
Estimados lectores, esta semana voy a hablar de otro personaje, también perteneciente a la colección Montpensier, brillante aristócrata y célebre militar que fue uno de los principales capitanes de los Reyes Católicos en la Guerra de Granada y llegó a ser comparado con el mismo Cid Campeador.
Rodrigo Ponce de León y Núñez, conde y duque de Arcos, marqués y duque de Cádiz, marqués de Zahara y señor de Marchena, marqués de Marchena, de Rota, de Mairena del Alcor y de Bailén, fue un noble y militar castellano, nacido, al parecer, en 1443, en la heredad de la Torre de los Navarros, cerca de la villa sevillana de Mairena del Alcor ( hay quien opina que nació en Arcos de la Frontera ) en la que transcurrieron los primeros años de su vida. Era el segundo hijo de Juan Ponce de León y Ayala, II conde de Arcos y I marqués de Cádiz y de Leonor Núñez. Su vida cambió drásticamente tras la muerte de su hermano primogénito Pedro en 1459, convirtiéndose en heredero de la casa; ello llevó al intento de anulación de su matrimonio con Beatriz Marmolejo, a la que había desposado el 6 de febrero de 1457. Lo que era una buena boda para un segundón se convirtió en un grave problema para la política matrimonial de su padre Juan Ponce de León, quien ya en 1460 había propuesto a Juan Pacheco, marqués de Villena y poderoso valido de Enrique IV, el enlace de Rodrigo con una de sus hijas, por lo que fue preciso conseguir la anulación de los esponsales previos, lo que, junto con los vaivenes políticos de esos años demoró el arreglo hasta 1470. Comenzó pronto su carrera militar siguiendo a su padre y apoyando al rey Enrique IV de Castilla contra la nobleza rebelde; por las acciones en el cerco de Cádiz, el rey nombró marqués de Cádiz a Juan Ponce de León, aunque el título lo llevará su hijo Rodrigo por haber ayudado a su padre en la conquista de dicha ciudad, incluso antes de la muerte de su progenitor (en 1484, los Reyes Católicos elevaron dicho marquesado a ducado). Era el hijo preferido de su padre convirtiéndose en su mano derecha, favorecido por la muerte de su hermano Pedro, y adquiriendo fama de buen guerrero. Ya desde su juventud, Rodrigo se convirtió en un importante apoyo de su padre en el gobierno de su casa y en la defensa de la frontera, llevando a cabo correrías contra los musulmanes del reino de Granada. Su valor y dotes guerreras quedaron acreditadas ,desde muy joven (iniciado en las armas en 1462, en la batalla del Madroño), por su brillante intervención al frente de su hueste, donde desbarató una importante cabalgada mandada por el infante granadino Muley Hacén, comportándose con gran audacia y decisión, siendo gravemente herido en un brazo. Participó en el sitio y en la conquista de Gibraltar, y por la disputa con el duque de Medina Sidonia por la posesión de dicha plaza surgió la rivalidad y el enfrentamiento entre las dos casas nobiliarias (Arcos y Medina Sidonia), alternándose con treguas, por intereses comunes. A la muerte de su padre heredó sus títulos y posesiones, previo consentimiento real. Posteriormente, Rodrigo continuó apoyando al rey Enrique IV contra Enrique Pérez de Guzmán y Fonseca, II duque de Medina Sidonia, apoderándose de Jerez de la Frontera y de Alcalá de Guadaira. En 1466 aplastó una sublevación nobiliaria en Cádiz en nombre de la Corona, aunque luego decidió tomar posesión de la villa, aprovechando la debilidad regia, pasando a formar parte del señorío de los Ponce de León. El rey Enrique IV confirmó el dominio de Rodrigo del señorío de Cádiz, y su título de marqués, además de otras mercedes, como el dominio de todas las nuevas minas que se hallasen en Andalucía, o el nombramiento de corregidor de Jerez de la Frontera. Durante unos años, (1470-1474, aproximadamente) debido a la enemistad entre ambos linajes nobiliarios, hubo una sangrienta guerra sin cuartel entre Rodrigo Ponce de León y Enrique de Guzmán -que se odiaban- por el dominio de la Baja Andalucía; disputándose tierras, con equilibrio de fuerzas, y por el control de Sevilla, que era entonces la principal ciudad de la Corona de Castilla, y la más poblada, debido al control del comercio entre el Mediterráneo y el Atlántico que se estaba efectuando en ella, convirtiéndose en un sangriento campo de batalla con muchos muertos y heridos. Rodrigo tuvo que huir temporalmente de Sevilla, partidaria mayoritariamente de Enrique, duque de Medina Sidonia, y refugiarse en Alcalá de Guadaira. Rodrigo supo reaccionar enseguida y reforzó su hueste con vasallos y una amplia red de alianzas, ya que tenía facilidad para atraerse voluntades por su talante cordial y su elocuencia, movilizando un considerable número de fuerzas que le dieron una superioridad táctica indiscutible. De este modo llegó a cercar Sevilla, a atacar por tierra y por mar Sanlúcar de Barrameda y a ocupar Medina Sidonia momentáneamente, cortando en dos los dominios de Enrique de Guzmán, lo cual le dio un prestigio importante, así como poder para armar almadrabas en Cádiz en la pesca del atún, perdiendo el duque de Medina Sidonia el monopolio de esta actividad pesquera.
