Poco a poco, casi sin darnos cuenta, durante los últimos años hemos adoptado hábitos en nuestra vida cotidiana que hubieran sido impensables hace sólo una década. Uno de ellos es el de la utilización del código QR; ése que un día descubrimos en la mesa de un bar o restaurante en la época de la pandemia y que nos obligó a bajarnos la aplicación que desde entonces tenemos en el móvil.
Este código tiene su origen en un japonés, Masahiro Hara, un ingeniero que trabajaba en una subsidiaria de Toyota, y que tras almorzar un día y echar una partida de go (versión popular del ajedrez en Asia) vio que las fichas blancas y negras sobre el tablero formaban unos patrones interesantes, pues ese fondo binario en dos colores era como un mensaje que variaba en función de la disposición de las fichas.
De ahí nació el código QR (por quick response, respuesta rápida), código capaz de almacenar una cantidad ingente de información, fácilmente identificable por su forma cuadrada y los tres cuadrados pequeños ubicados en las esquinas superiores e inferior izquierda. Lo más llamativo es como permite al usuario acceder de forma rápida a toda la información. A diferencia de los códigos de barra, inventados por los estadounidenses Norman Joseph y Woodland y Bernard Silver en 1951 para identificar vagones de ferrocarril, nuestro ingeniero japonés y los dos colaboradores que le asignaron para desarrollar su invención, ante la dificultad de la tarea, tomaron una decisión entre ingenua y generosa: liberar la patente, por lo que no reciben ni un yen por el uso de este descubrimiento (pensemos que sólo en China se usa 1.800 millones de veces al día sólo para pagos en efectivo).
Curiosamente, el primer campo donde se aplicó fue en las apuestas por las carreras de caballos, para identificar rápidamente los boletos ganadores. De ahí pasaron a los museos y atracciones turísticas, que fueron pioneros en su adopción, incluso comenzaron a ponerse en algunos cementerios para localizar las tumbas.
Fue entonces cuando llegó la pandemia y los restaurantes comenzaron a colocarlos en las mesas para sustituir las manoseadas cartas. Fue así, como por Real Decreto no publicado, como nos tuvimos que poner las pilas de la digitalización en cursillos de un minuto sin alternativas posibles. El asunto fue objeto de un artículo de nuestro añorado maestro Antonio Burgos publicado en su famoso recuadro en enero de 2022, y que tituló “A tomar por QR”, donde daba cuenta de las dificultades que para muchos mayores suponía tan drástico cambio.
Quedaba irremisiblemente atrás un tiempo en el que el camarero, que llegaba a jubilarse en el mismo bar donde entró a trabajar siendo un muchacho, nos cantaba la carta de tapas con una velocidad que sólo nos permitía recordar la primera y la última alternativa, o, más reciente, la carta plastificada que iba de mesa en mesa, última versión de la carta doble en papel grueso inventada en Francia en el sigo XIX. Ahora nos obligan a tener un teléfono “inteligente”, no el que usan los mayores para hablar con la familia y algunos amigos. El código no se quedó en las mesas de los restaurantes. Pasó a los informativos de televisión donde aparecen en el ángulo inferior derecho de la pantalla para ampliar las noticias, y también algunas ediciones de prensa en papel lo incorporan en la contraportada para facilitar la lectura del diario en formato digital.
¿A qué se debe su enorme éxito? Entre otras ventajas, nos encontramos con que es capaz de encapsular 200 vences más información que los códigos de barra; se puede crear un número prácticamente ilimitado de patrones; es un sistema barato; basta un generador de códigos para crear uno personalizado; pueden almacenar imágenes (platos, radiografías, electros, …); su diseño permite corregir errores (superficie arrugada, escasa nitidez, …) en el escaneo; nunca se agotan ni caducan, y están diseñados de tal manera que tampoco se repiten.
Hoy día usamos los códigos QR para enviar enlaces, abrir páginas web, ayudar a otros usuarios a compartir contenido en redes sociales, descargar aplicaciones, realizar pagos y otras aplicaciones, pero ello no puede hacernos perder de vista su mayor problema: la seguridad. Cuando alguien escanea un código QR, se le redirige a una URL (localizador) en una ventana del navegador. Si no se está en una conexión segura, los hackers pueden acceder al dispositivo y redirigirlo a una URL diferente.
Decididamente, los códigos QR han llegado para quedarse, aunque no sabemos por cuanto tiempo. Como todo avance tecnológico, su bondad dependerá del uso que hagamos de ellos.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Muy interesante articulo, Alberto.
Enhorabuena..