Las manos en la cara de su padre. Qué sensación más inmensa debe de sentir ese hombre cuando nota la vida en ese pequeño cuerpo que se arrima a él en busca de la protección lógica de todo bebé.
Fue una simple imagen. Un momento captado para esta momentánea eternidad el que capturó el corazón de este que les escribe. Recordé entonces que yo también conozco esa sensación; esa tan inmensa que decía del calor de unas pequeñas manos acariciándome la barba, y pensé en mis hijos; en sus ojos buscándome, en sus voces llamándome, en sus sonrisas, en sus lágrimas, en sus emociones cuando les sorprendo con algún regalo. Sí, conozco esa inmensa sensación: es la del amor.
Pensé en ellos mientras, ante mí, seguía aquella imagen quieta en la pantalla de mi ordenador; y seguí fijándome en ella. En aquella mirada que valía más que –y discúlpenme la exageración– mil millones de palabras. ¿Cómo puede ser que un encuentro así pueda ser el más hermoso poema jamás escrito? ¿Cómo se puede decir tanto sin decir nada? Será que me hago mayor y quizás vaya entendiendo que, en la vida, hasta el detalle más pequeño puede ser el mayor regalo que reciba.
Leí el pie de página de aquella escena que hablaba del pequeño Alfie en un azul que indicaba un enlace. Pulsé sobre su nombre y allí, como una bofetada de incrédula realidad, apareció la historia de este enorme valiente que ha decidido echarle un pulso a la muerte, porque a la vida ha decidido echarle otra cosa y, para tener apenas un par de añitos, ha demostrado que los tiene bien puestos. No, no me pesa hablar de tan soez manera porque hablan mis emociones, y a esas no hay quien les tosa a la hora de decir las cosas.
Alfie tiene un ejército. Uno que ni el más poderosamente armado sería capaz de vencer. Uno que tiene fe, que cree en aquello en lo que la justicia británica ha considerado como una ofensa a cualquier sentencia. Uno que, más que no dudar, tan solo no pierde la esperanza en que este superviviente de la necedad y la ignominia humana vencerá. Yo ya me he alistado a esa legión vital.
Lo he visto dormido mientras su madre, con una música de fondo, le acariciaba. Está vivo. Respira, dándole con brío a su chupete verde. Respira, señor juez, respira. Respira, señores doctores, está vivo. Con solo dos años está dejando en evidencia a aquellos que, en esta sociedad, no creen en los milagros. ¿Divino? Pues no lo sé; pero milagro es. Es el milagro del querer.
Qué difícil debe ser para sus padres saber que la Parca puede vencer. Qué difícil levantarse una mañana y no volverlo a ver. Qué difícil acostarse cada noche y no sentirlo. Qué difícil cada minuto, cada segundo, sabiendo que puede ser el último que le preocuparán. Porque estarán preocupados, pero estoy convencido de que prefieren estar así a perder. Qué lección, con tan solo veintipocos meses, de poder.
Mientras, Roma lo espera. Pero hay quien ha decidido que tiene que morir sin probar solución alguna. Pero Roma lo espera, señor juez. ¿A qué espera usted? El cielo no necesita más angelitos, a este lo queremos aquí. Ya estamos hartos de querubines que se nos van o nos los quitan. ¿O no es así?
Esas manos en la cara de su padre. ¿No se sentirá, acaso, la persona más afortunada del mundo mientras nota, de su hijo, el tacto suave de su piel? Ambos tumbados en una cama, mirándose; acariciándose el alma mutuamente; acariciándose los sentidos; acariciándose el corazón. ¿Quién, díganme, creen que acaricia más a quién? ¿Quién, díganme, será mejor bálsamo para quién?
No, señores doctores. No, señor juez. El cielo no necesita más angelitos; estos, como les he dicho, hacen falta aquí, para que nos enseñen que, a pesar de todo, no siempre hay que perder la fe.