El 20 de mayo de 1474 se firmaron las paces de Marchenilla, entre las dos casas nobiliarias, con la restitución general de propiedades. Al aliarse el duque Enrique de Medina Sidonia con los futuros Reyes Católicos, a los que prestó juramento de fidelidad, y servicio incondicional, y poniendo a su disposición todos sus castillos y fortalezas, Rodrigo Ponce de León quedó más dependiente del rey Enrique IV, y a la muerte del monarca, durante la guerra civil castellana, apoyó y tomó partido por Juana la Beltraneja, hija del rey fallecido, contra Isabel de Trastámara ( futura reina Católica ), ya que estaba casado con Beatriz, hija de Juan Pacheco, marqués de Villena, partidario de Enrique IV, por lo que era reacio, en un principio, a mostrarse partidario de Isabel . Si bien, nunca se unió al bando de Juana de forma abierta ni luchó contra su rival Isabel, manteniéndose expectante; no obstante, al verse sin apoyos y ante la amenaza de quedar como rebelde, decidió, apresuradamente, pedir el perdón real. Afianzada en el trono de Castilla doña Isabel, Rodrigo, a pesar de no simpatizar con ella, en abril de 1477, aprovechando la estancia de la reina en Sevilla, se presentó ante ella en el Alcázar, de noche y sin previo aviso, y la reconoció como soberana hincando la rodilla ante ella. Así le rindió homenaje, sometiéndose a la Corona y diluyendo también las sospechas que sobre su fidelidad extendían sus enemigos, tan poderosos en Sevilla (el duque de Medina Sidonia había acusado a Rodrigo ante la reina de ciertas violencias cometidas por éste y que debían ser castigadas y ésta se indignó al considerar que la ausencia de Rodrigo ratificaba la información recibida). Isabel quedó gratamente sorprendida por este gesto y lo recibió cortésmente y con cordialidad. A cambio de su pleitesía lo perdonó, a pesar de su tardía obediencia, olvidando su actitud hostil o ambigua, con el propósito de que se acabaran las continuas peleas entre Rodrigo y el duque de Medina Sidonia (en principio, le prohibió tanto a él como al de Medina Sidonia que entraran en Sevilla, para evitar que hubiera disturbios si coincidían ambos allí) y además le confirmó todos sus títulos, privilegios y las principales mercedes conseguidas (especialmente la donación que le hizo Enrique IV a Rodrigo de Cádiz con todos sus honores) y le concedió garantías sobre su casa y estados señoriales. Rodrigo, a su vez, le hizo entrega a la reina de las llaves de Jerez, Alcalá de Guadaira, Constantina y de otras fortalezas conquistadas por él. La reconciliación fue total y sería al servicio de la reina Isabel donde Rodrigo iba a encontrar mayor gloria. Los Reyes Católicos visitaron los dominios de ambos nobles, y, tanto Rodrigo Ponce de León como Enrique de Medina Sidonia, los recibieron cordialmente y los agasajaron, Rodrigo en Marchena y Enrique en Sanlúcar de Barrameda.
A partir de ese momento, Rodrigo Ponce de León se convirtió en el adalid de los Reyes Católicos, y en un leal colaborador, sometiendo a la autoridad regia a algún noble que se mantenía aún insurrecto, e identificándose con el ideal de la Monarquía.
