La literatura es una de las bellas artes y una de las más antiguas formas de expresión artística. Emplea como medio el lenguaje oral o escrito, utiliza las palabras como herramienta para su construcción, persigue la belleza y la reflexión, no sólo mediante el empleo de figuras retóricas, sino también del ritmo y el sentido que se le dé a la palabra.
Es una forma de expresar sentimientos, descripciones, historias, imágenes, espacios, hechos reales o ficticios, valiéndose del uso artístico del lenguaje, de la imaginación y creatividad, con un propósito y un sentido estético.
El paso de los años nos aporta la necesaria perspectiva para ver hasta qué punto determinadas personas, sobre todo los profesores de nuestra etapa escolar, de la secundaria y, como no, de la Universidad, han influido en nuestra concepción del mundo, en nuestras aficiones, y es aquí donde nace un agradecimiento a la Providencia por habernos regalado, al menos en mi caso, maestros que nos inculcaron el amor por la buena lectura, más allá de la superación de un temario o de la calificación de una materia, como es la literatura.
Soy deudor de Don Juan Retamero, con sus comentarios de texto, de Doña Mª Ángeles Campos en Historia de la Literatura Universal, y de Doña Patrocinio Cruz en Lingüística, profesoras estas dos últimas del instituto San Isidoro de Sevilla (pueden poner el nombre de los que tuvieron ustedes, da igual), Ellos hicieron bueno el dicho que afirma que mientras cualquier trabajador anhela ver el fruto de su tarea, el buen profesor trabaja para la eternidad.
¿Por qué o para qué leer?, me preguntan en ocasiones. ¿Cómo justificar el prolongado (para muchos) tiempo que se le dedica a una obra literaria? La respuesta debería ser sencilla: para vivir la emoción que nos embarga cuando nos sumergimos en las líneas escritas por autores como Homero, Tolstói, Dumas, Julio Verne, Balzac, Victor Hugo, Dickens, Cervantes, Galdós, Gironella, Cela…
Desde los mitos, las fábulas y las epopeyas hasta la novela moderna, resulta difícil imaginarse un mundo en el que nuestros antepasados no compartieran relatos sobre viajes y persecuciones, luchas y triunfos, sobre experiencias de honor, tristeza y esperanza. Contamos historias porque somos humanos, pero somos más humanos porque contamos historias que nos ayudan a entender de dónde venimos y hacia donde vamos.
Nabókov, profesor de literatura de la Universidad de Cornell a mediados del siglo pasado, describía la emoción que nace de la lectura de un buen libro como un cosquilleo de saberse reconocido, de saberse acompañado, algo que trasciende de la mera sensación superficial que nos produce la lectura de un párrafo, esa que consigue el prodigio de despojarnos de nuestra soledad a la vez que nos convence de que no somos los primeros en nada.
Si quieres descubrir la vulnerabilidad de los mejores, lee el episodio Aquiles en la Ilíada; si deseas saber cómo enfrentarse a los peligros de una deseada vuelta a casa, lo verás en el afán de Ulises en la Ilíada; el desempeño de un hipocondríaco en El enfermo imaginario de Moliere; la variedad de continentes y países que pueblan nuestro planeta, en La vuelta al el mundo en 80 días de Julio Verne; la conversión de un delincuente en una persona honrada, en Los Miserables de Víctor Hugo, …
Leemos grandes historias porque son la puerta de entrada a la verdad, y la verdad nos hará libres. Sin duda seríamos más pobres sin los buenos libros que hemos leído y que forman parte de nuestro acervo cultural. Más conformistas y perezosos, menos creativos, más sumisos, menos idealistas, menos comprensivos…
Leer nos permite vivir de otra manera, en otro lugar, en otro tiempo. Nos permite elegir y nos permite sentir. Podemos experimentar la perplejidad de ver hasta dónde llega la locura de los sueños e ideales en El Quijote; cómo la guerra civil divide familias y amistades en Los cipreses creen en Dios; el daño que puede causar la obsesión de una persona al mando de un barco en Moby Dick; la actualidad de aforismos enunciados hace varios siglos en El arte de la prudencia de Baltasar Gracián, …
La lectura es un puente que se tiende entre nosotros y nuestros antepasados, pero también entre nosotros y nuestros coetáneos, porque dentro de las diferencias y particularidades que caracterizan a cada cultura, la literatura nos hermana.
El cosquilleo que describió Nabókov es un impulso de vida que nos anima a explorar nuevos horizontes, con una ventaja pocas veces nombrada: que si volvemos a leer el mismo libro después de algunos años, descubrimos que no es el mismo libro, porque nosotros tampoco lo somos.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





