Al pasar por el Caballo, que como todo sevillano sabe es el nombre que le damos a la glorieta del Cid Campeador, me acuerdo en ocasiones de aquella Feria de Muestras Iberoamericana que se estuvo celebrando en torno al edificio del Casino de la Exposición con numerosos stands de los países latinos de América hasta mediados de los años setenta del pasado siglo.
Cada uno aportaba algún producto típico, y, entre otros, era habitual tomarse un café en el stand de Colombia. Fue allí donde probé un café solo por primera vez, y creo que, desde entonces, es un aroma que me ha acompañado a lo largo de mi vida.
Más tarde supe que el origen del café en Europa está datado en el siglo XVI: llegó a nuestro continente alrededor del año 1600, gracias a los mercaderes venecianos. A finales del siglo XVII unos exploradores holandeses se apropiaron de un cafeto en Yemen y lo trasladaron al jardín botánico de Amsterdam, siendo éstos los que lo llevaron a América: Martinica primero, Guayana Francesa después y de ahí a Brasil (1727), Venezuela y Colombia (1730).
Me contaban que mi abuela Mercedes, a la que no conocí, masticaba granos de café de vez en cuando, y haciendo memoria recuerdo a mi madre con el molinillo de mano triturando el fruto tostado para conseguir el café molido, a mi padre disfrutando de un tazón de café con leche y pan migado (la achicoria, sucedáneo del café en la posguerra, había quedado atrás), y a Don Juan, mi maestro de la academia San Ignacio de Loyola en Pío XII, mandándome a por un café a media tarde al bar Caracas, haciendo las veces de botones del colegio.
De mi época de estudiante universitario, no puedo olvidar aquellos cafés bien cargados que nos ayudaban a vencer el sueño y aprovechar la noche para avanzar con aquellos temarios interminables; en cierta ocasión nos dimos el lujo mi amigo Ildefonso y yo de prepararnos un café irlandés para variar, y los ojos se nos pusieron como platos al multiplicar el whisky el efecto ansiolítico de la cafeína… Sin olvidarnos de aquellos termos que nos hacían más llevaderas las guardias cuarteleras y las largas noches de hospital que todos hemos padecido en alguna ocasión.
Es normal que todos mis hijos hayan salido cafeteros como su padre, porque cuando los sacaba de paseo con su carrito siempre les daba a probar con la cucharilla pequeña un sorbo, que ellos pedían repetir, pero que yo les negaba. Bueno, eran otros tiempos; también a los de mi generación nos daban vino quina y ponches de tinto con yema para despertar el apetito, además de palomitas de anís en Navidad, y aquí estamos.
Con la vida laboral los cafés se multiplicaron: el previo a la entrada al trabajo para despabilarnos, el del desayuno con la tostada, el de media mañana y el comercial que te tomabas siempre con algún cliente. Después del almuerzo era el cortado, y que no hubiera ninguna reunión o curso vespertino, porque en el descanso siempre te ofrecían un café.
Cuando la cafeína empezó a hacer estragos con el parpadeo o el mal de las piernas inquietas, uno se vio obligado a pasarse al descafeinado. Menos mal que los fabricantes supieron respetar el sabor del café natural en un grado aceptable.
En los últimos tiempos, conscientes las empresas de que las pausas laborales son necesarias, se fomentó el vending en casi todos los centros de trabajo y también en las facultades universitarias, y con distintas modalidades: descafeinado o no, largo o corto, con azúcar, sacarina o solo; con leche (natural, desnatada o sin lactosa) o no; caliente, templado o con hielo.
Sevilla es una ciudad muy cafetera, y de ello dan cumplida cuenta los tostaderos y distribuidores que hay o han habido en nuestra ciudad: Moca en la calle Azafrán , Trueba en la avenida Eduardo Dato (desaparecida en 1989), Valdés en la avenida de la Prensa, Saimaza (acrónimo de Sainz de la Maza) en la calle Goyeneta, adquirida en 2014 por Catunambú, en la calle Fósforo, marcas a las que se han unido recientemente en la provincia Imperiale y Mocaibo (Utrera), A.B. (Alcalá de Guadaira) y Soto (Dos Hermanas), ¡hasta la expresión “Café para todos” fue puesta de moda por un sevillano, Don Manuel Clavero Arévalo siendo ministro de Administración Territorial, cuando intentó que no hubiera discriminación entre las distintas autonomías!
El café es el primer producto agrícola intercambiado a nivel internacional en términos de volúmenes. Se estima que sólo sus exportaciones mueven más de 20 mil millones de dólares al año a nivel mundial, concentrando el Mercado de Futuros de Nueva York, operativo desde 1882, buena parte de estas transacciones.
Testigo de inspiraciones literarias, bálsamo de reconciliaciones, canalizador de ideas creativas, estímulo ante el cansancio, pucherete en veladas camperas, ayuda en la madrugada del Viernes Santo y muchas otras cosas más, bien merece que le agradezcamos a la Providencia el poder saborearlo, porque fueron muchas las generaciones que no llegaron a conocerlo.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Ay ay ay Alberto, haces un recorrido sentimental por los eventos comunes de la vida de los sevillanos siempre acompañados por un café. Decía el pregonero en su pregón: » Y el tren…… siempre el tren». Bien podríamos decir, » Y el café, siempre el café». Yo siempre he sido cafetero hasta el punto de no ir a desayunar o a tomar café en los sitios que no me gusta como lo hacen, que los hay. Es verdad que hoy en día los descafeinados ( no todos ) conservan casi todo el sabor de la negra infusión que, como bien dices, no deja de recordarnos con su aroma algún momento de nuestra vida. Nostalgia sin ira la del café. Preferentemente algún momento en el que fuimos felices, ………. y tomábamos café
Hoy gas tocado un tema muy sevillano porque, como bien dices, Sevilla es muy cafetera.
Esto te lo dice una sevillana que toma té pero a la que el olor a café le recuerda la casa familiar, en donde ese molinillo, primero manual y luego eléctrico, no paraba en todo el día.
No me gusta el café pero adoro el olor de un café recién hecho. Alegre por la mañana, que sirve para poner en marcha la vida. Evocador en la sobremesa, que nos da pié a conversaciones pausadas e íntimas.
Tienes la habilidad de traernos a la memoria pasajes de una época común.
Gracias, compañero.