
El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El Cardenal Wiseman (I)
Continuamos esta semana, estimados lectores, conociendo más de la vida y obra de Nicholas Patrick Stephen Wiseman , personaje tan destacado como desconocido para los sevillanos.
En esta nueva etapa, le sobrevino a Wiseman un serio problema personal que lo llevó a un debate interior entre fe e incredulidad, y al parecer, esta crisis es posible que empezara tras la publicación de la Horae Syriacae; mientras realizaba su estudio filológico de los textos siríacos del Antiguo Testamento se dio cuenta de que los textos bíblicos, considerados por la Iglesia como revelación de Dios a través de sus autores, eran escritos con limitaciones, influencias e interpretaciones de cualquier discurso humano, y muchas de sus afirmaciones no eran originales, ya que se encontraban en escritos más antiguos, y ello unido a los conflictos que empezaban a surgir entre la cosmología del Génesis y los datos que iba descubriendo la investigación científica hizo que el problema se hiciera más serio para un intelectual como Wiseman. ¿ Dónde quedaban, pues, el carácter sobrenatural, divino de dichos textos, y las características que los constituían como única, infalible y auténtica “ palabra de Dios.” ? Al guardar cuidadosamente sus escritos, con reserva, en la estricta intimidad, es difícil precisar las causas, duración y solución de su crisis; parece que duró varios años, siendo una severa prueba de fe de la que no le fue fácil salir, ya que al ser un hombre estudioso encontró más dificultad para resolver sus dudas, producidas por sus estudios que le llevaron a buscar, casi agónicamente, pruebas para apuntalar su fe, y esa lucha interior le hizo perder el gusto por algo que le satisfacía bastante y le llenaba de paz, como eran las ceremonias de la Iglesia, afectándole, incluso, a su salud. Se fue recuperando poco a poco, pronunciando en el palacio Odescalchi doce extensas conferencias cuaresmales sobre la relación entre la ciencia y la religión revelada que fueron muy bien recibidas por el público y sirvieron, además, para confirmar su buena reputación académica y compatibilizar los datos de la fe con la ciencia, estando convencido de que a medida de que la ciencia progresara sería más fácil armonizar sus conclusiones con las verdades que enseñaba la revelación, siendo publicadas en 1836 en Londres con mucho éxito; finalmente, logró superar su crisis dando prioridad a los datos de la revelación sobre los de la ciencia.
Al mismo tiempo de su crisis personal la vida siguió durante esos años. Wiseman empezó a perder interés por su carrera académica (tal vez como una manera de escapar a los problemas de fe que tenía planteados) y miró hacia Inglaterra, interesado en regresar allí. El Colegio Inglés, al fin y al cabo, era un trozo de Inglaterra en Roma, y podía ayudar a recuperar su interés por trabajar allí pastoralmente aprovechando las ventajas que ofrecía a la Iglesia católica la ley de emancipación para recobrar el lugar que le correspondía por su antigua historia. Sus años de Rector fueron muy intensos, y tuvo más actividades fuera del Colegio Inglés que dentro de él. Era catedrático de lenguas orientales de la Universidad de Roma, lo que significaba docencia e investigación en un tema en el que había mucho que investigar; también tenía excelentes relaciones personales con la Curia Romana, empezando por el mismo Papa y era, además, agente de los vicarios ante la Congregación de Propaganda, cargo que después de la emancipación le fue ocupando cada vez más tiempo. Por ello, el Colegio adquirió una nueva función al ser lugar de encuentro para los ingleses, tanto católicos como anglicanos, que llegaban a Roma cada vez en mayor número y con mayor frecuencia. Afortunadamente Wiseman, solicitado por intereses tan diversos, contó con la ayuda del vicerrector Errington, sobre el que pesó la rutina diaria de la marcha del Colegio, y. desde Londres, el antiguo rector, Gradwell, le escribía con frecuencia cartas llenas de noticias y de buenos consejos. Los estudiantes se quejaban de que veían muy poco a su rector, puesto que pasaba la mayor parte del tiempo fuera del Colegio, y aunque él les impartía clases de Sagrada Escritura, de Teología y de temas de actualidad, querían verlo más cerca de ellos como rector que como profesor; él era consciente de la situación, pero de momento no podía dejar ninguna de sus ocupaciones. En 1831 se empezó a publicar en el Distrito Occidental de Londres The Catholic Magazine, la primera revista que fundaron los católicos ingleses sobre temas religiosos, y para la que Wiseman escribió algunos artículos, convencido de la necesidad que tenía la Iglesia católica de encontrar un lugar importante en la sociedad inglesa.
