En el lenguaje cotidiano eficacia y eficiencia son dos términos que se suelen emplear como sinónimos, pero cuando los aplicamos al mundo empresarial se observa la siguiente diferencia semántica: eficacia alude a la capacidad de realizar adecuadamente las tareas o de alcanzar los objetivos previstos, mientras que eficiencia se refiere a la capacidad de lograr los resultados deseados con el mínimo de recursos. ¿Qué recursos? Básicamente tres: el primero es el tiempo. El día tiene veinticuatro horas para todos, pero hay quien lo aprovecha mejor, le saca un mayor rendimiento, y así vemos a estudiantes que cuentan con menos horas disponibles para estudiar y obtienen más partido que aquellos que tienen toda la tarde libre, así como trabajadores más “lentos” en hacer una tarea que otros compañeros.
El segundo sería el dinero. Ni que decir tiene que hay personas que rentabilizan sus recursos económicos y “estiran” sus ingresos para poder conseguir lo que otros no alcanzan ni con más fondos disponibles.
El tercero y último, no por ello menos importante, son los recursos humanos. Rara es la empresa que no necesite más personal o el servicio no que solicite al departamento de personal una mayor dotación, pero lo cierto es que un cambio de responsable o de entrenador en un equipo que sepa sacar lo mejor de cada uno, multiplica la producción.
En Economía la eficiencia recibe el nombre de productividad y se calcula como la razón o ratio entre el PIB (Producto Interior Bruto) y el número de ocupados u horas trabajadas. Su comportamiento incide en la capacidad de crecimiento de la Economía, en su competitividad internacional y en el nivel de vida de los ciudadanos.
España sufre desde hace décadas de una baja productividad en relación con países de su entorno, y no digamos ya si la comparamos con Estados Unidos, Alemania o Reino Unido, una brecha ya cronificada que ha aumentado en el último lustro y que necesitaría solucionarse mediante medidas orientadas a la Economía del conocimiento, el refuerzo del desarrollo tecnológico y la creación de un clima que favorezca la inversión.
¿Qué ocurre en España para que nos encontremos y permanezcamos en este nefasta situación? En primer lugar la ausencia de un clima de seguridad jurídica que genere confianza, porque ello favorecería la inversión, ésta a su vez la productividad y con ella la renta per cápita de los españoles.
En segundo lugar el reducido tamaño promedio del tejido empresarial. Del total de empresas de nuestro país, el 54,74 % son pymes sin asalariados, el 45,07 % pymes con asalariados, y sólo el 0,19 % son grandes empresas. Debemos favorecer el crecimiento y la expansión de las empresas como mecanismo, a su vez, para mejorar el acceso a la financiación, y con él la productividad.
La lentitud en implementar la inteligencia artificial sería el tercer elemento. Es prioritaria la inclusión de las tecnologías que ya existen en el mercado en los procesos productivos. El camino a recorre por las pequeñas empresas es amplio, y el reto en utilizar la digitalización como palanca de competitividad, crecimiento y expansión, es para la mayoría una asignatura pendiente.
Entre los aspectos que perjudican nuestra productividad se incluye también la escasa inversión en Investigación y Desarrollo (I+D). Es como si la famosa cita de Unamuno “Que inventen pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones”, publicada en 1906, se hubiera grabado a fuego en nuestra idiosincrasia y la ciencia y la tecnología se hubieran convertido en una especie de estereotipo nacional.
Nuestro país ha de ponerse las pilas en materia formativa: aprender, reaprender y desaprender, adoptar una actitud favorable hacia la Educación Permanente (Long life learning, aprender durante toda la vida). Siendo el país con más titulados universitarios por número de habitantes de Europa, llama la atención que casi la tercera parte de la población activa no haya terminado la Educación Secundaria. Este punto se ve agravado por la fuga de talentos, provocada por la falta de contratos laborales atractivos para los jóvenes en España y el mayor reconocimiento de determinadas titulaciones en el extranjero.
Uno de los aspectos que más preocupan a las empresas es la gran carga impositiva, una mayor presión fiscal que en otros países con los que competimos en la fabricación y venta de productos, y que nos sitúan en desventaja. A esto súmenle la hiperregulación y un mercado interior no integrado, con notables diferencias tributarias entre distintas ciudades y comunidades autónomas.
El informe Draghi de septiembre pasado, señala que el crecimiento de la renta per cápita en Estados unidos ha sido el doble que en Europa, no les digo ya que España. Nuestro empobrecimiento relativo pasa prácticamente inadvertido porque nuestra población disminuye: la parte del pastel económico que corresponde a cada uno es, por tanto, más o menos constante, pero la tarta en sí está disminuyendo, y, si no despertamos, a la próxima generación le quedarán las migajas. Eso sí, les aviso que el despertar va ser duro.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





