Y no me pregunten por qué. La ciudad conserva la belleza incomparable de la procesión, los altares y el baile de los Seises, que siguen emocionando a quienes contemplan esa ceremonia única del tiempo detenido. El Corpus continúa siendo una de las grandes señas de identidad sevillanas. Pero…
Y llega después la corrida en el coso del Baratillo. Un cartel compuesto por Morante de la Puebla, Juan Ortega y Pablo Aguado, tres toreros de indudable sabor sevillano, que lidiaron una corrida infumable e impresentable de presentación de García Jiménez con presencia también de reses de Garcigrande. Los de ayer no eran toros para Sevilla.
—Ni para ningún lado, oiga usted.
Los tres espadas pusieron toda la raza y la calidad que le faltó a los brutos. Los tres matadores entendieron que no era una tarde cualquiera, que la cosa tenía su importancia y había que apostar. A puertagayola se fue Pablo Aguado en un detalle de pundonor y ganas. Los capotes volaron templados y suplieron la falta de entrega de los toros. Trincherazos, medias verónicas, kirikikis, cambios de manos… toda la verdad del toreo que faltaba en la embestida de los bureles.
Conclusiones. Que a Morante no se le ha ido ni una pizca de valor por el boquete de la cornada y sigue con la misma templanza con la que entró en la enfermería aquella tarde de abril. Que Juan Ortega tiene que buscar la línea de poder que se le atraganta, porque torería tiene de sobra. Y que este Aguado con ganas interesa. Y mucho.
En el entre tanto, Morante cortó tres orejas a fuerza de apostar por el fondo muy fondo— de calidad de los de su lote. Todo lo puso él. La emoción, la torería, la verdad, la templanza,.. y dos estocadas de perfecta ejecución y más endeblitas de colocación. Pero claro, Morante es otra historia, “está en otra dimensión”, que dijo un amigo de servidor. Ay del que quiera ir contra su tauromaquia haciendo trampas y soltando trapantojos.
Pero así y todo, y tras irse Morante a hombros Paseocolón abajo, resulta inevitable cierta melancolía. Tras la charlotada de los corrales convertidos en escenario para bailes por sevillanas y actividades paralelas, la corrida parecía presentarse con una falsa modestia impropia de la grandeza histórica de la fecha. Como si la fiesta necesitara adornos para justificar una tradición que durante siglos se sostuvo por sí sola.
Quizás por eso la nostalgia aparece. Porque los viejos aficionados recuerdan cuando bastaba decir «es Corpus» para que toda Sevilla entendiera que, después de los últimos sones de la banda de Soria, llegaba el toreo. Y porque aún resuena, entre los ecos de la ciudad eterna, aquella frase que nunca debió perder fuerza: «…y el día del Corpus, toros en Sevilla».






1 Comment
Lo de Morante es otra historia y yo que lo he seguido desde sus comienzos puedo dar fe de ello. Toreo de arte, clásico, técnico…. su forma de andarle a los toros y con una enciclopedia en la cabeza de la tauromaquia. Y con la espada lleva una racha más que aceptable. Un torero muy completo, de los que dentro de 70, 80 o 100 años se hablará de él como se habla ahora de Belmonte, Joselito, Chicuelo, Curro Romero, Paula y tantos otros que han dejado su huella. Particularmente me quedo con su capote, para mi uno de los mejores capoteros que he conocido. En fin… un torero para la historia. Los trofeos no me llenan, pero sus faenas se quedan guardadas en el disco duro del cerebro.