En septiembre de 1832, el papa Gregorio XVI envió a Wiseman a Inglaterra para que mediase en un conflicto entre los benedictinos de Downside y el obispo Baines, y para darle un merecido descanso, ya que aquel verano había estado enfermo, probablemente, por sus muchas ocupaciones y como consecuencia de la crisis espiritual por la que estaba pasando, volviendo a Roma en diciembre de dicho año muy mejorado de salud y satisfecho por haber visto una Inglaterra que había dejado de discriminar a los católicos. En estos momentos, el Colegio Inglés se convirtió en un obligado punto de referencia para todos los ingleses con inquietudes religiosas de cualquier orientación que visitaron Roma, como el sacerdote anglicano John Henry Newman, en 1833, al que Wiseman recibió con cordialidad. Newman quería saber la posición de la Iglesia católica con respecto a la anglicana, y si pudiera plantearse volver a la situación anterior al Concilio de Trento, por lo que Wiseman le contestó claramente que los decretos establecidos en Trento eran irreformables en todas las cuestiones tratadas, porque ni el Papa ni un nuevo concilio podían alterar lo anteriormente definido y que la comunión entre las iglesias católica y anglicana era imposible si no se aceptaban las definiciones de Trento. En esta inesperada visita le hizo ver a Wiseman que estaba empezando una nueva era para la religión en Inglaterra, siguiendo con interés la trayectoria personal de Newman y el desarrollo del Movimiento de Oxford (surgido para la renovación del anglicanismo frente a la secularización). También recibió la visita de otros anglicanos ilustres como otro sacerdote, Henry Edward Manning y Gladstone (futuro primer ministro de la reina Victoria), ambos próximos a dicho Movimiento.
En 1834, Wiseman marchó nuevamente a Inglaterra, por encargo del papa Gregorio XVI, sin dejar su puesto de rector del Colegio, para ver si sería viable fundar una universidad católica en Prior Park a petición del obispo Baines y para conocer detalladamente la situación de la Iglesia católica allí, siendo bien acogido. Wiseman se dio cuenta de que la causa principal de que la Iglesia católica encontrara dificultades para sacar provecho de las disposiciones de la emancipación estaba dentro de su organización, porque a los vicarios apostólicos les costaba mucho reunirse, ponerse de acuerdo entre ellos y compartir decisiones, ya que eran muy celosos de su autonomía en el gobierno de sus respectivas diócesis, por lo que veía que la Iglesia católica en Inglaterra no podía seguir presentando una imagen fragmentada, siendo necesario conseguir cierto nivel de uniformidad y normas comunes para todo el país. Si esto era poco, además, los obispos desconfiaban de los conversos al catolicismo y de las congregaciones religiosas que querían establecerse en Inglaterra. Wiseman sintió la tentación de olvidarse de Inglaterra y volverse inmediatamente a Roma y quedarse allí para siempre dedicado a su Colegio, donde era muy estimado por sus alumnos, pero se resistió y decidió quedarse. Al llegar a Prior Park quedó desencantado al ver que en vez de universidad había allí lo que, en su opinión, parecía más un colegio laico que una institución religiosa, y daba la impresión de que Baines no sabía dirigir dicho centro ni tampoco aceptaba consejos de nadie, escaseando, además, el dinero. Tras pasar unos días de reflexión en Londres, decidió recorrer el país y visitar con detenimiento la ciudad de Birmingham y su cinturón industrial, que era uno de los destinos más frecuentes de los emigrantes irlandeses, parando por el camino en Alton Towers, la residencia de los bienhechores de la iglesia católica lord y lady Shrewsbury, donde se desahogó de sus impresiones en Prior Park, lo que le granjeó la enemistad de Baines. En noviembre de 1835 regresó a Londres , pidiéndole el capellán de la embajada del reino de Cerdeña que lo sustituyese por un viaje que tenía que realizar a Italia, a lo que Wiseman aceptó, predicando todos los domingos en italiano durante la misa en la capilla de la embajada, y, durante el Adviento, organizando una serie de conferencias en inglés dos veces a la semana sobre las principales doctrinas católicas, siendo la primera vez que un sacerdote católico hablaba públicamente en Londres sobre la fe de los católicos, y, a pesar de la larga duración de dichas conferencias, tuvieron mucho éxito de público, tanto católicos como anglicanos, evitando Wiseman toda confrontación con la doctrina anglicana, limitándose a exponer las verdades del catolicismo de manera que pudiera entenderlas el público sin problema, de forma sencilla y razonada, expresando las diferencias fundamentales entre católicos y protestantes, cambiando la idea negativa que tenían los anglicanos sobre los católicos. Tal fue la aceptación por parte del público, que el vicario Bramston, sorprendido por el éxito de Wiseman, lo invitó a que repitiera sus conferencias durante la Cuaresma en la iglesia de Santa María en Moorfields, que entonces era el templo católico más espacioso de la ciudad; pronto empezaron a circular versiones tergiversadas de estas conferencias, de forma subrepticia, y Wiseman se vio obligado a publicar las originales en 1836 con el título “ Conferencias sobre las principales doctrinas y prácticas de la iglesia católica,” libro en dos volúmenes, dedicado a Bramston que había fallecido. En 1836 publicó también “ La presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía,” y ambas publicaciones fueron muy bien recibidas por los católicos, que, entusiasmados, le pidieron que se quedara más tiempo en Inglaterra o, en caso de que no fuera posible, que volviera de nuevo en cuanto se lo permitieran sus ocupaciones en Roma; en prueba de su agradecimiento fue obsequiado con una medalla de oro con su imagen en una cara y varios símbolos sagrados en la otra.
