
El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. Rodrigo Ponce de León (I)
Estimados lectores: esta semana continuamos con el insigne personaje que nos ocupa, Rodrigo Ponce de León.
Su personalidad no solo se manifestó en lo militar y caballeresco; poseía una religiosidad muy marcada, con especial énfasis en la devoción mariana, y fue notable también la inclinación mesiánica de los últimos años de su vida (influido sin duda por los acontecimientos políticos y militares que le tocó vivir, y, en buena medida, protagonizar), manifestada en la carta que dirigió a los nobles castellanos en 1486, en la que profetizaba que el rey Fernando el Católico no solo conquistaría en breve Granada, sino también todo el norte de África y Jerusalén. Además fue también un estimable gobernante de sus estados señoriales, que engrandeció con las mercedes recibidas, los gobernó mediante alcaides mayores y corregidores así como también Cádiz, por medio de un asistente, mejorándolos con inteligentes medidas y aprovechando las favorables circunstancias económicas generales de la segunda mitad del siglo XV (así, por ejemplo, Cádiz avanzó en su conversión en uno de los principales puertos atlánticos, cabeza del comercio africano y Chipiona fue repoblada desde 1477). Con esas circunstancias tan favorables vio aumentado su patrimonio: Pruna la adquirió en 1482, Zahara (como ya se sabe) se la cedieron los Reyes Católicos en 1484, y, posteriormente, en 1490 el lugar del Puente de Zuazo (actual San Fernando), que se llamaría Isla de León, en recuerdo de su apellido. Asimismo, por su gran lealtad y compromiso, los Reyes Católicos le entregaron Villaluenga, Grazalema, Ubrique, Benaocaz, Cardela y Aznalmara – con el compromiso de repoblar- a las que se unió Casares en 1491.
También fue muy estimado por sus relevantes virtudes morales (oía misa diariamente), y tenía capilla en su casa, en la collación de Santa Catalina, en el palacio que había en la actual plaza Ponce de León, (donde estuvo el célebre colegio de los Padres Escolapios, del que, por otra parte, tuve la fortuna de ser alumno). Solía celebrar solemnemente las fiestas de Nuestra Señora de la O y de la Anunciación en sus dominios, y daba grandes limosnas; además, le gustaba reparar castillos y fortalezas, era templado en la bebida y en la comida, trataba bien a sus vasallos, aborrecía a la gente traidora, ladrona, cobarde y lisonjera, era muy buen amigo y galante con las mujeres, no consintiendo que nadie se burlara o infamara a alguna. Cuando la Inquisición se estableció en Sevilla, en 1481 muchos judíos conversos fueron acogidos por Rodrigo Ponce de León en sus posesiones, haciendo caso omiso a las amenazas de excomunión, confiscación de bienes y otras privaciones, y poniéndolos bajo su protección asentándolos en algunas villas (Marchena, Los Palacios, Mairena del Alcor…)
Hacia 1488 su salud empezó a resentirse con “ ciertas calenturas “ debido, probablemente, a la fatiga de su vida, por tanto esfuerzo, pero se recuperó curado por dos médicos que los Reyes Católicos habían puesto a su disposición, ordenándoles que les informaran constantemente de su estado de salud, aunque volvió a recaer pasado un tiempo y falleciendo por opilación, finalmente, en Sevilla el 27 de agosto de 1492, a los 49 años de edad (tres días antes había muerto repentinamente en Sanlúcar de Barrameda su antiguo enemigo Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia). El pueblo sevillano se echó a la calle para acompañar al cortejo fúnebre (como cuenta el cronista Andrés Bernáldez) y tuvo un entierro multitudinario, como prueba de la estima social y la admiración que se le tenía (a pesar de que en 1471 había sido expulsado de Sevilla, la misma ciudad que lo había considerado como enemigo); se cuenta que las mujeres iban por la calle enlutadas y llorando. Su muerte fue muy sentida, acompañando su cadáver ambos Cabildos (catedralicio y municipal), lamentando también profundamente su fallecimiento los Reyes Católicos. Fue enterrado en la capilla mayor de la iglesia del convento de San Agustín (del que había sido un gran bienhechor, costeando algunas de sus obras de construcción), en el panteón de su linaje. Desgraciadamente su sepulcro, como los del resto de la familia Ponce de León, fue destruido por los franceses durante la invasión napoleónica, convirtiéndose en cuartel en 1810. En 1818 se realizaron unas nuevas lápidas, costeadas por la duquesa de Gandía, y en 1835, con motivo de la desamortización eclesiástica de Mendizábal, las tumbas fueron trasladadas a la iglesia de la Anunciación a instancias del clérigo Manuel López Cepero, con la autorización de los herederos en 1840, representados por el duque de Osuna. En la década de 1970 se trasladaron al Panteón de Sevillanos Ilustres, de la misma iglesia.
