Fue consciente y proclamó un primer aviso o les traiciona el subconsciente…; o, como diría un buen freudiano, el inconsciente, porque el subconsciente no existe.
El portavoz de ayer en el Congreso de los Diputados de Unidas Podemos, Jaume Asens Llodrà, abogado, licenciado en Derecho y Filosofía, además de en Ciencias Políticas (es decir, no un ágrafo cualquiera), derrapó en la primera curva que le brindó su discurso al abordar el debate sobre las enmiendas a la totalidad presentadas por cuatro grupos de la oposición sobre el decreto previsto por el gobierno para estrangular los nombramientos del Poder Judicial.
El derrape argumental del diputado de Ada Colau le sacó de la vía democrática y le llevó a estamparse de manera explícita contra el árbol más común, siniestro y conocido del chavismo, del castrismo y, en general, del comunismo, que consiste, una vez que alcanzas el poder, en inventar cualquier excusa para que no vuelvan a celebrarse nunca más unas elecciones libres.
«¿Se imaginan -dijo ayer desde la tribuna del Congreso- que el Poder Ejecutivo, cuando acabe el mandato en 2023, no convoca elecciones y secuestra el gobierno hasta que ustedes rompan con Vox…?
Nos pedía a todos un esfuerzo de imaginación, como quien revela: «Yo ya lo he pensado… y ahora hagan ustedes ese esfuerzo». Y el problema del circunloquio del diputado es que no resulta del todo inocente y hasta parece verosímil si tomamos en cuenta las muchas pulsiones detectadas en otros compañeros de coalición, empezando por Pablo Iglesias y siguiendo por Iñigo Errejón, Juan Carlos Monedero y muchos más, todos ellos activistas y declarados admiradores de los métodos chavistas durante el asalto al poder que aplastó las reglas de la democracia en Venezuela.
El Marqués de La Tuerka llegó incluso a explicarlo con toda claridad cuando justificó en una intervención pública que el término democracia era positivo y debían apropiarse de él de forma instrumental, sólo para acceder al poder, a la vez que reconocía la necesidad de cabalgar contradicciones recibiendo apoyo financiero de Irán. Y ya que eso de lapidar a mujeres y ahorcar a homosexuales no era muy vendible, mejor incorporar a sus discurso el término democracia hasta alcanzar la cima.
Así es como funciona esto, bajo «secuestro», de modo que no resulta del todo extraño que los dirigentes de Podemos expriman su bilis cuando escuchan el nombre de José Antonio Ortega Lara, presidente honorífico de Vox y la víctima del secuestro más largo y cruel en un zulo minúsculo de sus amigos de la ETA del que guarde memoria la era moderna.
La cuestión, como digo, es que el plan que se adivina en la hipótesis retórica del diputado comunista resulta creíble y casi parece un anuncio o una amenaza, un anticipo, un «avant la lettre» de lo que nos espera si nadie lo remedia.
La futilidad de la ocasión para el empleo de dicha retórica sólo agrava el dislate y la metedura de pata, porque al verbalizarse cobra forma y toma visos de realidad, y una vez colocado el plato en la mesa sólo bastará rellenarlo con los macarrones necesarios para que se convierta en parte del menú.
A Iván Redondo, según le hemos oído muchas veces, nada de esto le preocupa, porque primero están las emociones, suele decir, y ya después de eso, si alcanza, uno se pone a pensar.
Así que el juego consiste en llenarlo todo de palabrería recargada de términos positivos frente a términos negativos, hasta convertir la escena en un retablo barroco, o más bien rococó, donde Iceta aparezca como «un estudioso» (de nada) e Illa como un gran y humilde gestor, cuyos silencios y ocultaciones no abrasan, sino que son un signo inconfundible de su modestia proverbial, mientras que en el otro lado, según Iván Redondo, todo es, obviamente, ultra derecha, extremismo y sinrazón.
Nadie que se pare a pensar un minuto será capaz de entender que la campaña de vacunación se ralentizara primero por falta de jeringuillas y poco después por desabastecimiento de vacunas, pero menos se puede entender que al mismo tiempo que sucedía esto el gobierno estuviera revendiendo parte de su cuota de vacunas a terceros países, en un afán que ellos califican de solidario pero que constituye un acto de crueldad absoluta con la propia población española, que es la que ha pagado con sus impuestos esas dosis en mitad de una crisis colosal.
Las cifras del paro son a estas alturas escandalosas y aún no ha asomado el iceberg en su verdadera dimensión, que aflorará cuando baje el nivel del agua del presupuesto y quede a la vista la inmensidad de la montaña de hielo que nos ha dejado este gobierno a la deriva, sólo preocupado de salvar al capitán, enfundado en sus entorchados y en su pechera de simuladas medallas que le va colocando Iván Redondo a medida que Jaume Asens apela a nuestra imaginación desde la cofa para que nos vayamos haciendo a la idea de que no habrá nunca más una democracia.
He dicho.





