
El último libro de mi amigo Chemi —José Manuel López Gutiérrez para los no avanzados— es un taco. Pero un taco de los buenos buenos buenos.
“Taco”, palabra polisémica como pocas, puede significar “un trozo de madera o metal”. Ahí puede colar el libro, quizás, porque lo mismo —un “taco de madera”— fue la imagen de Jesús del Gran Poder cuando lo empezó a soñar el cordobés Juan de Mesa y Velasco. Un “taco” es “un alimento mexicano (tortilla enrollada con relleno)”, y también le cabe, porque el libro interioriza una historia bien contada, interpretada de forma más que correcta y, además, con una maquetación de Puerta del Príncipe. Y hasta un “taco” de billar puede ser el libro porque es equilibrado y rocambolesco que termina siempre, cuidado, en el hoyo de las agujas tras la carambola perfecta. Un taco de libro. Un disparate, que dijo aquel cuando escuchó un cante por soleá de Tomás de Perrate. “Taco” también es “una palabrota”. Y yo he soltado más de un “córcholis”, de un “cáspitas” o de un “repámpanos” comprobando lo que sabe este muchacho, ecijano de cuna, de flamenco y de música.
Porque el libro El cante después del cante. La era acústica 1878-1926 es un taco. Y gordo. Y lo es porque cuando lo desenvuelves y lo tocas, lo hueles —que cada uno tiene sus manías— y lo ojeas, solo te sale un “hostia, qué bueno está esto”. Desde la primera página sabes que Chemi va a formar el taco con lo que está diciendo en negro sobre blanco. Un taco gordo como los que montaba El Torta, Silvio o Rafael Amador cuando la moneda caía por la cara.
—Por el morro, tío.
Tengo la santa suerte de conocer a Chemi desde hace mucho tiempo. Quizás demasiado, que los pecados sólo se le cuentan al cura… y no todos. Lo aprecio como amigo —que siempre me lo ha demostrado—, como músico —que lo es, como la copa de un pino— y como productor —que ahí brujulea peleándose con la industria despersonalizada—. Le había leído cosas. Pero nunca con tanta enjundia y verdad. Ha tenido uno que esperar unos años para entender que Chemi sabe escribir lo mismo que rasguear la guitarra acordándose de nuestro queridísimo Rafael Amador.
En las páginas de El cante después del cante. La era acústica 1878-1926 de Chemi López arde la memoria sonora del flamenco. No es solo un libro. Es fragua de discos, agujas, cintas y estudios donde el flamenco aprendió a quedarse entre nosotros para siempre. Recorre discográficas, viejos micrófonos, la paciencia artesanal de grabar…. Señala defectos, celebra virtudes y cuenta cómo cada quejío buscó su surco. Una obra que será referencia para los que vengan detrás y para los que se creen que van por delante.
—Eso es que ellos se lo creen.
Sin partituras, pero con pulso literario, el autor escucha la historia girar como un cilindro de cera eterno, donde técnica y duende dialogan con claridad, pasión y memoria viva para quien ame el flamenco y sus sombras sonoras perdurables.
Un libro imprescindible. Repito: im-pres-cin-di-ble. Un productor musical —un músico con aires de productor— que hace tiempo que llegó para quedarse. Ahí lo tienen. Lean. Disfruten.





