Que la Historia es maestra de la vida es una idea repetida desde antiguo, así como “que los pueblos que no estudian su Historia están condenados a repetirla”.
Parece atrevido discutir la veracidad de tan antiquísima frase… pero la cruda realidad invita, sí, a ponerla en duda. Ciertamente hoy no se estudia la Historia, o se hace de manera tan sesgada y mentirosa que resulta hasta peor. Pero si nos remontamos por ejemplo al siglo XIX, la Historia se estudiaba muchísimo, y con un intento de comprensión y de objetividad que nos admira (muchos grandes clásicos de esa época se pueden leer hoy perfectamente)… y no por eso se evitaron las enormes horribles guerras de finales de siglo y luego todas las del malhadado XX… “Están condenados a repetirla”, parece que eso sucede con y sin estudio de la Historia. En los años treinta en España no se despreciaba el estudio de la Historia como hoy, y aun así ya vemos lo que pasó…
Así pues, si la Historia nos ayuda a comprender el presente, pues, por muy hecha que esté la frase, se podría discutir. Pero en cambio el 2020 nos está facilitando algo inesperado, que es comprender mejor fenómenos históricos que hasta ahora nos habían resultado absolutamente incomprensibles.
Pongamos un ejemplo algo lejano en fecha y lugar para que sea menos hiriente (aunque los cercanos no falten). La Inglaterra de principios del siglo XVI era un país absolutamente vertebrado en torno a la Iglesia Católica (entonces ni hacía falta decir “católica”). Había una red de monasterios y de conventos floreciente, perfectamente organizada. El pueblo participaba intensamente de las fiestas y costumbres religiosas. Ciertas tradiciones que luego pasaron a asociarse a países latinos (el Vía Crucis, la enorme veneración a las reliquias de santos, las procesiones) eran igual o más populares (algunas, más) en los países que, genéricamente, desde nuestro punto de vista, podemos llamar de la Europa del Norte – incluyendo Inglaterra, Países Bajos… Los historiadores modernos lo han demostrado (por ejemplo, en la obra de 1992 del irlandés Eamon Duffy, “The Stripping of the Altars”), frente a la vaga creencia acomodaticia, no documentada pero extendida por hacer así más fácilmente comprensible la Historia, de que el catolicismo estaba en decadencia, la fe verdadera se había perdido, y eso hizo posible la Reforma. (Como suena lógico que así hubiera sido, pues se da por hecho y ya está – instintivamente no se admite que sucedan cosas inesperadas…).
Pues en ese mundo de tan arraigadas costumbres, de la noche a la mañana lo que ayer era sagrado hoy pasó a ser prohibido. El rey Enrique VIII decidió que el cabeza de la Iglesia en la tierra ya no era el Papa, sino él. Y todos los obispos ingleses, salvo uno, acataron el cambio de inmediato, y casi como la cosa más natural. Claro que las espeluznantes torturas reservadas a los disidentes ayudan a comprender el fenómeno –no a todos puede exigírsele el ser héroes o mártires. Pero lo llamativo es cómo de manera tan rápida murieron todas esas tradiciones, mil veces más vivas de lo que podemos imaginar (entonces las peregrinaciones, las procesiones no tenían el elemento cultural, turístico, folklórico y “light” que hoy las caracteriza… Se hacían como parte intensa y personalísima de la vida, con profunda convicción; y participaban todos – no “los amantes de las tradiciones”, sino todos, como cosa vivísima y necesaria…). De la noche a la mañana, eso desapareció y no parece que ni lo echaran de menos. Todo que antes había constituido el tejido de la vida personal, pues … se esfumó.
¡Qué fácil es, a finales de 2020, comprender todo eso! Suena familiar. La tendencia humana a adaptarse tan ricamente a lo que impone el poder, a acomodarse, y no ya a obedecer sino a CREER automáticamente en que es bueno lo que se dice que es bueno, y malo lo que se dice que es malo, esa tendencia se impone en pocos días a costumbres arraigadas de siglos…
Hace pocos días saltó esta noticia: que “el Arzobispo de Sevilla ha promulgado un decreto para prohibir las procesiones de Semana Santa en 2021 en toda la provincia…”.
Aún me asombra que este hecho no haya impactado. Cierto es que, tal como van las cosas, si a alguien le preguntan si cree que puede haber procesiones la próxima Semana Santa, raro será que diga que sí, visto el panorama. Pero eso de anticiparse a “prohibir”… “Prohibir” suena a algo malo, algo indeseable. Que seguramente no habrá procesiones, ya lo sospechábamos. Pero que la autoridad eclesiástica (tan caracterizada además desde hace decenios por todo tolerar y nunca prohibir) se anticipe a prohibir explícitamente nada menos que las estaciones de penitencia, eso, visto con perspectiva histórica, es… bueno, es un hecho digno de reseña.
Pero nadie se asombra. Si algo, se elogiará lo bien que ha actuado, con responsabilidad, mucha responsabilidad, gran responsabilidad y desoyendo “fanatismos”.
Pues nada. ¡Viva Enrique VIII, Vicario de Cristo en Inglaterra, que en dos días acabó con peregrinaciones, misas y demás supersticiones medievales! Y quien diga lo contrario, a la hoguera.
(Pero pocas hogueras hacen falta. La inmensa mayoría del pueblo no se siente oprimido, sino tan contento…)
El Covid es maestro de la Historia.





