El traidor Sánchez lo ha vuelto a hacer. Ha tomado una decisión que además de contentar -porque los beneficia, injustamente, claro- a los golpistas del 2017, es una decisión que debilita al Estado, lo desprotege, lo deja a los pies de los caballos de quienes, caprichosamente, lo quieren fragmentar, destruir, aniquilar. Si la decisión en cuestión es en sí misma preocupante, lo más tenebroso es la razón que subyace para haberla tomado, que no es otra que la de seguir cagando en el váter de la Moncloa y seguir usando el papel higiénico perfumado que gastan por allí. Y, por lo tanto, no es el hecho propiamente dicho sino la razón por la que lo hace, lo que lo convierte -ya lo era, no obstante- en un sujeto peligroso. No solo es el hecho, ni la razón por la que lo hace, sino, también, el procedimiento para hacerlo: por la vía de urgencia y sin considerar los informes técnicos de las instituciones del propio Estado. Ha elegido un atajo para la fechoría porque los delincuentes indultados tienen prisa.
No es necesario abundar más en la explicación y en las circunstancias que rodean esta barbaridad, puesto que está siendo objeto de análisis y exposición detallada por los medios de comunicación; apelación al derecho comparado de los países del entorno; cortes audiovisuales sobre el histórico de las declaraciones contrarias a esta decisión hechas por el propio traidor, etc. Quiero centrarme en una manera de gobernar, la suya, nacida de la necesidad de consentir, para satisfacer el vicio de seguir en el poder. Después de tantas promesas incumplidas; de tantas declaraciones contradictorias con otras anteriores sobre lo mismo; de tantos síes, pero no; de tantos noes, pero bueno, sí; de tanta falsa constitucionalidad; de tantos falsos insomnios; de tantos agravios dolorosos; de tantos agravios comparativos; de tantas usurpaciones al poder legislativo aceptando que algunos ministros redacten leyes: pintorescas, agitadoras de la delincuencia, seguramente inconstitucionales; de tantas heridas en tantos corazones; de tantas heridas en los bolsillos de los contribuyentes; de tanta desigualdad con la excusa de pretender la igualdad, después de tanta violencia y de tanta propaganda, hay que apelar al mandamiento que encierra todos los mandamientos de la democracia, que es el mandamiento natural de las buenas personas: el sentido común. Debilitar los fundamentos del Estado que tenemos, construidos, hace más de 40 años, por los mejores, porque estuvieron los mejores de todos los ámbitos, es dejarlo caer, irresponsablemente, en manos de los peores, porque golpistas, herederos de terroristas, independentistas y comunistas (por mucho que quieran tapar con un sello de Correos el sello de sangre y persecución que tienen a sus espaldas), son lo peor que vive entre nosotros, ajenos a la convivencia pacífica, ajenos al desarrollo económico, ajenos a la justicia social, ajenos, todos ellos, al sentido común del que hablo.
Este sujeto, el traidor Sánchez, es un adicto al poder -el Falcón y el papel higiénico perfumado, entre otras muchas cosas, lo demuestran-, y es esa adicción y no su afán por trabajar por España y su progreso, la que le lleva a hacer lo que hace: someterse a las exigencias de los recurrentes enemigos de nuestro país (Ya saben: lo volveremos a hacer) Para él, el bien común es su bien nada común. Pretende, como buen sátrapa manipulador y silencioso, conceder para obtener, cambiar para obtener más, eliminar para tenerlo todo. No debe extrañarnos, de seguir así las cosas, que cualquier día lo veamos en una plaza (tomada previamente por Marlaska para que no haya gente pitándole) diciendo aquello de “exprópiese para los okupas”, “acérquese, no importan sus veinte crímenes”, “indúltese”, “encarcélese”, “decrétese”, “cómprese más papel higiénico perfumado”, “sí”, “sí”, “sí”, “y el lunes, de picnic en los jardines de la Moncloa, pero que no venga Margarita Robles, que tenemos que restructurar el Ejército; y que no falte Lilith Verstrynge, me ha dicho Pablo que es una legisladora fantástica, mejor incluso que la Irene”.
Cuando los policías corren delante de los macarras incendiarios, los okupas tienen más derechos que los propietarios de los lugares ocupados, el poder ejecutivo usurpa la función del legislativo y, a veces, la del judicial e intenta controlar el cuarto poder, cuando el Gobierno no puede pisar la calle porque es increpado (nunca había ocurrido esto), cuando el gobierno de un país cercena las instituciones del Estado, desde la Abogacía del Estado hasta la Jefatura del Estado, cuando abrasivas minorías se suman -cada una de su padre y de su madre, cada una para garrapiñar al interés común lo que puedan en nombre de sus exclusivos intereses- para conseguir gobernar, no podemos hablar de mayoría parlamentaria legítima sino de una Unión Temporal para el Sometimiento del Estado (UTSE) a través de usurpar sus poderes, debilitar sus instituciones y tergiversar el espíritu de las leyes, en fin, según convenga.
La adicción al poder somete a Sánchez. La debilidad de Sánchez nos somete a todos. Señor Feijoo, si alguna vez llega al poder, lleve al Parlamento una iniciativa legislativa que tipifique el delito de “sumisión con el único objetivo de mantenerse en el gobierno”.