En la publicación British Critic apareció un comentario sobre las conferencias de Wiseman escrito por John Henry Newman, en el que decía que el catolicismo profesaba grandes verdades que podían llevar a muchos clérigos anglicanos y a disidentes del anglicanismo a aceptarlas como tales. Asimismo,Wiseman colaboró en la fundación de la revista cuatrimestral Dublin Review en Londres, haciendo presente al catolicismo en el mundo editorial inglés, escribiendo artículos sobre temas diversos dirigidos al público en general, no solo a los católicos, y en septiembre de 1836 regresó a Roma, donde siguió escribiendo para dicha revista.
Al volver de Inglaterra, antes de reincorporarse a su puesto de rector, pasó unos días en la residencia de Monte Porzio, casa de descanso del Colegio Inglés, para reflexionar sobre el viaje que acababa de realizar, convencido de que su puesto estaba en Inglaterra, donde había encontrado nuevas oportunidades para su futuro. En esta última etapa como rector del Colegio Inglés, Wiseman se dedicó a ejercer con más intensidad que nunca su cargo de rector, integrándose más en la vida del Colegio, pasando más tiempo en él, y acercándose más a los estudiantes como nunca lo había estado antes, ya que quería que cuando éstos se incorporaran a sus puestos de trabajo tuvieran una visión más amplia de la Iglesia. Los jueves por la tarde, día de descanso, se llevaba a los alumnos a las iglesias, catacumbas y museos de Roma y les explicaba personalmente su historia y arte; muchas veces actuaba de organista en la capilla y también escribía breves obras de teatro para que las representasen.
En el verano de 1837 se declaró en Roma y sus alrededores una grave epidemia de cólera, y Wiseman ofreció el colegio como hospital para convalecientes, trasladándose los estudiantes al inmueble del monte Porzio, donde se pusieron a disposición del pueblo para luchar contra la epidemia. En el otoño se 1837 él y los alumnos realizaron, por primera vez, los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola bajo la dirección de un sacerdote jesuíta, y, a partir de este momento, Wiseman se convirtió en alguien más espiritual y pronto empezó a divulgar estos ejercicios y las misiones populares, renunciando a la carrera académica y a la docencia universitaria para dedicarse al trabajo pastoral. En 1838 Gregorio XVI lo nombró prelado doméstico con el título de monseñor, y en diciembre de dicho año fue visitado en Roma por William Ewart Gladstone (futuro primer ministro del Reino Unido), con el que se entrevistó dos veces, una en el colegio y otra en su residencia aprovechando dichas visitas para hablar del Movimiento de Oxford, que le interesaba a ambos.
No obstante, en esta nueva etapa en Roma, Nicholas también se encontró algo incómodo, ya que no gozaba de simpatía unánime por parte del clero diocesano inglés, porque no tenía buena opinión sobre la formación intelectual y pastoral de dicho clero, y, además, tampoco tenía apoyo ni aprecio ni afecto de los vicarios apostólicos, excepto Walsh, que lo tachaban de altanero, distante, engreído, de desconocer la realidad cotidiana del catolicismo inglés y de tener ideas equivocadas sobre el porvenir de la Iglesia católica en Inglaterra ,desconfiando de él y acusándolo de no ser debidamente escuchados ni entendidos en Roma y de estar más cerca de la Curia pontificia que de ellos. Wiseman, disconforme con esta actitud de los vicarios, los consideraba incapaces de establecer un diálogo fluido con la Santa Sede para solucionar los nuevos retos de la Iglesia católica en Inglaterra y atender al creciente número de inmigrantes irlandeses que llegaban para trabajar en las fábricas inglesas y a los católicos que vivían en el Imperio que se estaba creando en Ultramar, y les pedía que fueran precisos en sus peticiones para poder defender adecuadamente sus intereses.
En 1839, animado por el papa Gregorio XVI, volvió de nuevo a Inglaterra, dedicándose a predicar de forma intensa y frecuente a lo largo de todo el país, ya que veía a los católicos ingleses demasiado fríos en las prácticas religiosas, estando convencido de que ese era el medio que necesitaban para despertarlos a vivir la religión de forma más viva, confiada y optimista, y a animarlos a actuar para hacer más visible la presencia de la Iglesia católica en la vida nacional. Por esa actividad pastoral directa de Wiseman mejoró notablemente su imagen de sacerdote comprometido con las necesidades reales de la Iglesia católica en Inglaterra; a su regreso a Roma, Wiseman le presentó al Papa un informe para crear un grupo de predicadores ambulantes dedicados a dar ejercicios espirituales y a misionar por toda Inglaterra para avivar las energías dormidas de los católicos, informe que el pontífice envió a los vicarios para que opinaran al respecto, los cuales pensaban que era una buena idea, pero innecesaria, costosa e impracticable.
Fue tan extensa su vida que, en próximas semanas concluiré con la semblanza de este ilustre personaje. Hasta entonces, queridos lectores.