Al fallecer, era poseedor de una inmensa fortuna y de gran cantidad de tierras, y el 15 de agosto, unos días antes de morir, había otorgado testamento en el que dejaba como heredero del mayorazgo a su nieto Rodrigo y a su viuda Beatriz Pacheco como albacea, tutora y administradora de todos sus bienes. Al no tener hijos con Beatriz, esta ausencia fue suplida por la mayor de las tres hijas que había tenido con Inés de la Fuente, vecina soltera de Marchena, antes de su matrimonio con Beatriz Pacheco, descendencia que fue legitimada .Esta hija mayor se llamaba Francisca, casada con su primo Luis Ponce de León y Figueroa, primogénito de la línea legítima del linaje más próxima, y el hijo de ambos, llamado Rodrigo como su abuelo, fue el designado para heredar sus derechos, títulos y señoríos ( que comprendían, en ese momento, Cádiz, con título de marqués y de duque, Arcos de la Frontera, con título de conde y de duque, las villas de Marchena, Rota, Mairena del Alcor, Zahara y Bailén, con título de marqués, Casares, Pruna, las villas de la serranía de Villaluenga ( Villaluenga, Aznalmazara, Cardela, Archite, Ubrique, Benaocaz, y Grazalema ), las de Los Palacios, Paradas, Chipiona, y el castillo y la isla de León, así como los castillos de Lopera y de Gigonza; además de las casas principales de Sevilla ( en la collación de Santa Catalina ), y otras casa en Carmona, Málaga y Granada, y también las salinas de Tarifa, aceñas y muchas tierras, ubicadas, fundamentalmente, en las villas y lugares de su señorío, con situación privilegiada y participaciones en las rentas reales ). Al tener Rodrigo solamente dos años de edad, aunque vivían sus padres, nombró tutora a su esposa Beatriz, como ya se dijo anteriormente, prohibiendo expresamente que Francisca y su marido, que ya habían renunciado a cualquier derecho sucesorio sobre el mayorazgo, administraran la herencia. Así consiguió resolver Rodrigo el arduo problema de la sucesión en el mayorazgo de su casa o linaje, y además, con todas estas disposiciones, pretendía blindar su mayorazgo frente a las apetencias de otros miembros de la familia (como su hermano Manuel, por ejemplo, que había roto la relación con Rodrigo antaño, por reclamar parte del patrimonio, convirtiéndose en enemigo y aliándose con Enrique, el duque de Medina Sidonia).
Como herencia propia, Francisca fue beneficiada con un mayorazgo menor basado en el castillo y heredamientos de la Monclova (que más tarde debería recaer en el titular del mayorazgo principal). Las otras dos hijas de Rodrigo, María y Leonor, casaron respectivamente con Rodrigo Messía Carrillo (señor de La Guardia, de Santa Eufemia y de El Guijo), y con Francisco Enríquez Ribera (conde de Los Molares, señor de Tarifa, de Alcalá de los Gazules y de Cañete, y Adelantado mayor de Andalucía). Leonor fue beneficiada con otro mayorazgo menor, fundado en la década de 1480, que incluía el lugar de Guadajoz y un importante lote de donadíos y tierras en el entorno de Carmona y de Sevilla; y María , en cambio, solamente recibió la dote y una suma de dinero para adquirir heredades.
Rodrigo Ponce de León consiguió brillar con luz propia dentro de su época, y su talla política fue aumentando en el transcurso de los años y en la medida en que hizo suyos los proyectos e ideales de la Monarquía. De hombre banderizo, aumentando su poder y fortuna a toda costa frente a sus rivales, creció hasta convertirse en un nuevo Cid, un héroe de leyenda que se extinguió al mismo tiempo que lo hacía la frontera a la que debió su fama y en la que encontró ocasión de realizar la vida de caballero para la que había nacido. Fue un refundador de su linaje, y el magnífico mayorazgo que fundó en 1492 identificaría durante siglos a la casa de Arcos, ofreciendo las bases materiales para que su descendencia pudiera perdurar entre la más alta nobleza.
En reconocimiento a su labor y vínculos con la ciudad de Sevilla, su imagen tiene hoy un lugar destacado en la galería de Doce Sevillanos Ilustres del Palacio de San Telmo, obra realizada por el escultor sevillano Antonio Susillo.





