Casi sin darnos cuenta, hemos pasado de quejarnos de un verano interminable a cambiar roperos a toda pastilla, porque en esta bendita tierra, como todos sabemos, no hay entretiempo, ese período bonancible para el que hay un tipo de vestimenta que no es de verano, pero que no nos abriga tanto como en invierno, sino que pasamos del “échate para allá que estoy asfixiado”, al “arrímate que estoy helado”.
Y como ya está aquí noviembre, los restaurantes preparan sus menús de reuniones navideñas para empresas y grupos de amigos (colegas de juventud que se ven de año en año, antiguos compañeros, promociones universitarias, etc.) para las tradicionales “comidas de Navidad”, que prefiero denominar almuerzos de Navidad, por aquello de que el término comida no es nada festivo (poner de comer, dar de comer, echar de comer…), mientras que el término almuerzo casi siempre conlleva copa previa, aperitivo y sobremesa, si bien estoy de acuerdo con que la Navidad (25 de diciembre) queda lejos, pero, qué les voy a decir que no sepan, ¡Sevilla es ciudad de vísperas!
Resulta difícil acudir a tantas convocatorias cuando uno se mueve en varios ambientes, pero parece que se tira de ahorros o de capacidad de endeudamiento con tal de no perderse estos eventos, bien por razones afectivas o profesionales. Hay semanas de diciembre donde ya resulta imposible encontrar restaurantes en Sevilla capital (el extrarradio se suele evitar por los controles de alcoholemia) para concertar este tipo de citas.
Si me ciño a los almuerzos de amigos, me siento un afortunado al haberse cumplido treinta años desde que los compañeros de nuestra promoción de la Facultad nos pusiéramos de acuerdo, y he aquí que, aunque terminamos en 1978, desde 1993 nos venimos reuniendo el último sábado de noviembre en un almuerzo de fraternidad. No hay expresión más repetida al encontrarse dos amigos que la de “¡Tenemos que quedar un día!” o “¡A ver si quedamos, pero esta vez de verdad ( )”!
Resulta curioso que cuando concretamos la fecha en un día anterior a diciembre, la habíamos puesto en la misma semana que suele darse el día de acción de gracias (costumbre americana promovida por los primeros pobladores españoles de aquel continente), el Black Friday, y que, además, resulta ser el último día del año litúrgico de la Iglesia católica.
Suele decirse que descubrimos a nuestros amigos en la tribulación, y es cierto, aunque en el momento actual parece dominar una mentalidad utilitarista donde medimos a los demás por lo que nos aportan o rentan, relaciones que están condicionadas a algo tan voluble como el interés, y cuya supervivencia dura el tiempo de usar y tirar. Frente al exceso de esta amistad pragmática, hay otra que no existe para algo concreto, sino porque sí, que resiste el paso del tiempo y sobrevive a adversidades, y estoy convencido de que el grupo que forma esta promoción de 1978 pertenece a este último tipo de amistad.
Las anécdotas de los años de juventud -aunque sean siempre las mismas- la guasa, aunque sea a destiempo, nos devuelven ese ánimo tan necesario para afrontar un año más con la alegría de saber que ahí siguen nuestros compañeros de siempre, aunque a estas alturas haya veintiuno que ya nos ven desde el tercer anfiteatro (las balas pasan cada vez más cerca).
El sentido de la existencia se nos desvela en la celebración: es entonces cuando el mundo se vuelve habitable y lo festejamos con nuestros amigos más jocosos, coetáneos que vivieron los mismos acontecimientos que tú con la misma edad, y que al principio te ayudaron a encontrar trabajo, luego estuvieron presentes en tu boda, te echaron una mano con el currículum de tu hijo o hija, te acompañaron en el entierro de aquel familiar o te recomiendan ahora el mejor fisioterapeuta para esos molestos dolores de espalda.
El placer de vivir es, por ello, y en primer término el placer de dejarse ayudar, y, sobre todo, el de ayudar, de aprender que es más hermoso hacer el bien que recibirlo, y también más placentero, pues nada hay que engendre más alegría. Es el sentido de pertenencia a ese endogrupo el que compensa el sentimiento individualista que nos invade, y, por otro lado, va cogiendo cuerpo, solera y un valor intangible difícil de cuantificar con el paso de los años. No tenemos tanta necesidad de la ayuda de nuestros amigos cuanto de la confianza en esa ayuda. He sido testigo en más de una ocasión de que quien hace amigos buscando la utilidad, se queda sin amigos y sin utilidad.
Escrito está: No abandones a un viejo amigo, porque el nuevo no le iguala. Vino nuevo, amigo nuevo, cuando sea añejo con placer lo beberás (Eclesiástico 9, 10). Es verdad que cada vez somos menos, pero también que cada vez nos queremos más.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Será porque pertenezco a esa bendita promoción pero tus palabras, compañero, me han emocionado y llegado al fondo del corazón.
Por favor, sigue siendo parte de nuestra memoria y sigue ayudando a que está reunión anual se siga celebrando.
Gracias, Alberto, es un privilegio ser compañera tuya.
Alberto te vi nacer y te trate de niño, despues por razones obvias te perdi la pista hasta que te encontre por esta bendita red y supe de ti y tu famila en particular tu madre que ella tambien me vio nacer. te sigo aunque no te conteste mucho… pero siempre te leo y admiro por donde has llegado academicamente hablando, y añado esta expresión que esta en la onda, ¡¡¡Alberto eres un Crat!!!. Tu amiga y antigua vecina, Isabel… Un fuerte abrazo y besos para todos