A la llegada del Emperador Carlos I de España y V de Alemania por primera vez a España, en 1517, en su arribada al puerto de Tazones, en Asturias, se halló ante una multitud de aparentes mendigos, todos ellos «cubiertos». El emperador, que desconocía todo lo referente a las costumbres de su nuevo reino, preguntó a uno de sus acompañantes que quiénes eran aquellos que permanecían cubiertos en su presencia y éste le respondió:
– Son nobles, Señor.
Desconcertado, el Emperador insistió en su pregunta: ¡pero si van descalzos!, y de nuevo se le respondió:
– Son pobres, Señor
Cuatrocientos once años después, Alfonso XIII acudió a la coronación de la Virgen de Guadalupe, un 11 de octubre de 1928. Allí, en el atrio del monasterio, el rey, se fijó en un hombre enjuto, bajito, con su sombrero en la mano y con el atuendo de un humilde labriego, con sus pantalones de pana y la típica chambra azul extremeña, para no mancharse la camisa.
Aunque refulgía limpio y aseado, sus ropas lavadas y planchadas por su mujer no eran nuevas, pero lucía en la solapa la medalla Laureada de San Fernando. Alfonso XIII dio un paso atrás, se cuadró y le hizo un saludo militar. El rey sabía que estaba ante un héroe español y con sus propias manos le puso el sombrero, honor que se había ganado por su valor.
Junto al rey, los mandos militares que acompañaban al monarca se cuadraron ante D. Filomeno, que, en posición de firme, recibía el saludo de los diferentes miembros del Ejército.
Filomeno, aquel humilde hombre de campo, agricultor, desfiló aquel día al lado de su rey y le acompañó junto a la bandera de España en la procesión y tuvo ante sus paisanos el mayor reconocimiento por su valor.
Cuatrocientos años después, los nobles españoles tapados seguían siendo pobres, casi descalzos.
Cuando Carlos V llegó a España una legión de capitanes extremeños ya le había conquistado un imperio. Cuando Alfonso XIII llegó a Guadalupe, esos extremeños habían defendido con su sangre aquel imperio. Al oeste de Grecia, mientras caían las murallas de Troya, una generación de pastores ponía cada pocos años un héroe humilde que nunca cantó la Ilíada. Nunca pudo imaginar el Oráculo de Delfos que más allá del Egeo se levantaba en silencio una generación de hombres y mujeres capaces de hacer sombra al propio Ulises.
Aunque de tierra adentro, no tuvieron miedo a Zeus, ni les importó cruzar los mares de Poseidón. Se enfrentaron a ejércitos más numerosos que los de Jerjes y levantaron culto a una virgen, que en nada se parecía a Atenea, a Afrodita o a Perséfone y sólo Némesis nos permite recordarles para que nunca mueran. Esa es mi intención, no otra, que ellos no caigan en el olvido.
Se llamaba Filomeno Sánchez Rubio, había nacido, arropado por la Virgen de Guadalupe, entre las serranías de las Villuercas, rodeado de ásperos crestones cuarcíticos y zonas de rañas donde depósitos de bloques graníticos de origen torrencial y glacial han conservado el carácter austero, introvertido y solitario de sus habitantes, que viven una biodiversidad magnífica.
Los griegos de la Esparta extremeña no son arrojados por sus padres por el monte Taijeto, ellos saltan las columnas cuarcíticas y pizarrosas de los montes del Tajo con la ligereza de Pegaso.
En la aspereza de los caminos, esta tierra levanta bellas humanidades ante la alegría tostada de la intemperie. Son gente sencilla, de pan, cabrito, matanza y rezo dominical en su monasterio, que, como símbolo de su fe, cuidan más allá de su paso por la vida, a sabiendas de que sólo el legado espiritual de su raza sobrevive a la temporalidad de su propia existencia.
Filomeno Sánchez Rubio era un hombre cubierto, que sólo se quitaba su sombrero ante su diosa, la Virgen de Guadalupe, y se ganó ese honor como se lo ganó Milcíades, el héroe de la batalla de Marathon, que le entregó su casco a Zeus por vencer en la batalla.