Fue un súbdito leal, bravo paladín, consejero valioso y acertado y hombre de confianza de los Reyes Católicos, se adhirió y se identificó con los proyectos políticos e ideales de los soberanos y fue el último de los señores feudales andaluces, ya que la política centralizadora de dichos monarcas le obligó a dejar sus guerras privadas para dedicarse al servicio de la Corona, a la que se consagró sin reservas. Defendió el estrecho de Gibraltar, y, como capitán general de la frontera, participó en la guerra contra el reino musulmán de Granada, que fue la última guerra de la Reconquista, encauzando así su belicosidad y ayudando a los reyes con su valor guerrero y su gran estrategia en la toma de muchas villas y ciudades, siendo uno de los principales capitanes de los monarcas. Fue el principal caudillo cristiano de dicha guerra, en la que se distinguió, haciéndose merecedor del favor y del afecto de los Reyes Católicos y convirtiéndose en un personaje de la talla del Cid Campeador, como subrayaron algunos cronistas de la época. Su conocimiento de los musulmanes granadinos y del reino de Granada, así como su audacia, inteligencia, prudencia y generosidad, además de su esfuerzo y decisión, lo convirtieron en una figura clave y en el principal colaborador de los monarcas para que éstos se hiciesen con el dominio de dicho reino. Su comportamiento y su valía durante esos años de guerra proporcionaron a Rodrigo la admiración y la estima de los Reyes Católicos – era visto como modelo de vasallo y asistente de la Monarquía- y también como un capitán legendario y compendio de las virtudes de la Caballería. Fue elogiado por sus contemporáneos e historiadores y se menciona su nombre en todas las crónicas de la conquista, unido al de los más valerosos capitanes y a los más brillantes hechos de armas.
Según dijo Andrés Bernáldez, cronista de los Reyes Católicos, era “caballero muy querido, y, como el Cid, estimado por amigos y enemigos “. A lo largo de la década de 1480, llevó a cabo Rodrigo una incansable actividad, participando prácticamente en todas las campañas de guerra, llevando la iniciativa y manteniéndose siempre alerta y con las armas preparadas, teniendo confianza en la victoria. Fue un guerrero siempre dispuesto a entrar en combate y un héroe indiscutible de la guerra de Granada; era constante, esforzado y arriesgado, llegando a poner en peligro su vida en algunas ocasiones. Se le denominó “nuevo Cid “y “martillo de moros”, y poseía cierto providencialismo, considerándose designado por Dios como instrumento para cumplir su voluntad: paladín de la fe y defensor de la Cristiandad frente al enemigo musulmán. Sus victorias militares le dieron fama y honor, y después de cada campaña bélica solía retirarse a descansar a su villa de Marchena, considerada como el centro de sus estados señoriales, siendo acogido allí en un ambiente festivo; allí recibía a los mensajeros reales, y tras reponerse, partía para una nueva campaña militar. Era habitual que el rey Fernando lo acompañara en la conquista de las plazas fuertes y que la reina Isabel se uniera una vez conquistadas( e incluso parece ser que Isabel estuvo presente en algunos asedios) .Rotas las treguas entre cristianos y musulmanes y reanudadas las hostilidades con el reino moro de Granada, hubo un período de agitación fronteriza, con correrías, algaradas, escaramuzas y conquistas, aprovechando los musulmanes granadinos para conquistar Zahara, lo cual fue considerado como el primer acto de la definitiva guerra de Granada ( 27 de diciembre de 1481).
Como respuesta, Rodrigo conquistó Alhama ( con la ayuda del asistente de Sevilla Diego de Merlo ) el 28 de febrero de 1482, de gran valor estratégico, tras una encarnizada lucha, en la que dio muestra de su caballerosidad, en el buen trato y en el amparo que dio a las mujeres musulmanas, y en el respeto de las vidas y bienes de sus habitantes, liberando, además, a muchos cristianos que estaban prisioneros en las mazmorras; tras el intento fallido de los musulmanes de reconquistarla, cercándola, solicitó ayuda militar, y, entre los refuerzos que acudieron en su socorro, destacó el propio duque de Medina Sidonia, su antiguo y más encarnizado enemigo, muy oportuno, liberando el cerco y salvándole la vida, fundiéndose en un abrazo con Rodrigo Ponce de León a las puertas de la ciudad olvidando ambos su antigua enemistad, y reconciliándose allí, sellando una paz sincera y surgiendo una amistad entre ellos ( como demostró el hecho de agasajar Rodrigo Ponce de León a Enrique Guzmán de Medina Sidonia en Marchena ). Esta conquista supuso un gran golpe moral para los musulmanes, participando Enrique también en la guerra de Granada. Posteriormente, aunque conoció la amargura de la derrota de la Ajarquía el 21 de marzo de 1.483 (campaña a la que había puesto objeciones) donde perdió a tres hermanos, dos sobrinos, varios de sus mejores amigos y numerosos vasallos, en octubre de dicho año obtuvo la victoriosa batalla de Lopera, éxito muy importante porque quebrantó el poder musulmán de Ronda y de Málaga, e hizo posible la inmediata reconquista de Zahara por Rodrigo el 29 de octubre de 1483. El impacto de esta recuperación fue enorme, satisfaciendo tanto a los Reyes Católicos, que le cedieron Zahara por juro de heredad con el título de marqués, además de elevar su marquesado de Cádiz a ducado (como ya se dijo en su momento). Acompañó al rey Fernando el Católico en el fallido asedio de Loja, e intervino en la batalla de Lucena, también en 1483, (donde cayó preso el rey Boabdil, aconsejando Rodrigo a los monarcas, como hábil político, que se le liberara y se le devolviera el trono para que continuara la guerra civil contra su padre Muley Hacén y su tío el Zagal, siguiendo, de este modo, el reino de Granada dividido). Además, conquistó la fortaleza de Tájara también en 1483, Álora, Alozaina y Setenil en 1484, y sofocó la revuelta de Gaucín , Casarabonela , Coín, Ronda y su serranía y Marbella (sin combatir) en 1485, Loja, Íllora y gran parte de la Vega de Granada en 1486, y en 1487 Benamejí, Vélez- Málaga y la propia Málaga ( conquistada ésta por Rodrigo, por encargo del rey Fernando, tras un largo asedio el 19 de agosto de 1487 ).
