Hace unos días se ha concedido el Premio Nacional de Artes Plásticas al licenciado o doctor en Filosofía, Rogelio López Cuenca, un semiólogo – o eso parece – malagueño al que nadie conoce, salvo algunos de los no artistas de la movida semiótica.
Lo de López Cuenca es algo sencillo de definir, se llama tener cara dura y no digo esto por la supuesta obra de este cuentista doctorado en la muy conceptual facultad toledana de la cosa sino por las declaraciones que viene haciendo este individuo desde que le pusieron una retrospectiva de sus basuras de mercadillo en el Reina Sofía, ese Museo que al paso que vamos se va a convertir en un contenedor de mierdas varias, porque es posible que – como decía Joseph Beuys –en cada hombre o mujer haya un artista, si es más que seguro que frasco con mierda no es arte, por muy humana que la mierda sea.
Como en el arte conceptual lo que prima es la idea sobre la obra misma, ellos siguen cagando y el Ministerio de la Tontuna de la Vanguardia sigue premiándoles y comprándoles, con dinero de todos, sus tenderetes con baratijas de tienda de chinos y sus cagadas, haciéndole creer a un montón de ilusos sin cultura que estas basuras son lo más de lo más de la modernidad cuando la realidad es que la broma empezó hace 105 años cuando a Marcel Duchamp se le ocurrió «La Fuente» o lo que es lo mismo, elevar un mingitorio a la categoría de arte. Tras lo del meodromo de Duchamp llegó, en 1961 la mierda en lata de Piero Manzoni, expuesta por vez primera en la Galeria Pescetto de Albissola Marina. De la latita con caca hay 90 copias rulando por ahí, una de ellas en el MOMA y otra fue vendida en 2016 en una subasta en Milán por la suma de 275.000 €.
Hecha esta demostración de mi erudición en el asunto, para que no me diga nadie que no sé de qué hablo, vuelvo al galardonado Rogelio López Cuenca y sus declaraciones a los medios de comunicación.
Rogelio aprovechando que le dan cancha nos suelta que Picasso – ya saben, estamos en el año de Picasso – es un artista menor, que el turismo cultural es más peligroso que el de sol y playa, que no debería de haber tantos museos públicos inútiles – solo son útiles los que exponen las basuras de Rogelio – y que le cansa mucho la aplicada simpleza del maestro pincelero. Rogelio está claro que el cinismo lo domina con nota pero falla en el dominio del lenguaje al intentar insultarnos a los pintores – eso si con cierta finura – denominándonos maestros pinceleros, o lo que es lo mismo, fabricantes de pinceles. Continúa Rogelio con su discurso renegando del infantilismo del cliché de moda, ese que él representa tan cumplidamente o de la pose de endiosada del Picasso del marketing, esa que tanto envidia este licenciado en Filosofía y Letras que como tantos otros «filósofos» pretenden ejercer de artistas cuando solo son unos tramposos y un peligro para la cultura con mayúsculas, no para la de caca en lata.
Otra de las afirmaciones de este individuo, que cree que la práctica artística es un fenómeno colectivo, es que le parece fascista la programación de exposiciones de obras según los gustos del público y del mercado. Del fascismo habla con soltura y nos avisa de que este «ingenuamente ignora que el nazismo no siempre viene uniformado ni luce bigotito». Tienes razón Rogelio, ahora el fascismo y el nazismo lleva sudadera con capucha para disfrazarse de jovenzuelo vanguardista y con todas las bendiciones estatales incinerar el arte.
Las perlas que suelta López Cuenca, los premios que otorga el Ministerio de Cultura y Deporte – tiene guasa juntar la cultura con el deporte – y las enseñanzas de las facultades de Bellas Artes de la Universidad española dan sobradamente para una serie de cinco o seis artículos, sin que se me olvide que aún queda por fallar el Premio Velázquez de este año.
De momento por hoy lo dejo aquí y me voy a limpiar los pinceles, que esto de pintar es una forma de vida que en si misma ya es un premio.





