Como casi toda la gente de mi edad en mi infancia y juventud he ido mucho al cine, he sido muy cinéfila. A los que nacimos y vivimos esas etapas de la vida en aquellos años que tan grises les parecen a la progresía patria, nuestros padres nos llevaban al cine, al menos, una vez a la semana durante el periodo invernal y casi cada día en aquellos largos veranos, en los que disfrutábamos de casi cuatro meses de vacaciones escolares, en los que en cada barrio había cines de verano donde se pasaban los reestrenos de la temporada y hasta clásicos del cine mudo, desde Charlot a Buster Keaton pasando por «El Gordo y el Flaco» y Harold Lloyd en «El Hombre Mosca».
Los niños y jóvenes de aquellos, para algunos, años de plomo, adquirimos una cultura cinematográfica de cierta importancia. Recuerdo que la primera película que vi fue «La Vuelta al Mundo en Ochenta Días», de Michael Anderson, con David Niven, Cantinflas y Shirley Maclaine. En esta película hicieron cameos un nutrido grupo de figuras del séptimo arte, desde Marlen Dietrich a Fernandel y Sinatra y en la que veíamos a Luis Miguel Dominguin mano a mano en Chinchón con Cantinflas. Como verán no era mala película para iniciarse en ver cine a la edad de cuatro años, que eran los que yo tenía por entonces. También recuerdo, como algo curioso, el que mis padres no nos llevaran a ver cine español; la «españolada» no gustaba en casa y solo vimos, «Las chicas de la Cruz Roja». Sin embargo en España, en los años 50 y 60, se hizo un interesante cine negro que duraba en los cines menos que una siesta. A la gente le iba mucho más el cine que se hacía en Hollywood que la españolada pura y dura. A pesar de esto, hubo dos películas míticas, dos coproducciones con Italia y Francia, «Muerte de un Ciclista» y «Calle Mayor», las dos de Juan Antonio Bardem, dos supuestos alardes de cine político, de los años 1955 y 1956, producidas por Manuel J. Goyanes, el descubridor de Marisol. Sobre esta asociación del director comunista y el productor de la «derechona», cabe pensar que en aquellos el sectarismo en el mundo del arte y de la cultura no existía.
En los años 50 y 60, había en España muy buenos directores de cine, Coll, Iquino, Rovira Veleta, Julio Salvador, el citado Bardem, Forqué, Berlanga, Nieves Conde, Oti, Antonio del Amo, el húngaro Ladislao Vadja, el italiano Marco Ferreri, Saura; la lista es larga.
A principios de la década de los 70, el cine español de calidad se reduce mucho, por aquello del incipiente destape y la película más taquillera fue «No desearás al vecino del 5º», de Tito Fernández.
Todo esto del cine español de los 50 a los 70, viene a cuento de las películas españolas pre- seleccionadas para los próximos Oscar, dos biopic musicales, «La Estrella Azul» y «Segundo Premio». El primero, de Javier Macipe, buscando a Atahualpa Yupanqui, y el segundo de Isaki Lacuesta, sobre el grupo indie granadino «Los Planetas», una historia no real, según leo en algunos medios. La tercera película pre-seleccionada es «Marco», de Aitor Arregi Galdos y Jon Garaño, sobre Enric Marco, el deportado a Flossenbürg que nunca lo fue. Yo me hago una pregunta, bueno dos. ¿En USA saben quién era Atahualpa Yupanqui? ¿La Academia de Hollywood conoce a «Los Planetas»? No hace falta que contesten, lo hago yo. No, en Hollywood no tienen ni idea de que van estos dos biopic, supuestamente musicales. La tercera película, «Marco», puede que enganche más a la Academia hollywoodense, puede, pero igual les aburre, la más que segura exculpación del farsante que puede mostrar la película. Ya digo, igual en Hollywood se aburren con estas películas.
Mientras escribo esto, salta la noticia de que Pedro Almodóvar acaba de ganar el León de Oro del Festival de Venecia con una película rodada en ingles, «The Room Next Door» – «La habitación de al lado» – que muestra la idea de la vida y la muerte, la mala relación entre madres e hijas, la amistad entre mujeres maduras y de la eutanasia, o lo que es lo mismo, Almodóvar ha filmado la misma peli que filmó otras veces, pero en ingles y publicitando el derecho a morir cuando a uno le venga bien y envuelto en una atmosfera de diseño progre –pijo de colores, rojo, fucsia y verde pistacho, muy en la línea de los cuadros de fotos emborronadas de pintura acrílica con los que el manchego, hace poco, se inició en el arte pictórico, o así. Nunca he ido al cine a ver las películas de Almodóvar, he visto alguna por la tele y de refilón. Me quedé dormida a mitad de la sesión. Pedro se cree que es Igmar Bergman, en colorines.
Resumiendo, a mí el actual cine español me resulta cansino, soporífero, con tanta denuncia social y tanta zarandaja política del pasado anterior a 1975, de un humor impostado que no tiene gracia alguna. Lo encuentro muy pasado de rosca y siempre muy previsible con su sectarismo zurdo, ese que pagamos a escote entre todos.