Él se ganó ese honor en Cuba, cuando todas las posiciones del llamado Asiento de Mobuya había sido ocupado por los rebeldes cubanos y no había forma de recuperarlo.
Era un 17 de Julio de 1897, con un sol de justicia cayendo sobre las tropas españolas, mientras las balas silbaban sobre sus cabezas en un barranco de 6 metros donde se habían atrincherado. Rodeados de acantilados los rebeldes cubanos, todo parecía inaccesible, tan inaccesibles como los escarpados de las Villuercas.
Acostumbrado a buscar sus cabras y saber por dónde acceder, pidió permiso a sus superiores para escoger cinco hombres y hacer un intento suicida de acercarse a las trincheras. Cuando los mandos daban por perdida la posición al estar defendida por cientos de insurrectos bien guarnecidos, con el indómito valor y bravura que dan las duras tierras a las que quería regresar, asaltó las trincheras enemigas, barriéndolas y recuperando para el ejército español la posición.
El batallón de Arapiles n. 11, donde había sido encuadrado, se apuntaba un éxito más en su historia militar gracias a un humilde hombre salido de Extremadura.
Aquel hombre humilde, de paz, había pasado el magisterio de los fusiles y el cuchillo en la boca como una asignatura más en la ciencia de ser hombre y había hecho la guerra volviendo a su pueblo y a su huerto, así como Ulises sólo quería regresar a la Ítaca de su tierra extremeña.
La guerra de Cuba fue una guerra de intereses comerciales, de catalanes de aquí y catalanes cubanos, en la que nuevamente los extremeños pusimos más de 8.600 hombres movilizados obligatoriamente, porque eran pobres, porque no tenían 2.000 reales para librarse de la guerra. Ayer, como hoy, la convivencia estaba rota, hecha pedazos. La Cataluña de 1898, como la de hoy, ardía en los retablos, en el trigo, en los olivares, en los campos de tabaco, de arroz y de caña de azúcar, en los ingenios de los campos.
La vida valía tan poco que se tumbaba con dos balazos en el mármol de las autopsias. Para los rebeldes catalanes de Cuba, era el momento de su sagrada violencia, de alzar y quemar los campos y los pueblos, las villas, las veredas, de levantarlas al grito puesto en el cielo y esgrimir el mazo contra la madre España. Allí dejaron la vida miles de humildes españoles que jamás fueron repatriados.
Desgraciadamente murieron más por enfermedades tropicales que en el campo de batalla, pero otros marcaron con su coraje las más grandiosas páginas de los libros de Historia de España.
El Diario Oficial número 43, de 25 de febrero de 1899, otorgaba a Filomeno la Cruz Laureada de San Fernando, máximo honor del ejército español, y el derecho a ser un hombre cubierto, es decir, no tener que quitarse el sombrero delante del Rey de España, porque había demostrado ser un hombre leal a su patria.
Pericles nunca se quitó su casco y Filomeno tenía el mismo honor que aquellos héroes de Grecia y que la tradición española recogía.
Al finalizar la Guerra Civil, en 1939, tuvo que desplazarse a Madrid, como Miembro Activo y Caballero de la Real Orden de San Fernando, a rubricar la concesión de la Cruz Laureada al Generalísimo Franco.
Cuando D. Filomeno falleció, quiso que su medalla luciera en el manto de la Virgen y sus descendientes la entregaron al Monasterio, donde estaba expuesta en el Joyero de la Virgen, cuando éste estaba en el Camarín.
Al hacer el nuevo Museo de Mantos y Joyas, no sé dónde habrán ubicado la máxima Condecoración que España concede a sus Héroes. A su entierro asistió la Banda de Música de Guadalupe, dirigida por Don Alfonso Moreno Collado, que fue su última actuación, pues se retiraba por enfermedad y quiso rendir un último homenaje a su paisano.
Esta Condecoración estaba dotada de una mísera paga que, al fallecer Filomeno Sánchez Rubio, como Milcíades otorgó su casco a Zeus, donó también al cenobio Guadalupense a su fallecimiento, con 85 años, el día 2 de Febrero de 1961.
Gloria y Honor, paisano.











