En la más reciente entrevista al ex vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra, éste sostenía que cuando una sociedad acepta cosas absurdas y no reacciona es un claro indicativo de su decadencia, y ponía como ejemplo dos asuntos: uno, los pactos con Bildu y el comunismo con los que Pedro Sánchez y los españoles no podríamos dormir (Pedro dixit); y dos, el aplastamiento del español o castellano dentro de la propia España.
Visto así, lo que nos sucede no es decadencia, sino la caída misma del Imperio Romano ante los bárbaros (los extranjeros y los que no lo son), porque lo peor no es lo que ya se ha acreditado como síntoma, sino lo que nos espera como enfermedad en curso. Y si malo es el diagnóstico, espérense a la medicina que nos piensan recetar.
Un galeno sin principios y a la desesperada es un peligro siempre, porque terminará por considerar la eutanasia como un remedio y no el final de todo. Hay algo justiciero en la receta del doctor Sánchez, una profecía bíblica del «Si te escandalizan tus ojos, arráncatelos», que nos predispone a la extremaunción que nos quieren administrar a medida que los hechos nos conduzcan inexorablemente hacia el callejón sin salida de lo que el propio Guerra denominaba «la democratura».
La democratura es un término apropiado, porque se mantiene la formalidad de celebrar elecciones pero el poder se ejerce sin control ni contrapesos, como en una dictadura y, a medida que la situación se deteriore, la tendencia del equipo médico que le acompaña concluirá que lo mejor para el paciente, que somos todos, será aplicarle la «solución final» y acabar hasta con los tribunales de justicia independiente.
Ese modo de querer parar el tiempo sometiendo a martillazos el reloj o cambiando el año es muy peligroso, porque la tentación de cambiar de año al menos una vez al mes puede resultar irresistible y quizás a finales de 2021 nos encontremos como Cuba 61 años después, donde todo sigue como al principio y el poder declara que aún no ha tenido tiempo de revertir la epidemia, sin percibir siquiera que la epidemia es el poder.
Recuerden esto, porque es bastante comprensible que, a este paso, el próximo San Silvestre que celebremos será el de 2050, sin que hayamos encontrado la manera de librarnos de estos tiempos del cólera infinito que nos arrastra como enfermos criogenizados a la espera de un remedio que nunca llega (no me refiero a la vacuna de Pfizer) y cuyas dolencias se prolongan y se agravan, coaguladas en el absurdo de las decisiones inadmisibles que van a improvisar.
«¡Feliz año 2050!», gritará Chenoa en el próximo programa de Fin de Año, dentro de otros doce meses, o la chica de las borrascas ahora reconvertida en entrevistadora procaz.
Puede parecer una cosa estúpida, pero la falsa aceleración del tiempo surte efecto durante las primeras horas, pues minusvalora la realidad, flexibiliza los días, los minutos y los calendarios, como en los relojes blandos de Dalí, y te invita a una especie de ficción maleable que no termina nunca, como en un cuento de Scherezade.
Las 1001 y una noches le caben a este gobierno de mentiras en una media tarde reunido en la Moncloa y el Cuento de la buena pipa entra en un discurso de autobombo de 2 horas de Pedro Sánchez en el que el gabinete de ministros se evalúa a sí mismo y se autoconcede un sobresaliente cum laude como la tesis plagiada del falsario en jefe.
Según la mayoría de los historiadores, el número de víctimas civiles ejecutadas por la represión en la retaguardia de ambos bandos durante la guerra civil, se elevó a unas 150.000, de las cuales la tercera parte cayeron víctimas de la represión republicana y las otras dos terceras partes en el bando nacional, consecuencia previsible, dado que como vencedores gozaron de más tiempo para aplicar la represalia. Pero casi nadie duda que de haber ganado la guerra el otro bando, la represión habría terminado en los gulags y en la hambruna feroz, y la cifra, tal vez, aún sería mayor.
En todo caso, entre los 50.000 de un lado y los 100.000 del otro de la denostada guerra incivil española, hoy llevamos una cifra intermedia que nos sitúa con 80.000 caídos (la mayor tasa de Europa por cada 100.000 habitantes) a la cabeza de Occidente y casi parece un ajuste de cuentas urdido en la Ley de memoria democrática o como parte de la agenda 2030. Y Sánchez y su gabinete se aplauden por lo bien que lo llevan hecho.
Todo resulta tan absurdo como pronostica Guerra y tan en decadencia que hasta Amancio Ortega parece haber desaparecido del panorama. Cuando queramos darnos cuenta y despertemos con algún afán de reaccionar contra la hecatombe de los meses que tenemos por delante, tal vez estemos en un año muy lejano de ese porvenir que nunca llega, endeudados hasta las cejas, con las ayudas de la UE en los bolsillos del estraperlismo socialista… y el dinosaurio seguirá allí.
He dicho.





