Un recurso expresivo muy utilizado, para hacer ver lo absurdo de una situación, es el de comparar un hecho con otro imaginario, este último completamente disparatado pero con cierta similitud de fondo, que sólo se percibe si agudizamos un poco el ingenio.
Recurrimos a esto continuamente, en todos los ámbitos, formales e informales. Al niño que declara no tener gana de ir al colegio, el padre le replica: “¿Te imaginas que yo le dijera a mi jefe: No tengo ganas de ir a trabajar?”. Contra ese argumento (la confrontación con “el ejemplo disparatado”) no cabe defensa, es más eficaz que un largo discurso.
Pero sucede que en la actualidad ocurren cosas tan inesperadas, que a veces, para destacar lo inapropiado de una acción, la equiparamos a un imaginario “ejemplo disparatado”, y cuando terminamos de hablar… nos enteramos de que “el ejemplo disparatado” (esa ocurrencia que tuvimos, fruto de la imaginación, para ponerla de caricatura frente a algo, y así hacer ver que ese algo es “malo”), pues, ¡es una realidad!
¿Y cómo nos expresamos ahora? Una madre puede convencer a su hija de que no debe ir “vestida así” a una ceremonia con el argumento de que “Es como si yo voy en bikini a una reunión del colegio”. Pero si de repente las reuniones de colegio se llenan de bikinis… la madre ya no sabrá qué decir.
Los anteriores son ejemplos ingenuos, pero casos similares se dan en los ámbitos más trascendentales.
Al comentar recientemente el entuerto del Gobierno de una nación (el Gobierno “democrático” de una Monarquía Parlamentaria del siglo XXI) empleando su tiempo en poner y quitar duques, y decidir cuestiones sucesorias de los mismos (un concepto, el de duque o conde, ausente de la Constitución)… nos abstuvimos de comentar el curioso silencio del rey. Pero era y es un silencio muy notable, porque el nombrar marqueses y duques, como pintoresco residuo simbólico de otros tiempos, es prerrogativa que pertenece exclusivamente al rey –si bien de tan nulo interés público que no merece mención constitucional. Aceptar humildemente que el Gobierno intervenga en eso, llegamos a pensar, es como si el Gobierno se mete en la decoración de mi casa (de nuevo el “ejemplo disparatado”). Pero entonces caemos en la cuenta: ¿acaso el Gobierno no se mete en nuestras casas – y quiere decidir quién friega, y cuántos se reúnen en Navidad…? Vaya, ese ejemplo no sirve para ilustrar; pensemos en otro.
Lo del Gobierno decidiendo que un duque nombrado por Juan Carlos I ya no sea duque, y que su hijo el actual rey no diga nada, eso es como si… Como si el Gobierno se pone a decidir, de una Hermandad de Penitencia de Sevilla, quién tiene que ser mayordomo y quién prioste, y la Junta de Gobierno de dicha Hermandad no protestara formalmente. Sería impensable, ¿no?
Bueno, pues ya habíamos dado con un “ejemplo disparatado” ilustrativo, que hiciera ver lo notable de ese sumiso silencio de Felipe VI.
Y de repente vemos la noticia, en los más reputados diarios locales, de la exhumación que acaba de tener lugar en la Basílica de la Macarena. Narrada como un suceso obvio, como si fuera una disposición urbanística más; como si comentan: “De acuerdo con lo dispuesto, ya se han colocado las nuevas casetas de la Feria del Libro”. Con la misma naturalidad indica “En cumplimiento de la nueva ley, la Hermandad se dispuso a…”.
Pues nos quedamos sin “ejemplo disparatado ilustrativo”.
Ya no podemos decir “eso es como si…”, y agudizar el ingenio para pensar en una situación obviamente grotesca, pero similar, que nos hiciera ver el absurdo de algo. Creíamos que una Hermandad de Sevilla elevaría al menos una protesta, o cuanto menos un lamento ante las interferencias, pero no. Lo que dábamos por obvio no se da. Lo impensable, eso sucede.
Todos obedecemos a todo, sea lo que sea. Pero además sin protestar. Aquí, conformes con lo que se nos ordene. No hay ámbito personal, nada es nuestro. Muy apropiado para esa actitud es ciertamente la costumbre de llevar, los humanos, bozal. Hay que tener la boca cerrada.