Era costumbre del rey Fernando el Católico enviarlo por delante del ejército en vanguardia, para aislar la plaza que se iba a cercar e impedir la llegada de refuerzos enemigos; esta operación era muy peligrosa y de gran trascendencia para el éxito posterior, ejecutándola siempre Rodrigo con diligencia y maestría. Su prestigio fue común a musulmanes y cristianos y aquéllos solían recurrir a él para allanar el camino de las negociaciones y tratos, ya que era fiel a lo pactado, además de clemente y generoso. Los Reyes Católicos le daban muestras de su aprecio por lo que la reina Isabel la Católica, en cierta ocasión, le pidió que la escoltase en su visita a la hueste y a las plazas conquistadas hasta ese momento, saliendo Rodrigo a recibirla en la Peña de los Enamorados, cerca de Archidona, en la linde de la vieja frontera, por Loja, y llevándola hasta Íllora, donde la esperaba el rey Fernando el Católico con todo el ejército. En el invierno de 1487 a 1488 le fue encargado a Rodrigo la vigilancia y supervisión de toda la frontera y de las plazas conquistadas, lo que realizó personalmente.
En 1488, tras un breve paréntesis en las campañas militares, debido al cansancio propio de los años transcurridos en guerra, se reanudaron los combates y Rodrigo Ponce de León continuó con sus victorias militares, conquistando Vélez Rubio, Vélez Blanco y Vera (ésta última plaza capituló el 10 de junio de dicho año, tras ser sitiada por Rodrigo); en 1489 estuvo en el durísimo cerco de Baza, de principio a fin, socorriendo al rey Fernando con eficacia (de junio a diciembre), y el 26 de diciembre capituló Almería, así como Almuñécar y Salobreña. Y en septiembre de 1490 se conquistó Guadix.
A partir de este momento, Granada quedó totalmente aislada, y asediada, y Rodrigo estuvo presente en el campamento militar que se erigió en Santa Fe. Aún brilló en algunos encuentros con los musulmanes, como en la batalla de La Zubia, una aldea de la vega granadina, originado dicho conflicto por el deseo de la reina Isabel la Católica, estando en su campamento de Santa Fe en el verano de 1491, de aproximarse lo más cerca posible de la ciudad de Granada, que ya estaba cercada, para poder contemplar su belleza y la de sus alrededores, llegando hasta La Zubia con un fuerte contingente militar al mando de Rodrigo Ponce de León. Fueron atacados por otro contingente de musulmanes, entablándose un violento combate en el que vencieron las tropas cristianas, y donde destacó Rodrigo, que según se cuenta, defendió personalmente a la reina. Y , finalmente, también estuvo presente en la rendición de la ciudad de Granada, que puso fin a la guerra, y en la entrega de dicha ciudad por el rey Boabdil a los Reyes Católicos, participando en la confirmación de las Capitulaciones de Granada, también llamadas Tratado de Granada ( 2 de enero de 1492 ).
La semana que viene continuaremos conociendo a este tan singular personaje. Saludos, queridos lectores.






2 Comments
He descubierto que fue un antepasado mio, 20 generaciones
Interesante artículo.
la Torre de los Navarros dónde se encuentra exactamente?
soy de la zona y nunca escuché de ella, ni encuentro datos o mapas donde la ubiquen.
un saludo