Ensayo una definición general: en un conflicto entre dos países causado por uno de ellos, la solución nunca es la buena si al invertir los papeles, para el causante fuese inaceptable.
Pongamos Cuba, o México, a quienes les resultaría intolerable que EE.UU vaciara sus cárceles y aglutinara a todo el lumpen y a los desempleados de Michigan, Ohio, Alabama, Wisconsin y Nueva Jersey con la obligación de sostenerlos allí a costa del bolsillo de los mexicanos o de los cubanos. Bueno, en el bolsillo de los cubanos hay… un pañuelo.
Elijan otro ejemplo, el que más les guste, pero, por favor, ninguno de los que les sugiera Carlos Puigdemont, quien sostiene que Ceuta debería ser entregada a Marruecos por una cuestión meramente geográfica y a la vez incluye en los ‘paisos catalans’, sin cortarse un pelo de su peluca, a Córcega, Cerdeña, Baleares, Valencia, parte de Aragón, Andorra, el Rosellón francés y, si le apuran un poco, las Dos Sicilias y la Occitania casi hasta el Valle del Loira.
En Albania todavía se conserva el nombre popular de «Katallan» para referirse a un monstruo sediento de sangre que asusta a los niños y en Grecia hay múltiples refranes como el de «El griego se lavaba y el catalán se enmerdaba» o la maldición como gitana que reza «¡Así te alcance la venganza de los catalanes!», todo ello para referirse a la fama ganada a pulso por los mercenarios de la muchachada de Roger de Flor, lo que bien podría valerles para reivindicar la catalanidad de Anatolia y de los Balcanes, donde también dejaron un ácido sabor de boca en la memoria sus acciones.
Ahora traten de explicárselo de otra manera no a Puigdemont, que es un decidido supremacista e imperialista de bolsillo y tapas blandas, sino a un consumado zurdo atornillado en el concepto de los loables derechos humanos.
Aplicado a Ceuta y a Melilla, propóngales alguna opción alternativa a la del llanto y el sahumerio en favor de la acogida masiva de inmigrantes que les atasca la meninge.
Tres opciones diferentes que contribuyan a desatascar el problema fuera de la opción de que nos quedemos en casa con todo el que traspase la línea de frontera:
1) Dado que en Marruecos no hay el menor respeto por los derechos humanos, quizá lo que procedería en la buena lógica solidaria del concienciadito, sería enviar a la Legión y a todas nuestras tropas a imponer allí las garantías necesarias de respeto a los derechos civiles mínimos. Vamos, todos por la causa.
2) La segunda opción, a elegir, tendría un cierto valor probatorio de la bondad de sus propuestas, que consistiría en meter en Gibraltar, incluso a nado, a unos miles de adultos y menores de edad a la espera de que los mantenga la Seguridad Social de Su Graciosa Majestad. A ver qué pasa.
y 3) Que se tiren todos los zurdos en marabunta contra la valla de la aduana marroquí en Ceuta y en Melilla y al menos entenderán en qué consiste una verdadera «crisis humanitaria», que es la denominación usada por la megafonía progre de La Sexta y de varios Ministerios.
Son opciones y supongo que podremos negociar, oiga, porque lo que no se entiende es la empanada mental en la Junta de Andalucía y en especial en esa consejera de C’s, Rocío Rus, pero tampoco en la Iglesia de Bergoglio y en otras cepas que sugieren que los acuerdos internacionales exigen dar acogimiento de por vida a menores de edad.
Y no, lo que existe en esos acuerdos se refiere a una acogida temporal en protección de los menores y más a largo plazo sólo en el caso de que se encuentren en circunstancias especiales por imposibilidad de identificación, pues de lo contrario estaríamos contribuyendo a una especie de trata de menores y de secuestros masivos y facilitando una trama de deportaciones desde sus lugares de origen.
Un menor a flote no es un objeto encontrado en la mar del que puedas hacer uso a tu capricho o quedártelo como dicta la ley del mar, menos aún obligarte a ello, sino que procede, tras otorgarle la debida protección, instar a la identificación del mismo y devolverlo con sus padres, porque es su derecho y el de sus familias y el bien jurídico a proteger, no siendo que el menor haya huido en contra del criterio de sus tutores naturales y legales o haya sido secuestrado o utilizado con fines malévolos, en cuyo caso, el Estado que los acoge se habría convertido no ya en una casa-cuna donde dejar abandonados a los hijos no deseados de todo el continente, sino en colaboradores y cómplices necesarios de las mafias más sanguinarias de reclutamiento.
En las sucesivas crisis del verano de 2006 en Ceuta y en Melilla, yo mismo pude comprobar, enviado por mi querido director de ABC Ignacio Camacho, que en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla se amontonaban cientos de chavales de los pueblos de alrededor de la ciudad que incluso los fines de semana regresaban a sus casas como si fuesen internos en un colegio y el lunes reaparecían dispuestos a tocarse el violón, privándose hasta de ir a la escuela que distaba apenas 1 km de aquel lugar.
Por lo demás, facilitar la fuga y apropiarte de un menor que escapa de su casa y al que tienes identificado y localizada a su familia sin gran esfuerzo, constituye, más allá de las condiciones de vida de su familia en su propio país, una cabronada de marca mayor, porque hurtas a ese núcleo familiar la posibilidad de sustento a medio plazo, pues los hijos son a menudo la forma más común de sostén en la mayor parte de África. ¿O por qué razón se piensan estos progres que no prosperan sus teorías de aborto y control de la natalidad en el continente africano y en aquellos otros países donde la mera subsistencia depende de la reproducción y perpetuación de la prole y de la sucesiva ampliación de colaboración en la familia, en la tribu y en la comunidad?
He dicho.





